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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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– Ven a nuestra mesa para que te conozcamos un poco, preciosidad -me dijo, dedicándome una sonrisa. Tenía un par de pendientes en una oreja. Me pregunté qué pasaría con ellos durante la luna llena. Pero, casi de inmediato, me di cuenta de que tenía problemas más acuciantes que resolver. La expresión de su cara era excesivamente franca; los hombres no miran así a las mujeres a menos que éstas estén en una esquina con pantalones ajustadísimos y en sujetador: en otras palabras, creía que era una tía fácil.

– No, gracias -le dije educadamente. Tenía la preocupante sensación de que aquello no iba a acabar ahí, pero no perdía nada por probar. Había tenido innumerables experiencias en el Merlotte's con tíos pesados, pero allí siempre conté con ayuda. Sam no toleraba que se metiesen con sus camareras o las insultasen.

– Claro, bonita. Claro que quieres acompañarnos -insistió.

Por primera vez en mi vida, deseé que Bubba estuviera conmigo.

Empezaba a acostumbrarme a que los que me molestaban acabaran mal. Y quizá me estaba acostumbrando demasiado a que otros resolvieran mis problemas.

Pensé en asustar al licántropo con leerle la mente. No debería ser nada complicado: era diáfano para tratarse de uno de su especie. Pero sus pensamientos no sólo eran aburridos y poco sorprendentes (lujuria, agresividad), sino que, si estaban encargados de buscar a la novia del Bill el vampiro, y sabían que era telépata además de camarera, y yo hacía gala de esas habilidades, bueno…

– No, he dicho que no quiero acompañarte -dije con tono inamovible-. Déjame en paz -me deslicé fuera del taburete para evitar que me acorralara.

– No tienes a ningún hombre que te acompañe. Nosotros somos hombres de verdad, cariñito -con la mano libre se tocó las partes. Oh, qué encantador. Eso sí que me ponía cachonda-. Te mantendremos contenta.

– No podrías mantenerme contenta aunque fueses Santa Claus -dije, pisándole el empeine con todas mi fuerzas. Si no hubiera llevado botas de motorista, quizá habría sido una maniobra eficaz. Así las cosas, estuve a punto de romperme un tacón. No dejaba de maldecir mentalmente mis uñas falsas porque me ponían difícil cerra el puño. Iba a golpearle en la nariz con mi mano libre; un golpe en la nariz duele de lo lindo. Tendría que dejarme en paz.

Me lanzó un gruñido, pero un gruñido de verdad, cuando le clavé el tacón, pero no aflojó la presa. Su mano libre me agarró por el hombro desnudo y me clavó los dedos.

Había tratado de mantenerme tranquila, de resolver aquello sin ajetreos, pero ya habíamos pasado ese punto.

– ¡Déjame! -grité, mientras realizaba el heroico intento de clavarle la rodilla en los testículos. Tenía los muslos duros y la postura cerrada, por lo que no pude lanzar un golpe certero. Pero sí conseguí sobresaltarlo y, a pesar de que sus uñas me arañaron el hombro, logré que me soltara.

Parte de aquello se debía al hecho de que Alcide le tenía agarrado por el cogote. El señor Hob apareció justo cuando los demás miembros de la banda se dispusieron a acudir en ayuda de su colega. Por lo que se veía, el trasgo que nos hizo de guía en el establecimiento era también el portero. A pesar de aparentar ser un hombre muy pequeño por fuera, rodeó la cintura del motero con sus brazos y lo levantó sin dificultades. El motero empezó a gritar y el olor a carne quemada se extendió por todo el bar. La camarera esquelética encendió un extractor de alto rendimiento, que sirvió de bastante, aunque se pudieron seguir escuchando los gritos del motero mientras recorría un oscuro y estrecho pasillo del que no me había percatado anteriormente. Debía de conducir a la salida trasera del edificio. Luego se produjo un gran ruido metálico, un grito, y, de nuevo, otro ruido metálico. Estaba claro que habían abierto la puerta de atrás y habían tirado fuera al elemento conflictivo.

Alcide se giró para enfrentarse a los amigos del motero, mientras yo permanecía temblorosa detrás de él. Los arañazos me sangraban. Necesitaba algo de Neosporin, que era lo que me había puesto siempre mi abuela en todas las heridas cuando me negaba a ponerme Campho- Phenique. Sin embargo, los primeros auxilios tendrían que esperar: al parecer estaba a punto de estallar otra pelea. Miré en derredor en busca de algo que pudiera servir como arma, y vi que la camarera se había hecho con un bate de béisbol y lo había depositado sobre la barra. No perdía detalle de la situación. Cogí el bate y me puse junto a Alcide. Puse el bate en posición y aguardé al siguiente movimiento. Tal como me había enseñado mi hermano Jason (después de tantas peleas en bares, me temo), me centré en un hombre concreto, me imaginé a mí misma agitando el bate y golpeándolo en la rodilla, que era más accesible que la cabeza. Eso bastaría para derribarlo, con toda seguridad.

Entonces, alguien entró en el territorio de nadie que había entre Alcide y yo y los otros licántropos. Era el pequeño vampiro, el que había estado hablando con el humano cuya mente había sido tal fuente de malas noticias.

Mediría 1,65 con los zapatos puestos y también era de constitución ligera. Cuando murió, tendría veintipocos.

De rostro muy afeitado y pálido, sus ojos eran del color del chocolate amargo, en fuerte contraste con su pelo rojo.

– Señorita, lamento el inconveniente -dijo con voz suave y un acusado acento del sur. No escuchaba un acento tan marcado desde que mi bisabuela muriera veinte años atrás.

– Lamento que se haya perturbado la paz del bar -dije, aunando tanta dignidad como me fue posible con un bate de béisbol en la mano. Me había deshecho instintivamente de mis zapatos de tacón para poder luchar mejor. Abandoné mi postura de combate y le dediqué una inclinación de cabeza, aceptando su autoridad.

– Ustedes deberían marcharse ya -dijo el hombrecillo, volviéndose hacia el grupo de licántropos-, después de disculparse con esta señorita y su acompañante.

Se removieron, incómodos, pero ninguno de ellos quiso ser el primero en dar su brazo a torcer. Uno de ellos, aparentemente más joven y tonto que los demás, era rubio, con una tupida barba y lucía un pañuelo de colores vivos en la cabeza de un modo bastante estúpido. Llevaba el fuego de la batalla en los ojos; con tanto orgullo no podría copar con la situación. El motero telegrafió su movimiento antes de emprenderlo siquiera y, rápida como un rayo, lancé el bate al vampiro, que lo cogió con un movimiento tan rápido, que mis ojos no fueron capaces de registrarlo. Lo utilizó para romper la pierna del licántropo.

El bar estaba sumido en un absoluto silencio mientras el motero herido era arrastrado por sus compañeros.

– Disculpen, disculpen -decían los licántropos al unísono, mientras se llevaban al rubio.

La música volvió a sonar, el pequeño vampiro devolvió el bate a la barman, Alcide me escrutó en busca de heridas y yo empecé a temblar.

– Estoy bien -dije, deseando que todo el mundo mirara hacia otra parte.

– Pero está usted sangrando, querida -dijo el vampiro.

Era verdad; mi hombro aún sangraba por culpa de las uñas del motero. Conocía la etiqueta habitual, así que me incliné hacia delante para que el vampiro me lamiera la herida.

– Gracias -dijo al instante, antes de lanzar un lengüetazo. Sabía que me curaría mejor y más rápido con su saliva, así que me quedé quieta, aunque, a decir verdad, era como dejar que alguien se lo hiciese conmigo en público. A pesar de mi incomodidad, sonreí, aunque sé qué la sonrisa no era tampoco del todo cómoda. Alcide me cogió de la mano, lo cual me tranquilizó.

– Lamento no haber vuelto antes -se disculpó.

– No podías saberlo -lametón, lametón, lametón. Oh, vamos, ya debía de haber dejado de sangrar.

El vampiro se estiró, se relamió y me sonrió.

– Ha sido toda una experiencia. Permita que me presente, me llamo Russell Edgington.

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