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Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:

Pensaba que las fuerzas de seguridad no eran lugar para una mujer, pero no iba a tardar mucho en cambiar de opinión
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
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Kelly se preparó para el sermón que veía formándose en los ojos de Espinoza. De vez en cuando, su jefe adoptaba el papel de hermano mayor o de tío, probablemente porque había trabajado con su padre años antes de que ella entrara en el cuerpo de policía.

El detective se colocó las manos debajo de la barbilla y cerró los ojos un poco, como si no estuviera seguro de querer compartir sus pensamientos.

– Tú has empezado esto -dijo ella-. Es mejor que lo termines. Si tienes algo que decirme, sólo tienes que hacerlo.

– Muy bien -replicó Espinoza. Sin dejar de mirarla, se reclinó en su asiento-. Mi hermana Anita tuvo algo con el segundo de los McCafferty. De eso hace mucho tiempo, probablemente quince años. Ella estaba terminando el instituto cuando se lió con Matt. El la invitó a salir unas cuantas veces y la relación se hizo bastante profunda, al menos desde el punto de vista de mi hermana. Él parecía interesado por ella y entonces, de repente, empezó otra vez con lo del circuito de rodeo y se marchó en menos de un mes. Todo ocurrió muy rápido, pero mi hermana se quedó desolada.

– Deja que lo adivine. Desde entonces, no lo soportas.

– Digamos que no me gustaría que esto le volviera a ocurrir a alguien que conozco y aprecio.

– Espera un momento. ¿Estás hablando de mí? ¿Me estás previniendo contra McCafferty? -preguntó Kelly. Se sentía muy tensa.

– Simplemente estaba haciendo un comentario.

– Bien, pues comenta sobre otras cosas, ¿de acuerdo? No es asunto tuyo a quién veo o dejo de ver.

– ¿Es que estás saliendo con él?

– ¡Claro que no! Me refería a profesionalmente… aunque te repito que nada de esto es asunto tuyo.

Kelly sabía que estaba reaccionando demasiado exageradamente, pero no se podía contener.

– Volvamos al caso. ¿Qué me dices de los hombres que interesaban a Randi McCafferty?

Espinoza asintió. Aparentemente, el sermón de hermano mayor había quedado aplazado, al menos temporalmente.

– Los tres hombres con los que la hemos relacionado. Paterno, Donahue y Clanton, tienen coartadas, si te refieres a eso. Todos estos estaban a kilómetros de distancia de Grand Hope en el momento en el que ocurrió el accidente. También tienen coartada para el momento en el que Randi fue atacada en el hospital. No estoy diciendo que sean coartadas blindadas, pero parece que hay muchas personas dispuestas a ratificar lo que dicen. La policía de Seattle lo está comprobando todo.

– ¿Y la paternidad?

– Seguimos en ello. En lo referente a los grupos sanguíneos, Joe Paterno, Brodie Clanton y Sam Donahue podrían ser el padre del pequeño. Encargaré pruebas más concluyentes. Tal vez terminemos sabiendo que ninguno puede ser el padre del bebé de Randi.

– ¿Qué es lo que han dicho ellos?

– No son un grupo muy hablador, pero los está entrevistando un policía de Seattle. No tenemos mucho más. Estoy pensando en mandar a alguien a Seattle para entrevistarlos y podamos así tener información de primera mano. ¿Te interesa?

– Claro que sí. ¿Cuándo?

– Esta semana. Antes de Acción de Gracias -afirmó Espinoza. Tomó el dossier y lo golpeó suavemente, como si acabara de tomar su decisión final sobre el tema.

– Cuenta conmigo.

– Bien. Aún tenemos un guardia apostado a la puerta de la habitación. Hasta ahora, no ha ocurrido nada sospechoso, gracias a Dios; por lo tanto, si Randi McCafferty cooperara y se despertara, tal vez podríamos conseguir algunas respuestas.

Abrió el dossier y repasó las páginas, deteniéndose en algunos detalles. No obstante, Kelly sospechaba que su jefe conocía aquel dossier de memoria.

– ¿Y qué me dices del avión de Thorne McCafferty? -preguntó ella cuando Espinoza llegó a la última página-. Los hermanos McCafferty parecen convencidos también de que hay juego sucio en eso.

– Una vez más, aún no se puede concretar nada. Aquel día hubo una gran tormenta. El accidente podría haber sido resultado de un fallo del piloto o del equipo. O tal vez fue sólo coincidencia que el avión cayera. No tiene mucho sentido que alguien esté tratando de asesinar a todos los McCafferty a la vez y, además, nadie ha vuelto a intentar nada contra él -concluyó Espinoza. Volvió a dejar el dossier sobre el escritorio-. No. Me apuesto la placa a que, en eso, Thorne McCafferty simplemente tuvo mala suerte.

– Pero lo de Randi es otra historia.

– Así es. Decididamente, alguien se está intentando asegurar de que no despierte. Sólo tenemos que averiguar quién.

– Y por qué.

– Sí. Estaría bien saber el motivo. Algunas personas de esta ciudad parecen pensar que los hermanos están implicados, que Thorne fingió el accidente de avión para desviar las sospechas hacia ellos y que Randi y el hijo de ésta son los principales objetivos.

– Ni hablar. En mi opinión, si hubieran querido, habrían encontrado maneras mucho mejores de asesinarla. Son tres hombres fuertes en los que ella confiaba plenamente. Unos podrían haber sido la coartada de los otros. En cuanto al bebé… los he visto con él y estoy segura de que lo defenderían con su vida.

– Estoy de acuerdo -afirmó Espinoza-. ¿Entonces quién nos queda?

Eso era precisamente lo que se preguntaba Kelly. Estuvo preguntándoselo todo el día. Terminó su último informe del día después de las ocho. Se puso su chaquetón y se dirigió a su coche. Las ventanas estaban empañadas con la fría temperatura, pero la noche era clara y limpia, con las estrellas brillando en el cielo. Iba de camino a su casa cuando, en un semáforo, decidió tomar otra dirección y marcharse al hospital.

La prensa ya no parecía estar tan interesada en el caso. Kelly se dirigió hacia la segunda planta, en la que se encontraba la habitación de Randi. A la puerta, sentado en una silla, estaba un corpulento policía cuyo trabajo era proteger a Randi. Reconoció inmediatamente a Kelly.

– Supongo que no serás mi reemplazo, ¿verdad? -dijo el oficial, tras mirar el reloj-. Si lo eres, llegas temprano.

– No, Rex, pero te sustituiré unos minutos si quieres tomarte un respiro e ir a por otro de ésos -replicó ella, señalando la taza de papel que el policía tenía a los pies.

– No tienes que decírmelo dos veces. De acuerdo.

Rex recogió la taza del suelo y se marchó por el pasillo. Cuando Rex desapareció por la esquina, Kelly entró en la habitación de Randi. Vio que ella estaba tumbada de espaldas, con la respiración tranquila, los labios parcialmente abiertos y los ojos cerrados.

– Despierta, Randi -dijo, suavemente-. Tienes unos hermanos que están muy preocupados por ti y un hijo que te necesita -añadió tocando suavemente la mano de la enferma. Tenía la piel fresca y suave-. ¿Sabes una cosa? Me vendría muy bien un poco de ayuda. Tengo muchas preguntas que sólo tú puedes responder…

Se mordió el labio y se preguntó por aquella mujer, que parecía ser un misterio incluso para sus propios hermanos. Nadie en Grand Hope conocía los detalles de la vida de Randi McCafferty, ni quiénes eran sus amigos, ni en qué estaba trabajando, ni siquiera quién podría ser el padre de su hijo. Tal vez las respuestas estaban en Seattle. Tal vez si Kelly se marchaba allí unos días podría encontrar las respuestas a las docenas de interrogantes que rodeaban al caso.

– Vamos, Randi. Despiértate…

– Sigue sin poder oírte. Igual que la última vez que trataste de hablar con ella.

Kelly se quedó inmóvil. Luchó contra su reacción instintiva de tomar su arma de fuego y, en silencio, maldijo su mala suerte al reconocer la profunda voz de Matt McCafferty. Había vuelto a sorprenderla. Apartó la mano de la de Randi y se volvió para verlo en el umbral de la puerta, que casi ocupaba por completo con sus anchos hombros. Su atlética figura destacaba contra la potente luz que entraba por el pasillo.

El estúpido corazón de Kelly se sobresaltó y el pulso se le aceleró. Vio recriminación en aquellos ojos marrón chocolate.

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