Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– No -respondió él, aunque había pensado sacar a pasear a su caballo castrado.
– Winston llegará en cualquier momento.
– Lo sé.
– Por eso hablábamos de él -le explicó, como si importara-. Viene para mi cumpleaños.
– Por supuesto.
Miranda volvió a inclinarse hacia delante. Que Dios lo asista.
– ¿Te has acordado? -le preguntó-. Tenemos una cena familiar mañana por la noche.
– Claro que me acordaba -farfulló, aunque no era cierto.
– Hmmm -murmuró ella-. En cualquier caso, gracias por tus pensamientos.
– Mis pensamientos -repitió él. ¿De qué diantres estaba hablando ahora?
– Sobre Winston. Tengo que considerar muchas cosas y quería oír tu opinión.
– Bueno, pues ya la tienes.
– Sí -sonrió ella-. Me alegro. Es que te respeto mucho.
Miranda lo estaba haciendo sentirse como una especie de reliquia antigua.
– ¿Me respetas mucho? -Las palabras le salieron con algo de desdén.
– Sí. ¿Creías que no?
– Sinceramente, Miranda, casi nunca tengo ni idea de lo que piensas -le soltó.
– Pienso en ti.
La miró.
– Y en Winston, claro. Y en Olivia. Como si pudieras vivir en la misma casa que ella y no pensar en ella. -Cerró el libro y se levantó-. Creo que debería ir a buscarla. Tu madre y ella se estaban peleando por unos vestidos que Olivia quiere encargar, y prometí ayudar en la causa.
Él se levantó y la acompañó a la puerta.
– ¿En la de mi madre o en la de Olivia?
– En la de tu madre, por supuesto -respondió Miranda, con una sonrisa-. Soy joven, pero no estúpida.
Y, con eso, se marchó.
10 de junio de 1819
Esta tarde he tenido una conversación muy extraña con Turner. No era mi intención intentar ponerlo celoso, aunque supongo que hubiera podido interpretarse así si alguien hubiera conocido mis sentimientos hacia él, algo que por supuesto nadie conoce.
En cambio, sí que era mi intención despertar sentimientos de culpa respecto a Le Morte d’Arthur. Aunque creo que, en esto, no he tenido demasiado éxito.
Más tarde, Turner regresó de dar un paseo a caballo por Hyde Park con su amigo lord Westholme y se encontró a Olivia en el recibidor.
– Shhh -le dijo ella.
Bastaba para picar la curiosidad de cualquiera, así que Turner se acercó a su hermana enseguida.
– ¿Por qué no podemos hacer ruido? -preguntó él, que se negó a susurrar.
Ella le lanzó una mirada letal.
– Estoy escuchando una conversación a escondidas.
Turner no se imaginaba a quién podía estar escuchando mientras su hermana se dirigía hacia las escaleras que bajaban hacia la cocina. Pero entonces lo oyó: una carcajada.
– ¿Es Miranda? -preguntó.
Olivia asintió.
– Winston acaba de llegar y han bajado a la cocina.
– ¿Por qué?
Olivia se asomó por la esquina y luego se volvió hacia Turner.
– Winston tenía hambre.
Turner se quitó los guantes.
– ¿Y necesita que Miranda le dé de comer?
– No, ha bajado por unas galletas de mantequilla de la señora Cook. Yo iba a acompañarlos, porque no me gusta estar sola, pero ahora que has llegado creo que dejaré que me hagas compañía.
Turner miró por encima del hombro de su hermana, a pesar de que era imposible que pudiera ver a Winston y a Miranda.
– Creo que yo también tengo hambre -murmuró, pensativo.
– Abstente -le ordenó Olivia-. Necesitan tiempo.
– ¿Para comer?
Ella puso los ojos en blanco.
– Para enamorarse.
Era mortificante recibir una mirada tan desdeñosa de una hermana pequeña, pero Turner decidió no aleccionarla aunque, al menos, sí demostrarle por qué era su hermano mayor, así que arqueó las cejas y dijo:
– ¿Y pretenden hacerlo en una sola tarde tomando té y galletas?
– Es un comienzo -respondió Olivia-. No veo que hagas nada para ayudarme a materializar la unión.
Con una repentina contundencia, Turner se dijo que era porque cualquier estúpido vería que sería una unión terrible. Quería mucho a Winston, y lo tenía en muy alta estima, la que cualquiera podía tener por un chico de veintiún años, pero estaba claro que no era el hombre adecuado para Miranda. Era cierto que apenas hacía unas semanas que la conocía mejor, pero incluso él veía que Miranda era muy sabia para su edad. Necesitaba a alguien más maduro. Mayor y más capacitado para apreciar sus pequeños detalles. Alguien que pudiera mantenerla a raya cuando su temperamento hiciera una de sus extraordinarias apariciones.
Suponía que Winston podía ser ese hombre… dentro de diez años.
Miró a su hermana y, con firmeza, dijo:
– Necesito comida.
– ¡Turner, no! -Pero no pudo detenerlo. Cuando lo intentó, él ya había recorrido medio pasillo.
Los Bevelstoke siempre habían mantenido una actitud informal en casa, al menos cuando no tenían invitados, de modo que nadie del servicio se sorprendió cuando Winston se asomó a la cocina, derritió a la señora Cook con su sonrisa más dulce y aniñada, y luego se sentó a la mesa con Miranda para esperar a que sacara del horno sus famosas galletas de mantequilla. Las acababa de dejar en la mesa, todavía humeantes y con su delicioso aroma, cuando Miranda escuchó un golpe seco detrás de ella.
Se volvió, parpadeando, y vio a Turner a los pies de la escalera, disoluto, avergonzado y completamente adorable, todo a la vez. Suspiró. No pudo evitarlo.
– He bajado las escaleras de dos en dos -explicó él, aunque ella no lo entendió demasiado bien.
– Turner -gruñó Winston, demasiado ocupado comiéndose la tercera galleta para recibirlo con más elocuencia.
– Olivia dijo que estabais aquí abajo -dijo Turner-. Qué oportuno. Me muero de hambre.
– Tenemos un plato de galletas, si quieres -dijo Miranda, señalando un plato que había encima de la mesa.
Turner se encogió de hombros y se sentó a su lado.
– ¿Son de la señora Cook?
Winston asintió.
Turner cogió tres y luego se volvió hacia la señora Cook con la misma expresión de cachorro que Winston había utilizado.
– Está bien -resopló ella, encantada de ser el centro de atención-. Haré más.
Justo entonces, Olivia apareció por la puerta y apretó los labios mientras miraba a su hermano mayor.
– Turner -dijo, en tono irritado-. Te había dicho que quería enseñarte el nuevo… eh… libro que me había comprado.
Miranda gruñó. Le había dicho a Olivia que no hiciera de casamentera.
– Turner -insistió la chica.
Miranda decidió que si alguna vez Olivia le preguntaba acerca de lo que estaba a punto de hacer, le diría que no había podido evitar levantar la cabeza, sonreír con dulzura y preguntarle:
– ¿De qué libro hablas?
Olivia le lanzó bolas de fuego con la mirada.
– Ya lo sabes.
– ¿El del Imperio otomano, el de los cazadores de pieles en Canadá o el de filosofía de Adam Smith?
– El de ese tal Smith -respondió Olivia.
– ¿De veras? -preguntó Winston, mientras se volvía para mirar a su hermana gemela con un interés renovado-. No tenía ni idea de que te gustaran esas cosas. Este año hemos estado leyendo La riqueza de las naciones. Es una mezcla interesante de filosofía y economía.
Olivia dibujó una sonrisa forzada.
– Seguro que sí. Ya te daré mi opinión cuando lo haya terminado.
– ¿Has leído mucho? -preguntó Turner.
– Sólo unas páginas.
O, al menos, es lo que a Miranda le pareció oír. Era complicado escuchar las palabras de Olivia cuando hablaba con los dientes apretados.
– ¿Quieres una galleta, Olivia? -preguntó Turner, y luego sonrió a Miranda, como diciéndole «Estamos juntos en esto».
Parecía un niño. Parecía joven. Parecía… feliz.
Y Miranda se derritió.
Olivia cruzó la cocina y se sentó al lado de Winston, pero, por el camino, se acercó a la oreja de Miranda y le susurró: