La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Así se fue abriendo paso entre la muchedumbre compuesta por mercachifles pobremente vestidos que ofrecían vasijas llenas de raíces secas, cestas de palomas, peces y anguilas, carboneros que empujaban las carretillas voceando el precio de su mercancía y fabricantes de queso ataviados con sus impecables ropajes rojos y amarillos. Pasaba ante carnicerías con cerdos, corderos y venados colgados de ganchos, ante vendedores de sal que ofrecían diferentes calidades y texturas, ante tenderos que vendían pan, tartas, pastelillos, aves, especias, sacos de grano, barriles de vino y cerveza, y cientos de otros productos exhibidos en los escaparates o en mesas fuera del establecimiento, ante gente que inspeccionaba la mercancía, charlando y quejándose por los precios. De repente, una especie de hormigueo le advirtió que lo estaban siguiendo.
Súbitamente alerta se volvió y vio cientos de caras, pero no reconoció a nadie. Richard ocultaba la espada bajo la capa negra para no llamar la atención sobre su persona. Por suerte, los numerosos soldados no parecían especialmente interesados en él, aunque algunos de los d’haranianos alzaban la vista al pasar cerca, como si sintieran algo sin ser capaces de discernir la fuente. Cuando eso ocurría, Richard aceleraba el paso.
El hormigueo era tan leve que pensó que sus perseguidores no estaban lo suficientemente cerca para verlos. Aunque, en ese caso, ¿cómo sabría quiénes eran? Podría ser cualquiera de los rostros que veía. El joven echó un vistazo a los tejados, pero no vio a nadie que pudiera estar siguiéndolo. Así pues, comprobó una vez más la dirección del sol para no perderse.
Cerca de una esquina se detuvo para contemplar la riada de gente que desfilaba por la calle, buscando a cualquiera que lo mirara con atención, cualquiera que le pareciera fuera de lugar o especial. Pero no vio a nadie con esas características.
— ¿Una torta de miel, milord?
Richard se volvió y vio a una niña ataviada con un abrigo que le quedaba demasiado grande situada detrás de una mesa pequeña y desvencijada. Calculó que debería tener unos diez u once años, aunque nunca se le había dado bien adivinar la edad de las niñas.
— ¿Qué has dicho? —inquirió.
La niña señaló con un ademán la mercancía que había expuesta encima de la mesa.
— ¿Una torta de miel? Las hace mi abuela. Son muy buenas, os lo aseguro, y sólo cuestan un penique. ¿Deseáis comprar una, milord? Por favor. No os arrepentiréis.
En el suelo, junto a la niña, una anciana baja y fornida cubierta con una andrajosa manta marrón estaba sentada sobre una tabla colocada encima de la nieve. La anciana le sonrió. Richard le devolvió la sonrisa sólo a medias, pues trataba de determinar a qué podía obedecer ese hormigueo interior que le avisaba de algo. La niña y la anciana sonrieron, expectantes, y aguardaron.
Tras echar un nuevo vistazo a la calle, Richard soltó un hondo suspiro que formó una alargada nube de aliento que voló en la suave brisa y rebuscó en un bolsillo. En la carrera de dos semanas hasta Aydindril apenas había comido y aún se sentía débil. Todo lo que llevaba era plata y oro del Palacio de los Profetas. Tal vez en la mochila llevara algún penique, aunque lo dudaba.
— No soy ningún lord —dijo, mientras volvía a guardarse las monedas de plata en el bolsillo.
La niña señaló la espada.
— Cualquiera que lleve una espada tan bonita como ésa tiene que ser un gran señor.
La anciana ya no sonreía. Con los ojos prendidos en la espada, se levantó.
Richard se apresuró a cubrir con la capa la empuñadura así como la funda trabajada con oro y plata, tras lo cual tendió a la pequeña una moneda. La niña se quedó mirándola en su palma.
— No tengo tanto cambio, milord. Madre mía, ni siquiera sé cuánto debería devolveros. Nunca había visto una moneda de plata.
— Ya te he dicho; no soy ningún señor. —Cuando la niña lo miró, le sonrió—. Me llamo Richard. ¿Sabes qué? Quédate con el cambio. Considéralo como un pago a cuenta. Así, cada vez que pase por aquí puedes darme otra de tus tortas de miel, hasta llegar al valor de la moneda de plata.
— Oh, milord… quiero decir, Richard, muchas gracias.
Con expresión radiante la niña entregó la moneda a su abuela. La anciana examinó el metal con ojo crítico, dándole vueltas entre los dedos.
— Nunca había visto una moneda igual. Supongo que venís de muy lejos.
La anciana no podía saber de dónde procedía esa moneda, pues el Viejo y el Nuevo Mundo habían permanecido separados durante tres mil años.
— Así es —repuso—. Aunque te aseguro que es válida.
La anciana clavó en él unos ojos azules que parecían desvaídos por la edad.
— ¿Os la entregaron o la tomasteis vos, milord? —En vista del gesto de extrañeza de Richard, señaló la espada—. Esa espada que lleváis. ¿Os fue entregada o la tomasteis vos mismo?
Richard le sostuvo la mirada, comprendiendo al fin. El Buscador siempre era nombrado por un mago, pero desde que Zedd huyera de la Tierra Central mucho tiempo atrás, la espada se convirtió en un trofeo que se compraba o se robaba. La Espada de la Verdad tenía una pésima reputación por culpa de los falsos Buscadores, pues la utilizaban por razones egoístas y no para los fines previstos por quienes la habían imbuido de magia. Richard había sido el primero en décadas que había sido nombrado Buscador de la Verdad por un mago. Richard comprendía la magia de la espada, su terrible poder y la responsabilidad que conllevaba el poseerla. Richard era un verdadero Buscador.
— Me fue entregada por un mago de la Primera Orden. Fui nombrado —respondió crípticamente.
— Un Buscador —susurró la anciana, estrechando la manta contra su abundante pecho. El aire se le escapaba por los huecos entre los dientes—. Alabados sean los espíritus. Un verdadero Buscador.
La niña, que no comprendía la conversación, miró detenidamente la moneda que reposaba en la mano de su abuela y a continuación tendió a Richard la torta de miel más grande de las que había sobre la mesa. Richard la aceptó con una sonrisa.
La anciana se inclinó ligeramente sobre la mesa y bajó la voz para decir:
— ¿Habéis venido para librarnos de esos indeseables?
— Más o menos. —Richard dio un bocado a la torta de miel y sonrió de nuevo a la niña—. Sabe tan bien como prometiste.
— ¿Veis? La abuela hace las mejores tortas de miel de toda la calle Stentor —proclamó la niña, radiante.
Calle Stentor. Bueno, al menos había dado con la calle correcta. «Pasado el mercado, en la calle Stentor», le había dicho la señora Sanderholt. Richard guiñó un ojo a la pequeña mientras masticaba.
— ¿Qué indeseables? —preguntó a la anciana.
Los ojos de la anciana se posaron brevemente en su nieta.
— Mi hijo y su madre nos han abandonado para permanecer cerca de palacio, en espera del oro prometido. Yo les dije que trabajaran pero ellos me replicaron que soy una vieja tonta y que simplemente esperando lo que les pertenece podrán conseguir mucho más de lo que ganarían trabajando.
— ¿Por qué razón creen que el oro les pertenece?
La anciana se encogió de hombros.
— Porque alguien de palacio lo dijo. Dijo que tenían derecho a él, que todo el pueblo tenía derecho al oro. Algunos, como el holgazán de mi hijo, lo creyeron. En los tiempos que corren los jóvenes no quieren trabajar. Así pues, están ahí sentados esperando recibir algo, esperando que alguien les solucione la vida en lugar de arreglárselas solos. Y se pelean por quién debe recibir antes el oro. Algunos de los más débiles y ancianos han muerto en las peleas.
»Mientras tanto, como son pocos los que trabajan, los precios no dejan de subir. A duras penas podemos permitirnos comprar pan. Y todo por una estúpida sed de oro —declaró la anciana con amarga expresión—. Mi hijo trabajaba para Chalmer, el panadero, pero ahora se limita a esperar que le entreguen el oro, y su hija cada día está más hambrienta. —Por el rabillo del ojo miró a la pequeña y sonrió con cariño—. Sin embargo, ella sí trabaja. Me ayuda a hacer las tortas y a venderlas para poder comer. Yo no dejo que vague sola por las calles como tantos otros muchachos.