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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Monk aguardó. La mirada de la mujer le decía que aún había más. La violación de una prostituta era sólo una desgracia más. Sin duda ella sabía tan bien como él que por más desagradable e injusto que fuese, no se podía hacer nada al respecto.

– No fue la única -prosiguió la señora Hopgood-. Pasó otra vez, a otra mujer, y luego a otra. Y cada vez ha sido peor. Que yo sepa, ya van siete, señor Monk, y a la última la golpearon hasta que perdió el conocimiento. Le rompieron la nariz y la mandíbula y ha perdido cinco dientes. Y a nadie le importa un bledo. Los polizontes no harán nada. Creen que las mujeres que se venden merecen lo que les dan. -El cuerpo se le tensó debajo de la tela oscura-. Pero nadie merece que le peguen de esa forma. Ahora les resulta muy peligroso ganar el pico extra que necesitan para salir adelante. Tenemos que encontrar a quien está haciendo esto, y por eso le necesitamos, señor Monk. Por eso estamos dispuestas a pagar.

Monk permaneció un rato sentado sin contestar. Si lo que le contaba era cierto, sospechaba que alguien había planeado una especie de justicia alternativa. A eso no tenía nada que objetar. Ambos sabían que era más que probable que la policía no hiciese nada contra un hombre que se dedicaba a violar prostitutas. La sociedad consideraba que una mujer que vendía su cuerpo tenía poco o ningún derecho a negar los bienes ofertados, como tampoco a poner reparos si la trataban como mercancía y no como a una persona. Se había excluido voluntariamente de la categoría de las mujeres decentes. Su mera existencia suponía una afrenta para la sociedad. Nadie iba a esforzarse en proteger una virtud que, según la opinión pública, no existía.

Los carbones se desmoronaron en el hogar formando un haz de chispas. En la calle empezó a llover.

Y luego estaban las emociones más inquietantes y oscuras. Quienes se servían de esas mujeres las despreciaban, como también despreciaban la parte de sí mismos que las necesitaba. En el mejor de los casos se trataba de vulnerabilidad, en el peor, de vergüenza. O quizá lo peor fuese el hecho de tener una debilidad y que esas mujeres lo supieran. Por una vez se libraban del dominio de sí mismos que ejercían en su vida cotidiana, y las mismas personas a quienes despreciaban eran testigos de toda esa intimidad. ¿Acaso podía exponerse más al ridículo un hombre que cuando pagaba a una mujer que miraba con desprecio, sirviéndose de su cuerpo para aliviar las necesidades del suyo? La prostituta no sólo veía su cuerpo desnudo sino también una parte de su alma.

Un hombre podía odiar por ese motivo. Y desde luego no le gustaría que le recordaran la existencia de tal mujer, a no ser para condenar su inmoralidad y manifestar lo mucho que deseaba deshacerse de ella y de todas las de su clase. Trabajar para protegerla de los predecibles males de un comercio elegido por ella era algo inconcebible.

La policía jamás intentaría seriamente erradicar la prostitución. Aparte del hecho de que resultaría imposible, conocía su valor, y también sabía que la mitad de la sociedad respetable se horrorizaría si lo consiguiera. Las putas eran como las cloacas, algo que no se mencionaba en los salones, ni en ningún otro sitio, si a eso vamos, pero resultaban vitales para la salud y el orden de la sociedad.

Monk sintió crecer dentro de sí la misma clase de rabia que sentía Vida Hopgood. Y cuando Monk se enfadaba, no era de los que perdonan.

– Sí -dijo, mirándola con intención-. Acepto el caso. Págueme lo suficiente para mi manutención, y haré cuanto pueda para descubrir al hombre…, o a los hombres… que están haciendo eso. Tendré que ver a las mujeres. Y deben decirme la verdad. No puedo hacer nada basándome en mentiras.

El brillo del triunfo iluminó los ojos de la señora Hopgood. Acababa de ganar su primera batalla.

– Los encontraré para usted, si puedo -agregó Monk-. Dudo mucho que la policía los lleve a juicio. Sabe tan bien como yo que las posibilidades de que eso ocurra son remotas.

La señora Hopgood se rió con gusto, mofándose a placer.

– Lo que haga usted luego es cosa suya -continuó Monk, sabiendo lo que eso podía significar-. Pero no le podré decir nada hasta que esté convencido.

Ella tomó aire como quien va a discutir, pero reparó en la expresión de Monk y se dio cuenta de que sería inútil.

– No le diré nada -repitió él- hasta que esté seguro. Ése es el trato.

Ella le tendió la mano.

Él hizo lo propio y la mujer se la estrechó con inusitada fuerza.

Vida Hopgood aguardó junto al fuego mientras Monk cambiaba sus ropas por otras más viejas, tanto por no ensuciar unas prendas que apreciaba, como debido al propósito más práctico de pasar lo más desapercibido posible en las zonas que se disponía a visitar. Luego acompañó a su nueva dienta a Seven Dials.

Ella le llevó a su casa, unas habitaciones sorprendentemente bien amuebladas en el piso que se hallaba encima del taller donde ochenta y tres mujeres trabajaban sentadas a la luz de las lámparas de gas, con las cabezas gachas y la espalda dolorida, forzando la vista. Pero al menos era un lugar seco, y más cálido que la calle, donde estaba empezando a nevar.

Vida también se cambió de ropa, dejando que Monk esperara en el salón mientras lo hacía. Su marido estaba abajo, en el taller, vigilando que nadie se distrajera, hablara con la vecina o se llevara al bolsillo algo que no le pertenecía.

Monk estudió la habitación. Estaba profusamente amueblada. Apenas quedaba un espacio en el abigarrado papel pintado que no estuviera cubierto por un cuadro o una muestra de bordado enmarcada. Las superficies de las mesas estaban decoradas con flores secas, adornos de porcelana, pájaros disecados en vitrinas y más cuadros. Pero a pesar de la acumulación y del predominio del color rojo, el efecto del conjunto resultaba confortable e incluso armónico. Se apreciaba que quien vivía allí cuidaba de su hogar. Se respiraba felicidad, un cierto orgullo, no para impresionar al prójimo sino a causa del propio bienestar. Vida Hopgood tenía algo que podía llegar a gustarle. Ojalá recordara su relación anterior. Para él suponía una carga no conseguirlo, pero le constaba, por innumerables intentos anteriores que pretendían seguir el rastro a otros recuerdos, acaso más importantes, que cuanto más se esforzaba, más escurridizos se volvían, más se distorsionaban. Era un inconveniente con el que había aprendido a vivir la mayor parte del tiempo; sólo de vez en cuando se le hacían patentes los peligros que tal situación comportaba, como cuando descubría que alguien lo odiaba sin llegar a saber por qué razón. Era una carga poco frecuente que no afectaba a la mayoría de las personas, el no saber quién era amigo o enemigo.

Vida reapareció con un vestido más viejo y sencillo, y fue al grano sin más dilación. Puede que necesitara los servicios de un policía, pero no tenía la menor intención de alternar con él. Aquello era una tregua temporal, pues en lo que a ella se refería, Monk seguía siendo el «enemigo». No iba a olvidarlo, aunque pudiera.

– Primero iremos a ver a Nellie -dijo, alisándose la falda y arreglándose las hombreras-. Sería inútil si fuera solo. No hablará con usted si no se lo mando yo. Tampoco es de extrañar. -Miró a Monk, que estaba plantado en mitad de la confortable estancia-. ¡Bueno, pues en marcha! ¡Ya sé que está lloviendo, pero un poco de agua no le hará ningún daño!

Tragándose su réplica, Monk salió tras ella a la calle y apretó el paso para no rezagarse. Vida avanzaba con sorprendente rapidez, pisando fuerte los adoquines con sus botas, la espalda erguida y la vista al frente. Había dado órdenes y no cabía duda de que si Monk quería cobrar, las obedecería.

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