El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
Ella no era ningún demonio (por supuesto, su pobre novio tendría una vida útil muy corta si ella lo fuese), pero tampoco era un encanto de persona.
Debbie podría haber salvado los trastos, pero al descubrir que yo conocía el pequeño secreto de Alcide se volvió loca. Cometió un gran error.
Me repasó con una mirada tan incendiaria que podría haber paralizado a un león.
– Se ve que has estado en el salón de Janice hoy -dijo, reparando en los rizos que me caían de forma casual y en las uñas. Su pelo liso había sido cortado en grupos asimétricos y pequeños mechones de longitud variable, haciéndole parecer una perra en un espectáculo canino, puede que una afgana. Su estrecha cara potenciaba la similitud-. De allí no sale nadie que parezca vivir en este siglo.
Alcide abrió la boca, con los músculos tensos por la rabia. Puse mi mano sobre su brazo.
– ¿Qué opinión tienes tú sobre mi pelo? -pregunté con mucha tranquilidad, moviendo la cabeza para que los rizos me acariciaran los hombros. Cogí la mano de Alcide y entrelacé sus dedos con los rizos que me caían sobre el pecho. ¡Vaya, eso se me daba bien! Sookie, la gatita salida.
Alcide contuvo el aliento. Sus dedos se pasearon por mis rizos y sus nudillos rozaron mi clavícula.
– Creo que está precioso -dijo él con una voz sincera y ronca.
Le sonreí.
– Parece que en vez de contratarte, te ha alquilado -dijo Debbie, ahondando en su error irreparable.
Era un insulto terrible, para ambos. Necesité cada gramo de determinación disponible para mantener el control que se le suponía a una dama. Sentí el yo primitivo, mi yo más auténtico, nadar hacia arriba hasta casi emerger a la superficie. Permanecimos sentados, observando a la cambiante, quien palideció ante el silencio.
– Vale, no debí decir eso -dijo, nerviosa-. Olvídalo.
Como era una cambiante, me habría dado mil vueltas en una pelea justa. Pero, por supuesto, llegado el caso, mi intención era hacer trampas.
Me recliné hacia delante y apunté con una de las uñas rojas a sus pantalones de cuero.
– ¿No había otro disfraz?
Inesperadamente, Alcide estalló en risas. Le sonreí mientras redoblaba sus carcajadas y, cuando volví a alzar la mirada, Debbie volvía a grandes zancadas a su fiesta, cuyos participantes habían guardado silencio durante nuestro breve encuentro.
Recordatorio: no ir al aseo sola durante la noche.
Cuando pedimos la segunda ronda, el sitio ya estaba lleno. Vinieron algunos amigos licántropos de Alcide, un grupo amplio. Los licántropos viajan en manadas, según tengo entendido. En los cambiantes depende del animal en el que cada cual se transforme más a menudo. A pesar de su teórica versatilidad, Sam me dijo que los cambiantes suelen transformarse siempre en el mismo tipo de animal, que suele ser una criatura por la que sienten alguna afinidad. Y pueden llamarse entre sí por el nombre de dicha criatura: perro, murciélago, tigre. Pero nunca «licántropos» a secas, que era un término reservado para los hombres lobos. Los auténticos licántropos menospreciaban esa diversidad en la transformación, y no tenían en buena estima a los cambiantes en general. Los hombres lobo, licántropos por excelencia, se consideraban la crema de la crema en la sociedad de los cambiantes.
Los demás cambiantes, por su parte, según me explicó Alcide, consideraban a los licántropos como los matones del escenario sobrenatural.
– Y no somos pocos en los negocios de la construcción -dijo, como si tratara de ser justo-. Muchos licántropos son mecánicos, albañiles, fontaneros o cocineros.
– Oficios útiles-dije.
– Sí -coincidió-, pero no precisamente de alto nivel social. Así que, si bien colaboramos unos con otros; hasta cierto punto existe mucha discriminación de clase!
Llegó un pequeño grupo de licántropos moteros. Todos lucían el mismo chaleco de cuero con una cabeza de lobo en la espalda que el que me había atacado en el Merlotte's. Me pregunté si habrían empezado a echar en falta a su camarada. ¿Tendrían ya una idea más clara de a quién estaban buscando? ¿Qué harían sí descubrían quién era yo? Los cuatro hombres pidieron otras tantas jarras de cerveza y empezaron a hablar de forma muy reservada, con las cabezas muy juntas y las sillas pegadas a la mesa.
Un disc-jockey, que parecía vampiro, empezó a pinchar con el volumen perfecto; las canciones eran identificables, pero se podía seguir hablando.
– Bailemos -sugirió Alcide.
Eso no me lo esperaba; pero me acercaría a los vampiros y a sus humanos, así que acepté. Alcide me apartó la silla y me cogió de la mano mientras nos dirigíamos a la pequeña pista de baile. El vampiro cambió el estilo de un heavy metal a algo de Sarah McLachlan. Era GoodEnough, lento, pero con ritmo.
No sé cantar, pero sí bailar, y, al parecer, Alcide también.
Lo bueno de bailar es que puedes no hablar durante un rato, si te has quedado sin tema de conversación. Lo malo es que te vuelve exageradamente consciente del cuerpo de tu compañero. Y yo ya era muy consciente del -que me perdone- atractivo animal de Alcide. Ahora, tan cerca, balanceándome rítmicamente junto a él, siguiendo cada movimiento, me sumí en una especie de trance. Cuando terminó la canción, permanecimos en la pequeña pista de baile; en mi caso, con los ojos clavados en el suelo. Cuando empezó la siguiente, un corte más rápido (no sabría decir cuál, aunque mi vida dependiese de ello), volvimos a bailar, y me meneé, contoneé y disfruté con el licántropo.
Entonces, el tipo achaparrado que estaba sentado en un taburete detrás de nosotros le dijo a su compañero vampiro:
– Aún no ha dicho nada. Y Harvey ha llamado hoy. Dice que han registrado la casa, pero que no han encontrado nada.
– Estamos en público -dijo el compañero con voz afilada. El vampiro era un hombre muy pequeño; quizá se hubiera convertido en vampiro cuando la estatura media de los hombres era menor.
Sabía que estaban hablando de Bill, porque el humano estaba pensando en él cuando soltó «Aún no ha dicho nada». Y el humano era un emisor excepcional en cuanto a imágenes y sonidos.
Cuando Alcide trató de apartarme de su órbita, me resistí. Mirando hacia su rostro sorprendido, hice un gesto con los ojos hacia la pareja. Con los ojos me hizo ver que me entendía, pero no pareció muy contento.
Bailar y tratar de leer la mente de otra persona al mismo tiempo no es algo que yo recomendaría. Me esforzaba mentalmente, y mi corazón dio un brinco al percibir la imagen de Bill. Afortunadamente, Alcide se excusó justo entonces para ir al servicio, dejándome en un taburete de la barra, junto al vampiro. Traté de mantener la mirada en los demás bailarines, en el disc-jockey, en cualquier cosa excepto el hombre y el vampiro que tenía a la izquierda, hombre cuya mente trataba de descifrar.
Estaba pensando en lo que había hecho durante el día había tratado de mantener despierto a alguien, alguien que realmente necesitaba dormir… Un vampiro. Bill. Mantener a un vampiro despierto durante el día era la peor de las torturas. También era una tarea difícil. La compulsión de dormir cuando amanece es imperativa, y el propio sueño es como la muerte.
Por alguna razón, nunca se me había pasado por la cabeza (quizá porque soy estadounidense) que los vampiros que habían raptado a Bill pudieran estar recurriendo a medidas nocivas para hacerle hablar. Si querían información, naturalmente no iban a esperar a que Bill estuviese de humor para dársela. Estúpida de mí, tonta, tonta, tonta. Incluso a sabiendas de que Bill me había traicionado, de que se le había pasado por la cabeza abandonarme por su amante vampira, sentía un gran dolor por él.
Sobrecogida por mis tristes pensamientos, no percibí el problema cuando estuvo justo a mi lado. Hasta que me agarró del brazo.
Uno de los miembros de la banda de licántropos, un tipo grande de pelo oscuro, muy pesado y que olía muy fuerte, me tenía apresada del brazo. Estaba dejando sus grasientas huellas por toda la manga de mi precioso vestido rojo, y traté de librarme de la presa.