Bajo El Disfraz
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Bajo El Disfraz». Краткое содержание книги:
Pero los días pasaban tan lentamente… Tom repasaba lo que ocurrió entre ellos la última noche y no entendía qué había hecho mal.
Quizá fue demasiado rápido. Si le hubiera dado un poco más de tiempo para conocerlo… Irritado, masculló una maldición. Lo único que podía hacer por el momento era esperar… y leer el New York Ti mes todos los días.
Alguien llamó a la puerta del despacho entonces. Era LeRoy.
– Hola, señor Dalton. Le traigo el periódico.
– Gracias.
– De nada, señor.
Cuando LeRoy salió del despacho Tom buscó impaciente el artículo, pero no lo encontró.
– Dónde está? Vamos Claudia, esto es lo que habías soñado siempre. ¿Por qué no está aquí?
Era Nochebuena, el día perfecto para publicarlo.
– A menos que lo guarden para mañana…
Sí, claro, tenía que ser eso. Lo habían guardado para el día de Navidad… «Regalos secretos para familias necesitadas». El artículo perfecto para ese día.
Tom tiró el periódico sobre la mesa y se pasó una mano por el pelo. En realidad, daba igual. Fuera o no publicado, Claudia no quería saber nada de él.
Pero si lamentaba lo que había pasado, si quería salvar su relación, Tom tenía que creer que no publicaría el artículo. Y si no aparecía en el Times, quizá eso significaba que aún no había tomado una decisión sobre su futuro.
Suspirando, tomó el gorro de Santa Claus y bajó por la escalera secreta. Debía concentrarse en los niños, se dijo. Pero solo podía pensar en ella, en los ratos que había pasado con Claudia en los almacenes, en su casa, en el coche…, incluso cuando salió catapultada hasta la basura en el callejón.
Quizá lo mejor sería mudarse a Manhattan. Si no había futuro con Claudia, sería más fácil olvidarla en Nueva York… aunque ella también vivía allí. Y tenía su dirección en Brooklyn. ¡Y las oficinas de la empresa Dalton estaban a dos calles de las del New York Times!
Podrían encontrarse por la calle, en un autobús… Tom conocía bien sus sentimientos por ella y sabía que estaría buscándola continuamente.
No, nada se arreglaría a menos que la viese de nuevo. Tenía que mirarla a los ojos y convencerse de que no lo amaba.
Había pensado ir a Connecticut a las cinco, cuan do cerrasen los almacenes, para pasar la noche con sus padres. ¿Por qué no pasar primero por Brooklyn? Estaría allí a las ocho si no había mucho tráfico. Y Claudia no se negaría a hablar con él el día de Nochebuena.
Pero ¿estaría en casa? Podría estar pasando las navidades en casa de algún pariente o algún amigo… Tom entró en la casita por la puerta secreta, con un peso en el corazón. Sabía bien que su próximo encuentro con Claudia podría ser el último.
Winkie era la encargada de sentar a los niños en sus rodillas y Dinkie estaba a su lado, con un calcetín lleno de caramelos. Blinkie se encargaba de abrir la verja, como había hecho Twinkie, además de hacer las fotos de cada niño. No se habían molestado en contratar otro paje cuando solo quedaban unos días para Navidad.
– Buenos días, señor-lo saludó Winkie.
Lo habían reconocido unos días antes, pero nadie más que la señorita Perkins sabía que su abuelo hacía el papel de Santa Claus habitualmente. Y, en cualquier caso, los rumores sobre Claudia y él habían dado la vuelta a los almacenes, de modo que ya nada podía dañar más su reputación.
– Buenos días, Winkie. ¿Cómo estás?
– Bien, señor. ¿Preparado para el primer niño?
Tom asintió.
La primera era una niña que se puso a llorar desaforadamente cuando Winkie la sentó en sus rodillas y después pasaron solo cinco niños más.
– Suele haber tan pocos el día de Nochebuena?
– Por la tarde suelen quedarse en casa porque sus mamás están preparando la cena.
– Ah, claro.
Hubo un incómodo silencio y de repente Winkie dijo algo que lo dejó atónito:
– Ayer vi a Claudia.
– Qué?
– Lo siento, señor Dalton. Supongo que no querrá hablar de ella…, aunque yo no sé lo que pasó, claro… Ay, por Dios, ¿por qué no podré mantener la boca cerrada?
– ¿Dónde la viste?
– En la plaza. Iba a saludarla, pero no me dio tiempo.
– Entonces, ¿sigue en el pueblo?
– No lo sé.
Tom esbozó una sonrisa. ¿Sería cierto? Si Claudia seguía en Schuyler Falis, solo podía significar una cosa… Quizá lamentaba haberle dicho que no. Quizá todavía había alguna esperanza.
– Sabes una cosa, Winkie? Puede que estas sean las mejores navidades de mi vida.
– Usted cree, señor? ¿Las ventas han sido buenas?
Tom soltó una carcajada.
– Las navidades son algo más que dinero en la caja. Significan esperanza. Y amor. Y la posibilidad de que, por un día, existan los milagros.
Los almacenes estaban llenos de compradores de última hora, todos buscando el regalo perfecto. Claudia estaba mirando unos cinturones de cuero, intentando reunir valor para ver a Tom.
Sabía que estaría allí. Desde que se marchó, su coche había estado en el aparcamiento de los almacenes casi veinticuatro horas al día. No debía estar espiando, pero desde que rechazó el trabajo en el Times, no tenía mucho que hacer.
Cada mañana se despertaba en su habitación del hostal jurándose que aquel día dejaría Schuyler Falls y a Tom Dalton atrás para siempre. Pero cuando llegaba la hora de meter la maleta en el coche, no era capaz de hacerlo.
Mientras siguiera en el pueblo, existía la posibilidad de arreglar las cosas con él. Aunque no se había atrevido a hacer nada, pensaba que podrían encontrarse casualmente en la calle, él la invitaría a cenar y, al final de la noche, estarían prometidos.
También pensó enviarle una carta en la que le diría que lamentaba haber rechazado su proposición, él la invitaría a cenar y, al final de la noche, estarían prometidos.
Pero después de pensarlo durante cinco días, Claudia decidió que hablar con él cara a cara sería lo mejor. Simplemente le diría que había sufrido un ataque de demencia cuando rechazó su oferta de matrimonio. Por su puesto, él la invitaría a cenar y, al final de la noche, estarían prometidos.
Todos los planes terminaban igual.
Aquella mañana ni siquiera se había molestado en cerrar la maleta. Estaba decidida a hablar con él porque no podía esperar un segundo más. Quería echarse en sus brazos y decirle que sí a todo. Olvida ría sus miedos y sus inseguridades. Ella no era su madre y Tom no era su padre. Se querían y podrían tener una maravillosa vida juntos.
La proposición había sido algo tan inesperado que la pilló por sorpresa y no supo cómo reaccionar. Aunque había pensado muchas veces pasar el resto de su vida con Tom, nunca se le ocurrió que de ver dad pudiera haber un final feliz para ellos después de todo lo que había pasado.
Sin embargo, que él no repitiese su propuesta de matrimonio sería lo más humillante que le hubiera pasado en la vida… además de tener que ponerse el traje de paje. Pero tenía que arriesgarse.
Si pudiera hablar con alguien que lo conociese, si pudiera pedirle consejo a algún amigo…
– Santa Claus-murmuró entonces-. Podría hablar con su abuelo. El me dirá lo que debo hacer.
¿Por qué no se le había ocurrido antes? Hablaría con Theodore y si las cosas parecían pintar bien subiría a la oficina y le diría que estaba loca por él.
No había niños esperando en la puerta de la casita y los pajes estaban charlando tranquilamente. Pero tampoco Santa Claus estaba en su sillón. Cuando se acercó, Winkie, Blinkie y Dinkie se volvieron, sorprendidos.
– Qué haces aquí?
– He venido a ver a Santa Claus. Sé que los adultos no suelen sentarse en sus rodillas, pero tengo que hablar con él-contestó Claudia-.Dónde está?
– Tomando un descanso-contestó Winkie.