Bajo El Disfraz
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Bajo El Disfraz». Краткое содержание книги:
– Creía que la noche que paramos aquí ha sido nuestra primera cita,
– Entonces, esto es un gran paso adelante-se rió Tom-Una segunda cita.
En ese momento anunciaron por megafonía el cierre de los almacenes.
– Tengo que hacer una llamada Te espero en el despacho, ¿de acuerdo? Le diré al guarda de seguridad que no bloquee el ascensor.
– De acuerdo.
Claudia se cambió de ropa y Cuando salió de vestuario apenas había luces encendidas Subió en e ascensor a la tercera planta, donde estaban los vestidos de noche, e inmediatamente se sintió atraída por uno con corpiño de lentejuelas azul zafiro y falda de terciopelo Pero cuando vio el precio soltó la etiqueta como si quemase
– ¡Mil quinientos dólares!
– Ese le queda precioso, querida.
Claudia Volvió la cabeza y vio a una señora mayor que la observaba de brazos cruzados
– Es muy caro. Además, no sé si la fiesta es tan formal Quizá debería ponerme algo menos…, elegante. Un sencillo Vestido negro. Algo más… ¿barato?
La mujer se acercó y tomó el vestido de la percha.
– Pruébeselo ¿qué puede perder? Bajaré a zapatería para buscar algo a juego. ¿Qué número?
– El treinta y siete-contestó Claudia.
– Muy bien. Volveré enseguida. Me llamo Millie, por cierto El señor Dalton me ha pedido que la atienda.
Claudia entró en el probador y se miró al espejo. Aquella era la fantasía de cualquier chica, pero podría convertirse en una pesadilla. Al fin y al cabo, ella no era una chica de la alta sociedad, sino un paje. O más bien, una periodista disfrazada de paje.
– Considera esto parte de la investigación-murmuró-. No es una fiesta, es una oportunidad. Y Tom no es una cita, es una forma de conseguir el reportaje.
Se miró al espejo durante largo rato, intentando reconciliar sus sentimientos. Ser periodista siempre había sido lo más importante de su vida. Pero en aquel momento todo estaba confuso… mezclado con la idea de un posible futuro con Tom Dalton.
Nerviosa, examinó su ropa interior. Era una pena ponerse aquello encima de un simple conjunto de algodón. De modo que se desnudó completamente y se puso el vestido.
Cuando se miró al espejo, no pudo evitar una exclamación.
– Dios mío!
Nunca se había visto como una mujer guapa. En todo caso, atractiva. Mona, incluso. Pero nunca guapa. Pero todo había cambiado en cuanto se puso vestido. El azul profundo del corpiño resaltaba el tono porcelana de su piel y el rico caoba de su pelo.
Tarareando Ifeel pretty, Claudia dio una vueltecita. No recordaba la última vez que se puso un vestido Normalmente llevaba trajes de chaqueta o vaqueros, pero aquello era un escándalo.
– A lo mejor hay baile-murmuró. Le encantaría bailar con Tom, estar entre sus brazos, apretado contra su pecho…
– He encontrado los zapatos-oyó la voz de M lije en el pasillo de los probadores.
Claudia abrió la puerta y se encontró con un precioso par de zapatos de raso azul. A su lado, un bolso a juego y un chal de seda azul noche.
Millie la ayudó a abrocharse el vestido y después la convenció para que se pintase un poco. Ella misma la llevó al salón de belleza y mientras Claudia se ponía un poco de máscara y brillo en los labios, le recogió el pelo con una horquilla de brillantitos, dejando algunos mechones sueltos alrededor de su cara.
– Está perfecta. Seguro que el señor Dalton se quedará impresionado.
– Lo estoy, desde luego-oyeron la Voz de Tom desde la puerta-. ¿Estás lista?
Claudia se pasó una mano por la falda, nerviosa.
– Mientras no nos acerquemos a una mesa con comida o bebida. Espero devolver el vestido sin una sola mancha. Pero si lo mancho, tú tendrás que pagar el tinte. Este vestido cuesta más de lo que yo gano en un año.
– He encontrado esto abajo-dijo Tom entonces, mostrándole un collar de zafiros y diamantes.-Parece que hay un departamento de joyería en la tienda y yo tengo la llave de la caja fuerte.
Claudia apretó los labios mientras él le ponía el collar.
– Gracias-rió, mirándose al espejo-. El collar, el vestido, la fiesta… Esto es como la película de Richard Gere y Julia Roberts. Excepto que yo no soy una prostituta y tú bueno, tú sí eres rico.
Y mucho más guapo que Richard Gere, pensó.
– ¿Una prostituta?
– Sí, ya sabes, en Pretty woman. ¿Es que no vas al cine?
– La verdad es que casi nunca tengo tiempo.
– La alquilaremos un día. En nuestra tercera cita-dijo ella entonces.
– Eso estaría bien-murmuró Tom, acariciando sus hombros desnudos.
Claudia se sentía como una Cenicienta, con príncipe azul y todo. Pero ¿el príncipe azul seguiría que riéndola cuando hubiese sacado a la luz pública todos los secretos de palacio? Ya había decidido devolver el archivo al cajón, pero era más fácil pensarlo que hacerlo. Tarde o temprano, él notaría que faltaba. Y ese sería el final. La fantasía de Cenicienta se habría terminado.
– ¿Estás lista?
Claudia dejó escapar un suspiro. Al menos, cuan do todo terminase le quedaría el recuerdo de aquella noche, aquella fiesta, aquel vestido. Y ni su furia ni su desdén podrían robársela.
Claudia miraba por la ventanilla del coche, observando cómo salían del pueblo y entraban en una zona residencial. No había tenido tiempo de visitar Schuyler Falis y la sorprendió la belleza de aquel vecindario. Pasaron por delante de enormes mansiones, una vez el retiro de millonarios de Nueva York.
Tom entró con el Mercedes a través de un camino rodeado de árboles para detenerse ante una mansión de piedra.
– Es como un castillo-murmuró Claudia. Si no se hubiera sentido como Cenicienta, se sentiría así en aquel momento. Una Cenicienta mentirosa que podría convertirse en calabaza antes de medianoche.
– La construyó mi bisabuelo-dijo Tom-. Mis abuelos vivieron aquí hasta que se trasladaron a Arizona y ahora es mía.
– Esta es tu casa?-exclamó ella.
– Sé que es un poco grande para una sola persona, un poco ostentosa. Pero es mi hogar.
– Es demasiado grande para diez personas!
– Pero sería perfecta para una familia, ¿no crees?
Había hecho la pregunta mirándola a los ojos y Claudia se puso colorada. Se preguntaba cómo sería estar casada con Tom. Incluso se imaginaba con niños. Por primera vez en toda su vida. Pero no eran más que fantasías, algo con lo que ocupar el tiempo mientras trabajaba disfrazada de paje.
Claudia Moore no era el tipo de chica que se ponía tonta con un hombre, por muy guapo y encantador que fuese. Y desde luego no era el tipo de chica que se volvía loca por un anillo de compromiso y un vestido de novia. Era una mujer madura, una mujer profesional para quien la pasión no podía interferir con el trabajo.
– ¿Por qué ha organizado alguien una fiesta en tu casa?
– Es mi fiesta. Como director de los almacenes Dalton, debo dar una fiesta en Navidad. Invito a otros hombres de negocios de Schuyler Falis, políticos locales, banqueros y unos cuantos amigos.
– Espera!-exclamó Claudia-. ¿Esta es tu fiesta? Y yo soy tu cita. ¿Significa eso que debo…?
– No te preocupes-dijo Tom, tomando su mano-. No tienes que hacer nada. Y te llevaré casa cuando quieras.
Antes de salir del coche, Claudia tomó aire. Hasta aquel momento la fiesta le había parecido algo poco peligroso. Pero ir con el anfitrión…, la gente empezaría a murmurar, a preguntarse quién era.
Y tenía la impresión de que aquella gente no se ría tan relajada como sus compañeros de trabajo.
– No te preocupes-insistió él al ver su cara-. Estás guapísima. Solo tendrás que sonreír y los dejarás sin palabras.
Claudia intentó sonreír, pero fracasó miserablemente.
– Gracias.
Tom la besó en los labios entonces. Debería haberse apartado enseguida porque el aparcacoches estaba esperando, pero el sabor de sus labios era demasiado delicioso y siguió besándola durante un rato