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Электронная книга - «Bajo El Disfraz». Краткое содержание книги:

Claudia Moore era una aspirante a reportera en busca de su gran oportunidad. Por eso cuando se enteró que había un Papá Noel que realmente hacía que se cumplieran los deseos de los niños, pensó que había llegado su momento. Pero no se le ocurrió que aquella fuera a ser una misión en la que tendría que trabajar de incógnito… ¡y vestida de duende! Pero, por si eso no fuera suficiente, pronto se dio cuenta de que se estaba enamorando del mismísimo hombre al que debía desenmascarar…
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– Ven, vamos a tomar una copa-dijo, sentándose en la cama.

– No deberíamos volver con los invitados?

Tom negó con la cabeza.

– Se irán a casa tarde o temprano y yo quiero pasar un rato contigo. Has estado maravillosa.

– Yo?

– Esta noche, en la fiesta. Estabas preciosa y has sido encantadora con todo el mundo.

– Será por el vestido-sonrió Claudia.

– No lo creo. Estarías igual de guapa sin el vestido y las joyas.

El doble sentido no le pasó desapercibido a ninguno de los dos, aunque Tom no lo había dicho propósito.

Claudia, nerviosa, se pasó una mano por la falda de terciopelo.

– Creo que sería mejor volver a la fiesta.

– Quédate. Solo un ratito-murmuró él, buscando sus labios.

La besó como había deseado hacerlo durante toda la noche, larga, profundamente Un beso apasionado y tierno a la vez.

– Has dicho que no pasaría nada a menos que yo quisiera-susurró Claudia-. ¿Y si… y si yo quisiera que pasara algo?

– Estás segura?-preguntó Tom, levantando su barbilla con un dedo.

Claudia asintió, pero él no estaba Convencido del todo. Entonces empezó a acariciar su cuello para comprobar su reacción. Claudia cerró los ojos, disfrutando de las caricias y, de repente, Tom no pudo contenerse más. Quería que se derritiera entre sus brazos, quería que pronunciase su nombre con algo más que deseo, con amor. La besó en el cuello y después desabrochó el collar de zafiros, pero no pudo sujetarlo a tiempo y se deslizó entre sus pechos.

Tom contuvo una risita.

– Estupendo. Creo que me falta práctica. O quizá estoy un poco nervioso.

– No te preocupes-murmuró ella, levantando la mano para sacar el collar.

– No, deja. Lo haré yo.

Pero cuando metió los dedos por el corpiño una ola de deseo lo envolvió, robándole el aliento. Transfigurado, desabrochó la cremallera lentamente.

– No-murmuró, cuando ella quiso sujetarlo.

El corpiño se deslizó, revelando el cuerpo de Claudia ante sus ojos por primera vez. Tom se quedó asombrado de su belleza, de su perfección. Nervioso, alargó la mano para acariciar uno de sus pechos, masajeando el pezón hasta que se endureció bajo sus dedos.

– Eres más bonita de lo que había imaginado.

De nuevo ella se puso colorada y Tom se quedó enamorado de su inocencia. No sabía el poder que ejercía sobre él. Aunque parecía dura por fuera, había empezado a conocer a la mujer que era en realidad: natural, dulce, vulnerable e insegura de su magnetismo sexual.

Tom alargó la mano y le quitó la horquilla del pelo, que cayó en cascada sobre sus hombros. Suavemente, la tumbó sobre la cama y entonces, como empujado por una voluntad invisible, empezó a besarla. Primero los labios y la garganta, el cuello, el escote… cuando envolvió un pezón entre los labios, Claudia emitió un gemido de protesta. Sorprendido, se apartó. Claudia Moore se había convertido en alguien muy importante para él y no quería arriesgarse a perderla.

Cuando la miró a los ojos no vio en ellos pasión, sino duda y temor.

– No tenemos que hacerlo si no quieres.

– No, no pasa nada. Yo quiero hacerlo-susurró ella, enredando los dedos en su pelo.

Pero Tom sabía que el momento había pasado.

– Cariño, tenemos mucho tiempo. Te haré el amor, puedes estar segura. Pero solo cuando confíes en que voy a tocarte como mereces que te toquen.

Claudia se mordió los labios y él tuvo que hacer un esfuerzo para apartarse Pero había demasiadas cosas sin resolver entre ellos.

– Por qué no te llevo a casa? Bajaré a calentar el coche mientras tú… te vistes.

Ella asintió, con un brillo de alivio en sus ojos de color ámbar.

– Espera-dijo al ver que se levantaba.

– Qué?

– Puedes pedirme un taxi. Deberías quedarte aquí hasta que se marchen todos los invitados.

Tom estaba a punto de protestar, pero entonces se dio cuenta de que las buenas formas no tenían nada que ver con la petición. Claudia había conseguido mantener oculta su vida privada y no quería preguntas indiscretas Preguntas que Tom no estaba dispuesto a hacer y ella no estaba dispuesta a contestar

– El chofer de mi abuelo sigue aquí. Le diré que te lleve a casa.

– Creo que necesito ayuda con la cremallera-dijo Claudia entonces

Tom le subió la cremallera del corpiño, besándola en el cuello mientras lo hacia

– Vamos. A casa y a la cama.

Mientras salían juntos de la habitación, deseaba meterla en su propia cama y encontrarla desnuda por la mañana, apretada contra su pecho.

Pero no podía ser. Había cosas por las que merecía la pena esperar en la vida y no tenía ninguna duda de que Claudia Moore era una de ellas.

Capítulo 7

OTRO día, otro dólar!

– Cincuenta céntimos dirá-murmuró Claudia, dirigiéndose al guarda de seguridad.

Había pensado llamar para decir que estaba enferma, pero como no conocía el protocolo de las emergencias para pajes no sabía a quién llamar… ¿a la señorita Perkins, su supervisora? Porque desde luego no quería llamar a Tom Dalton.

El era la razón por la que no había podido dormir en toda la noche y por la que no tenía un solo pensamiento coherente aquella mañana. La había despedido en la puerta con un casto beso en la mejilla y, mientras se dirigía al hostal, Claudia se había preguntado cómo podía haber dejado que las cosas fueran tan lejos.

Aunque tenía cierta experiencia con los hombres, creía que cuando una mujer quería poner fin a algo, lo hacía. Sin embargo había querido hacer el amor con Tom. Pero si lo hubieran hecho, todo sería diferente. El esperaría más y Claudia no estaba segura de poder darle lo que todos los hombres quieren: una esposa.

Tom le había dicho que habría tiempo porque creía que había un futuro para ellos. Pero Claudia sabía que no era así. La noche anterior era probable mente la última para ellos. Su abuelo ya sabía que era periodista. ¿Cuánto tiempo tardaría Tom en saberlo? ¿Cuánto tiempo hasta que descubriese que le faltaba un archivo?

Era un hombre apasionado en los negocios y en el placer. Y ella deseaba experimentar aquella pasión. Cuando volviera a Nueva York sería lo único que le quedase de Tom Dalton.

Había intentado imaginar su reacción cuando el abuelo le contase la verdad. ¿Se enfadaría? ¿Se negaría a dirigirle la palabra? ¿O le daría una charla sobre la ética en el trabajo? Pero pasase lo que pasa se, Claudia sabía que no iba a estar preparada.

Encontró a la señorita Perkins colocando unas muñecas y señaló su reloj.

– Llego con quince minutos de adelanto.

– Muy bien-sonrió la supervisora.

Cuando entró en el vestuario vio a los otros pajes mirando un periódico.

– Qué pasa?

Dinkie le mostró la primera página del Schuyler Falis Citizen.

– Mira, es la novia de Tom Dalton. Hace siglos que no tiene novia y dicen que después de la fiesta, los dos desaparecieron en el piso de arriba…

Claudia miró la fotografía. Aunque el resto de los obtusos pajes no parecía reconocerla ella conocía muy bien el rostro de la mujer que aparecía al lado de Tom Dalton.

– Qué más dicen?

– Pues no es tan guapa-murmuró Winkie-Pero debe de ser rica y de buena familia. Fíjate en el collar, parece bueno.

– Claro que lo es.

– La verdad es que me suena su cara-dijo Dinkie.

– A mí también-asintió Winkie

– Claro que os suena su cara-suspiró Claudia, irritada-. Soy yo.

Los tres pajes miraron el periódico y después a ella.

– Tú eres la novia de Tom Dalton?

– No, claro que no!-exclamó Claudia. Le habría encantado, pero seguramente cuando descubriese el engaño pasaría a ser más bien «el paje renegado»-. Me invitó a una fiesta y yo acepté, eso es todo. No sabía que nos harían fotografías.

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