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Электронная книга - «Bajo El Disfraz». Краткое содержание книги:

Claudia Moore era una aspirante a reportera en busca de su gran oportunidad. Por eso cuando se enteró que había un Papá Noel que realmente hacía que se cumplieran los deseos de los niños, pensó que había llegado su momento. Pero no se le ocurrió que aquella fuera a ser una misión en la que tendría que trabajar de incógnito… ¡y vestida de duende! Pero, por si eso no fuera suficiente, pronto se dio cuenta de que se estaba enamorando del mismísimo hombre al que debía desenmascarar…
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– No hay artículo-le espetó, sin decir siquiera quién era.

– Con quién hablo?

– Anne, soy Claudia Moore. No hay artículo.

– Claudia, dónde estás? Llevo días llamando a tu apartamento. ¿Dónde está mi artículo? ¿Cuántas columnas? Necesito saberlo ahora mismo… Y necesitaré fotos.

– No hay artículo-repitió Claudia.

– No hay artículo? Claro que hay artículo. Alguien está regalando miles de dólares en un pequeño pueblo de Nueva York sin pedir nada a cambio. Claro que hay artículo.

– Lo siento, pero no he podido encontrarlo. Después de investigar un poco…

– Has descubierto la identidad de ese Santa Claus?-preguntó Anne.

– Sí.

– Y has hablado con las familias a las que ha ayudado?

– Sí.

– Entonces, ¿por qué no hay artículo?-

– Porque este Santa Claus quiere permanecer en el anonimato y quizá deberíamos respetar eso. Cuando se sepa su identidad, la gente empezará a pedirle favores y dinero por todas partes. Y aunque estas familias me han abierto las puertas de su casa, no les apetece que todo el mundo conozca sus problemas personales.

Aunque no podía ver la cara de Anne, imaginaba que estaría furiosa.

– Quiero una copia de ese artículo en mi mesa mañana a las nueve, Claudia. Yo decidiré si hay artículo o no. Tú solo dame los hechos.

– Y si no lo hago?

Al otro lado del hilo hubo un largo silencio.

– No podré recomendarte para el puesto. Tendré que buscar otro candidato.

Claudia apretó los labios, frustrada.

– Sabes que soy una buena periodista y me merezco ese puesto. Te he dado muchos artículos y solo por este…

– Mañana por la mañana-dijo Anne antes de colgar.

Claudia tuvo que contener las lágrimas. Además de perder la mejor Oportunidad profesional de su vida había arruinado su relación con Tom. Después de lo que había pasado por la noche, nunca volvería a confiar en ella.

¿Por qué no enviar el artículo y seguir adelante con su vida? Un trabajo en el Times era lo que siempre había soñado Tendría un sueldo mensual, una columna fija y la seguridad de ser leída por millones de personas. Todo lo que siempre había querido.

Pero no lo tendría todo. No tendría a Tom. No tendría amor y pasión en su vida. Solo remordimientos. Claudia arrugó el papel que tenía en la mano y entró en la habitación.

La pantalla de su ordenador estaba encendida, esperando la última revisión Sin pensar, se sentó y empezó a pulir la historia. No pensaba en ello, solo dejaba que las palabras fueran de su corazón a la pantalla.

Cuando por fin escribió el punto final, se dió cuenta de que llevaba dos horas trabajando. Entonces pulsó el botón de “Impresión”.

Dos minutos después tenía el artículo en la mano. Claudia sonrió, orgullosa. Pero entonces recordó lo que le había costado: la oportunidad de vivir con el hombre del que estaba enamorada. Y la sonrisa desapareció de sus labios.

Angustiada, se levantó y apagó el ordenador. Quizá no todo había terminado, pensó. Quizá todavía podía hacer algo.

Tomó su abrigo y salió del hostal. Había empezado a nevar de nuevo, pero entró en el coche y esperó un poco hasta que el motor se calentó. No sabía si encontraría el camino porque la única vez que fue a casa de Tom Dalton no iba fijándose en la carretera.

Pero la encontró, en medio del bosque, con todas las luces encendidas. Eran las diez de la noche y seguramente Tom estaría allí…Y si no, lo esperaría. Cuando paró delante de la casa vio el Mercedes negro aparcado en el garaje.

No sabía qué iba a decirle, pero sabía que aquella visita podría marcar la diferencia entre una vida llena de felicidad o de amargos remordimientos.

Amaba a Tom Dalton y pasara lo que pasara entre ellos, nada cambiaría eso. Pero ¿qué sentía Tom por ella? Si la amaba de verdad, podría perdonarla. Y si no…

Claudia salió del coche con el corazón encogido. Con cada paso que daba hacia el porche iba reuniendo valor. Y cuando alargó la mano para llamar al timbre, rezó esperando estar haciendo lo que debía.

Antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió de golpe y, sorprendida. Claudia dio un paso atrás, con tan mala fortuna de que se resbaló uno de los tacones en el primer escalón. Cuando creía que iba a caer de espaldas sobre la nieve, una mano la tomó por la cintura y se vio, de repente, apretada contra el sólido torso de Tom Dalton.

– Hola-fue todo lo que pudo decir.

Él dio un paso atrás y la miró, enfadado.

– Eres la última persona que esperaba ver. Qué haces aquí?

Claudia metió la mano en el bolsillo del abrigo.

– He traído esto-dijo mostrándole el artículo.

– No tengo que preguntar qué es.

– Quiero que lo leas.

– Para qué? Necesitas un corrector de pruebas? O crees que te perdonaré cuando lo lea?

– Perdonarme?-repitió Claudia-.No, no espero que me perdones. Ni siquiera espero que lo entiendas.

– Inténtalo.

– Este artículo maraca la diferencia entre un futuro incierto, buscando trabajo en cualquier periódico, y una columna en el mejor periódico del país. Ese ha sido mi sueño desde que era pequeña. Y ahora que lo tengo en la punta de los dedos… parece que no puedo hacerlo realidad.

– Si eso es lo que quieres, ve por ello-dijo Tom-. Quiero que seas feliz.

– Por favor…no me mientas. Quieres que lo pase fatal. Quieres que escriba el artículo y me muera de remordimientos. Quieres que me dé cuenta de que estoy locamente enamorada de ti, tan enamorada que olvide todos mis sueños, todas mis aspiraciones-replicó Claudia.

– Estás enamorada de mí?-preguntó él entonces, mirándola a los ojos.

Claudia respiró profundamente.

– No lo sé. No estoy segura.

– Yo no te pediría que abandonases tus sueños.

– Por qué no?

Tom tomó su cara entre las manos.

– Porque quizá también yo estoy enamorado de ti.

Los ojos de Claudia se llenaron de lágrimas.

– Pensé que no me perdonarías nunca. Aunque sepas que no voy a enviar este artículo.

– Yo tengo parte de culpa-suspiró él-. Supe lo que querías desde el principio y podría haberte detenido. Podría haberte pedido una explicación, pero no quería perderte.

– Entonces, ¿no estás enfadado?

– No, no estoy enfadado.

Claudia asintió, sin saber qué hacer. Quería besarlo, pero no se atrevía a dar el primer paso.

– Bueno, entonces me voy.

– No-dijo Tom, tirando de ella hacia el vestíbulo.

Claudia esperaba que la besase, pero la tomó en brazos. El movimiento la pilló tan por sorpresa que se le cayó el artículo de la mano, los papeles bailando por el suelo de mármol.

– Qué haces?

– Lo que debería haber hecho después de la fiesta-murmuró él, subiendo la escalera.

De Julia Roberts, nada. Claudia se sentía como Escarlata O´Hara.

Cuando llegaron al dormitorio, la dejó en el suelo para besarla con auténtica desesperación, enredando los dedos en su pelo. Era un hombre consumido por la pasión y aquel beso la consumía también a ella. Sus bocas se encontraban, se pegaban la una a la otra, se buscaban. Tom la había besado antes, pero Claudia sabía dónde los llevaba aquel beso. Y aquella vez no pensaba detenerlo.

Con manos temblorosas empezó a desabrochar los botones de su camisa para sentir los poderosos músculos bajo sus dedos.

Había deseado tanto hacerlo que el roce de su piel, su olor, casi le parecía familiar. Y aunque se habían conocido solo dos semanas antes, sentía como silo conociera desde siempre. Y cuando había decidido que solo necesitaba una carrera para ser feliz, él apareció y le robó el corazón Claudia sonrió.Aunque no había esperado estar vestida de paje cuando eso ocurriera.

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