Bajo El Disfraz
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Bajo El Disfraz». Краткое содержание книги:
– Ahora lo entiendo todo-dijo Winkie_. El aumento de sueldo, los nuevos uniformes Tom Dalton está loco por un paje!
Winkie podría haber dicho que Tom Dalton estaba loco por una oveja, tan increíble era el concepto para sus compañeros de trabajo.
– No esta loco por mi solos somos amigos
– Pajes! Pajes! Quedan diez minutos para abrir… Señorita Moore, no está vestida.
– Ahora mismo voy.
– Señorita Moore, Santa Claus quiere verla ahora mismo. Vamos, dese prisa, no lo haga esperar.
Ella hizo una mueca. ¿Qué quería Santa Claus, o más bien Theodore Dalton? Lo que había empezado con una mentira, solo podía acabar mal.
Cuando abrió la taquilla para sacar el uniforme vio de nuevo el archivo que seguía esperando allí, debajo de los botines.
Su carrera siempre había sido lo primero, su deseo de reconocimiento como periodista más importante que cualquier otra cosa en la vida. Tenía talento, pero era difícil robarlo. ¿Y cómo iban a reconocer su talento si no tenía oportunidad de publicar buenos artículos?
– El New York Times-murmuró, sacando el uniforme.
Ningún periodista se atrevería a volver al New York limes con las manos vacías. No todos los días recibía uno la oportunidad de escribir un artículo para el mejor periódico del país.
– Todavía sin vestir?-exclamó Winkie-. Mueve el trasero, Santa Claus está esperándote.
– Ya voy, ya voy. Dile que… Da igual. Iré en dos minutos.
Claudia se preguntó qué iba a decirle a Theodore Dalton. Quizá si le decía que tenía razón, que estaba enamorada de su nieto, le daría una oportunidad de enmendar los errores. Pero ni ella misma lo creía. Si apenas se conocían…
Entonces miró el archivo. Quizá podría convencerlo para que lo pusiera en su sitio…
– Twinkje!
Claudia se llevó una mano al corazón. Era la señorita Perkins, esperando impaciente en la puerta.
– Ya voy. Un minuto, por favor.
Cuando terminó de ponerse el uniforme tenía una estrategia para convencer a Theeodore Dalton de que mantuviera el secreto.
– Haré un llamamiento a su sentido de la decencia. Le recordaré el cariño que siente por su nieto. Y si eso no funciona, me pondré a llorar
Claudia salió del vestuario y la señorita Perkins la acompañó hasta la casita de tejado puntiagudo.
– Por favor, no lo entretenga mucho. Los niños ya han empezado a formar cola.
Entrar en la casita era, para un mísero paje como ella, tan impresionante como ir a Fort Knox. Y mientras empujaba el picaporte, Claudia tenía el corazón acelerado.
Un segundo después, alguien la tomó por la cintura y, para su inmenso horror, Santa Claus la besó en los labios. Al principio, Claudia no podía pensar. ¿Debería darle un golpe de karate en la nuez o una patada en la entrepierna? Pero si aquel hombre debía de tener más de setenta años… Quizá debería gritar, pensó. Pero todas sus clases de defensa personal se mezclaron y no sabía si gritar antes de dar el golpe o pegar la patada antes de darle un puñetazo en la nariz.
Sorprendida por el ardor del viejo, tuvo que reconocer que Tom había heredado el talento de su abuelo. Pero no sabía de dónde sacaba el abuelo la poca vergüenza.
Cuando por fin pudo apartarse, se llevó la mano al corazón.
– Estése quieto! ¡Cómo se atreve!
El empezó a besarla en el cuello, haciéndole cos quillas con la barba. Claudia le dio un golpe en el pecho, pero el traje estaba relleno y no le hizo ningún efecto, todo lo contrario. Furiosa, Claudia apretó los puños y lanzó un directo a su nariz. Santa Claus aulló de dolor.
– ¿Ve lo que ha hecho? Yo no soy una persona violenta, pero me ha obligado a hacerlo. Es usted… un viejo verde. ¿No le da vergüenza? ¡Es usted Santa Claus y yo soy un paje! ¿Qué pensarían los niños si lo vieran manoseando a sus pajes?
Santa Claus murmuró una maldición.
– Seguramente se preguntarían por qué no he podido dormir en toda la noche pensando cuándo volvería a besarte-contestó él entonces sacando un pañuelo del bolsillo para llevárselo a la nariz.
Al bajarse la barba, Claudia descubrió quién era.
– Tú!
– Sí, yo. ¿Estoy sangrando? Menudo gancho tienes. ¿Quién te ha enseñado?
– ¿Qué haces aquí?
– Nuestro Santa Claus particular no puede venir hoy, así que tengo que ocupar su puesto-contestó Tom, tomándola por la cintura-. Y estaba deseando verte.
– Pensé que eras… él!
– Bueno, al menos sé que eres un paje virtuoso.
Después, la besó en los labios larga y profundamente. Claudia se derritió entre sus brazos. ¿Por qué le pasaba aquello? ¿Por qué con un mero beso la de jaba reducida a una masa temblequeante?
– Ya te dije que me iban los pajes-murmuró él, acariciando su espalda.
Riendo, Claudia le apretó la falsa barriga.
– ,Llevas una sandía aquí dentro o es que te ale gras de verme?
Tom le dio un beso en el cuello.
– Siéntate en mis rodillas, pajecito, y te enterarás.
– No seas perverso. Hay niños ahí fuera. Y la señorita Perkins seguro que tiene puesta la oreja. Si no tenemos cuidado, abrirá la puerta de golpe y arruinará la ilusión de un montón de niños.
Tom se sentó en el sillón y la colocó sobre sus rodillas.
– No te haré nada si prometes que nos veremos esta noche. Yo llevaré el traje de Santa Claus y tú puedes ir vestida de paje.
Claudia hubiera querido decir que sí, pero sabía que no podía hacerlo. No habría más oportunidades hasta que le hubiera contado la verdad.
– No puedo. Tengo cosas que hacer.
– Cancela tus planes-dijo Tom-. Yo haré la cena, te daré un masaje en los pies, te plancharé el uniforme. Podrías alquilar ese vídeo de la prostituta…
– No puedo-insistió ella-. Quizá mañana por la noche.
Tom dejó escapar un suspiro.
– De acuerdo. Pero solo si prometes entrar a visitarme de vez en cuando. Santa Claus tiene una picazón y solo tú puedes rascarle.
Riendo, Claudia le rascó la tripa.
– No pienso entrar aquí otra vez. Olvídate.
– Muy bien. Pero este año solo recibirás carbón, paje malo.
Claudia salió de la casita y encontró a la señorita Perkins y al resto de los pajes mirándola con cara de sorpresa.
– Ya está listo.
Estuvo intentando entretener a los niños durante todo el día, pero no podía concentrarse. Solo pensaba en devolver el archivo al despacho. Y pensaba hacerlo aquella misma noche. Después, llamaría a la editora del New York I para decirle que no habría reportaje.
Y por fin, después de eso, quizá podría amar a Tom Dalton. Y, en fin, él no tendría más remedio que amarla también.
Tom no podía dormir. Miraba el despertador, pero las agujas del reloj no parecían moverse. Intentó contar ovejas, respirar profundamente, pero nada funcionaba.
– Claudia-murmuró.
Las almohadas seguían oliendo a ella y cuando apartó la sábana encontró el collar de zafiros que se le había caído la noche anterior.
Pensaba que verla un momento en los almacenes saciaría su sed. Pero no era así. La quería a su lado todo el tiempo, a todas horas. Solo lo había pasado bien aquel día porque sabía que Claudia estaba cerca.
Aunque no se movió de la verja, tenía la oportunidad de mirarla cuando quería. Y, de vez en cuando, ella le enviaba una sonrisa de complicidad.
Tom también tenía un secreto que quería compartir con ella cuando estuvieran solos, un secreto que podría ser el principio de su vida juntos. Aquella mañana, antes de ponerse el traje de Santa Claus, le había dado un ultimátum a su padre y a su abuelo: o lo enviaban a Nueva York a primeros de año o pensaba buscar otro trabajo en la ciudad…, fuera del negocio familiar.
La amenaza había funcionado y todos sus planes iban como la seda. Solo tenía que aclarar el asunto de Santa Claus con Claudia y tendrían mucho tiempo, todo el tiempo del mundo para estar juntos.