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Электронная книга - «Secretos en el tiempo». Краткое содержание книги:

Una mujer en busca de su pasado… Un hombre dispuesto a arruinarlo
Después de haber crecido como hija única, Keely McClain descubrió con asombro que no sólo tenía un padre, sino que también tenía seis hermanos mayores. Pero antes de nada debía descubrir qué había sucedido hacía tantos años. Y, al investigar su pasado, encontró una familia… y un amante…
Rafe Kendrick sólo tenía un objetivo en la vida: vengarse de los Quinn, y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo distrajera… Hasta que se enamoró locamente de la nueva camarera del pub de los Quinn. Aún así, decidió poner su plan en marcha… fue entonces cuando descubrió que la mujer que había en su cama también era una Quinn.
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Esa mañana llevaba un jersey verde lima y una faldita negra que ofrecía una vista tentadora de sus piernas. Las botas hasta las rodillas realzaban su atractivo todavía más. Dios, le encantaban las botas negras, pensó Rafe.

Un grito procedente de la barra lo hizo mirar hacia Seamus Quinn y en seguida cambió de humor. Todo estaba preparado: el día después de Navidad, Seamus se enteraría de que le habían vendido la hipoteca por el pub. Un inspector lo visitaría al día siguiente y descubriría que las tuberías y el sistema de calefacción estaban llenos de amianto. El pub tendría que cerrar hasta que lo eliminaran. Y al día siguiente, un pescador, ex tripulante del Poderoso Quinn, iría a la policía con una historia sobre un asesinato en el mar.

Ken Yaeger le había contado la historia hacía muchos años. Había visitado a la madre de Rafe poco después del entierro y le había dicho cómo había muerto su marido en realidad. Y Rafe se la había oído contar a su madre, de manera inconexa, siempre con Seamus Quinn como villano. Con el tiempo, Rafe había sacado sus conclusiones y, tras encontrar a Yaeger unos meses atrás, había confirmado sus sospechas. Seamus Quinn era responsable de la muerte de Sam Kendrick. Lo había asesinado impunemente.

Si todo salía como tenía previsto, a principios de año Seamus Quinn estaría en la cárcel y ninguno de sus hijos podría hacer nada por rescatarlo de la justicia. Rafe dio otro sorbo a su copa. Lo único que le pesaba era que Keely perdiese el trabajo. Pero ella no pertenecía a un lugar así. Tendría que encontrar la forma de compensarla, aparte de la cena.

Cuando se terminó el whisky, Seamus había dado aviso para que los clientes que quisieran pidiesen la última. Keely corría de una mesa a otra con las cuentas. Después de cobrar a todos, colgó el mandil y se reunió con él en la puerta. Luego salieron y apoyó un brazo sobre el de Rafe mientras andaban hacia el coche de este.

– ¿Cansada?

– He empezado a mediodía. Cinco horas no son muchas.

– ¿Te gusta tu nuevo trabajo?

– Está bien. Un poco duro para los pies. Y cuando salgo huelo a tabaco y cerveza. Pero los clientes son agradables. Muy irlandeses.

– ¿Y los dueños? -quiso saber Rafe.

– No los conozco mucho -contestó con sinceridad-. Pero me caen bien. ¿Adonde vamos?

– Tengo que hacer una parada antes de cenar. Quiero mandar un regalo de Navidad. No me llevará más que unos minutos.

Pasaron el trayecto en coche charlando. Rafe apenas podía mantener la vista en la carretera con Keely al lado. No era de los que creían en el destino, pero algo lo había llevado al Pub de Quinn ese día. Algo relacionado con saciar las ganas de volver a estar con Keely.

Y dado que ya sabía lo que esta esperaba, no cometería dos veces el mismo error. Quería una relación sexual, libre y desinhibida, sin ataduras. Podía olvidarse de cualquier relación que fuera más allá del placer físico. Era justo lo que siempre había buscado en una mujer y por fin lo había encontrado.

Hablaron sobre el trabajo de Keely mientras Rafe tomaba la desviación de la autopista hacia Cambridge. Minutos después, aparcó frente a la Residencia Clínica Terraza del Roble.

– ¿Por qué paramos aquí? -preguntó Keely.

– Mi madre vive aquí. No tardaré mucho.

– Pero estamos en navidades -objetó ella-. Deberías pasar algo de tiempo con ella.

– Últimamente ni siquiera me reconoce – dijo Rafe-. Tiene algunos problemas y siempre empeora en navidades. Creo que echa de menos a mi padre.

– ¿Está muerto?

– Hace casi treinta años. Pero para ella es como si hubiese sido ayer. Su estabilidad emocional se rompió cuando se murió -Rafe se giró hacia el asiento trasero y agarró un paquete envuelto con papel de regalo-. Vuelvo en seguida.

– Me gustaría acompañarte -dijo Keely con suavidad-. Conocer a tu madre.

Sorprendido por la propuesta, no supo qué contestar. Su madre se desconcertaba con los desconocidos. Pero Keely era especial.

– De acuerdo -accedió finalmente. Salió del coche, lo rodeó y abrió la puerta de Keely.

– Tengo que darle las gracias por enseñarte a ser tan caballeroso -dijo ella sonriente.

Aunque tenía adornos navideños, la residencia estaba en silencio. Rafe saludó a la enfermera de recepción y echó a andar por un pasillo. Keely caminó a su lado bajo la mirada vacía y los rostros sin expresión de los residentes.

– A veces se pone desagradable -advirtió Rafe cuando llegaron a la puerta de su madre-. Así que siéntete libre para salir si te molesta su comportamiento.

– Todo irá bien -le aseguró ella. Rafe no supo de dónde le salió el impulso, pero se echó hacia delante y le dio un beso fugaz en los labios. No tenía palabras para expresar lo dulce que era, así que había optado por mostrárselo con aquel gesto. Luego se giró y llamó con suavidad a la puerta.

Lila no levantó la cabeza cuando entraron. Estaba sentada en una silla junto a la ventana, mirando la noche invernal con una extraña sonrisa en la cara. Rafe se acercó y le dio un beso en la coronilla.

– Hola, mamá. Felices fiestas.

– Ya debería haber venido -dijo Lila-. Nunca llega tan tarde.

– Ya no tardará, mamá. Mientras tanto, ¿quieres abrir este regalo?

Por fin se giró hacia Rafe, abarcando el regalo con la mirada. Pero luego se fijó en Keely y se le borró la sonrisa.

– ¿Eres mi enfermera? -le preguntó. Keely se acercó despacio a la silla y se agachó hasta estar a la altura de Lila.

– No, soy una amiga de Rafe. Felices fiestas, señora Kendrick.

Lila se quedó mirándola un buen rato con el ceño fruncido.

– Te conozco -dijo.

– No, mamá, no la conoces.

– Te conozco. Tienes los mismos ojos.

– Tiene unos ojos muy bonitos -le dijo Keely a Lila, cambiando hábilmente de tema-. Y un pelo precioso. ¿Quieres que te peine?

Rafe se quedó mirando a Keely mientras estaba arreglando el pelo de su madre y le hablaba con suavidad de moda, perfumes y todas esas cosas de mujeres. Lila parecía relajada y hasta se rió una o dos veces. Por primera vez en muchos años. Rafe vio a la madre que había conocido: la madre que lo había enseñado a bailar en el salón, la madre más «guay» según los compañeros del colegio, la madre que le dijo que podría llegar donde se propusiese.

Y se había propuesto arruinar a la familia Quinn.

– Has hecho mucho por mí -se dijo Rafe-. Y ahora voy a hacer esto por ti, mamá.

Pasó casi una hora hasta que Rafe decidió que era hora de irse. Su madre estaba cansándose y, cuando se cansaba, se volvía más irracional todavía. Miró a Keely y esta asumió la responsabilidad de anunciar que se marchaban. No sin antes asegurarle a Lila que se había entretenido mucho hablando con ella y que esperaba volver a visitarla.

Luego, mientras salía al pasillo, Rafe se sentó junto a su madre.

– Me alegro de haberte visto, mamá.

– Las navidades se acercan -dijo ella, apretándole la mano-. Vendrás a verme, ¿verdad?

– Claro que sí, mamá. Te quiero -Rafe le dio un beso de despedida, pero, de pronto, Lila lo agarró por la camisa y tiró de su hijo.

– Dile que lo siento -le rogó-. No quería molestarla. Ella no tiene esos ojos. Los tiene él. Seamus Quinn. Ojos diabólicos. Me he equivocado. Asegúrate de decírselo. Prométemelo.

– Lo prometo, mamá -dijo Rafe mientras se desembarazaba de la mano de su madre. Luego se unió a Keely en el pasillo, sonrió, le levantó la mano para darle un beso en la muñeca-. Gracias.

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