Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Olivia se dejó caer en una butaca cercana y se cruzó de brazos.
– No es suficiente.
– Te has vuelto loca -dijo Miranda. Meneó la cabeza y regresó a la lectura.
– Sé que lo acabarás queriendo. Sólo tienes que pasar el tiempo suficiente con él.
Miranda apretó los labios y mantuvo la mirada firme en el libro. Aquella conversación no podía terminar bien.
– Viene sólo por dos días -dijo Olivia, que pensaba en voz alta-. Tenemos que darnos prisa.
Miranda pasó una página y dijo:
– Haz lo que quieras, Olivia, pero no participaré en tus maquinaciones. -Y entonces levantó la mirada, alarmada-. No, he cambiado de idea. No hagas lo que quieras. Si lo dejo en tus manos, me drogarás y me arrastrarás hasta la capilla de Gretna Green antes de que me entere.
– Una idea intrigante.
– Livvy, nada de hacer de casamentera. Quiero que me lo prometas.
Olivia adquirió una actitud pícara.
– No haré una promesa que no puedo mantener.
– Olivia.
– De acuerdo. Pero no puedes evitar que Winston quiera hacer de casamentero. Y, a juzgar por su actitud reciente, es posible que quiera.
– Mientras tú no interfieras.
Olivia se sorbió la nariz e intentó fingir que estaba ofendida.
– Me duele que pienses que haría algo así.
– Por favor. -Miranda volvió al libro, pero era prácticamente imposible concentrarse en la historia cuando estaba contando mentalmente. «Veinte, diecinueve, dieciocho…»
Seguro que Olivia no podía estarse callada más de veinte segundos.
«Diecisiete, dieciséis…»
– Winston será un marido maravilloso, ¿no crees?
Cuatro segundos. Aquello era un logro, incluso para Olivia.
– Es joven, sí, pero nosotras también.
Miranda la ignoró a propósito.
– Turner también habría sido un marido maravilloso si Leticia no lo hubiera echado a perder.
Miranda levantó la cabeza.
– ¿No te parece que es un comentario muy desagradable?
Olivia le sonrió.
– Sabía que me estabas escuchando.
– Es casi imposible no hacerlo -farfulló Miranda.
– Sólo decía que… -Olivia levantó la barbilla y deslizó la mirada hasta la puerta-. Ya ha llegado. Menuda coincidencia.
– ¡Winston! -exclamó Miranda, alegre, mientras se volvió en el sillón para mirar hacia la puerta. Pero no era Winston.
– Lamento decepcionarte -dijo Turner, aunque dibujó una pequeña y pícara sonrisa.
– Lo siento -balbuceó Miranda, que se sintió como una tonta-. Estábamos hablando de él.
– También estábamos hablando de ti -dijo Olivia-. Al final, y por eso he hecho el comentario ante tu llegada.
– Cosas diabólicas, espero.
– Por supuesto -respondió Olivia.
Miranda dibujó una sonrisa con los labios apretados mientras él se sentaba frente a ella.
Olivia se inclinó hacia delante y, coqueta, apoyó la barbilla en la mano.
– Le estaba diciendo a Miranda que creo que serías un marido terrible.
Él pareció divertirse y se reclinó en la butaca.
– Cierto.
– Pero estaba a punto de decirle que, con la preparación adecuada -continuó-, podrías rehabilitarte.
Turner se levantó.
– Me voy.
– ¡No te vayas! -exclamó Olivia, con una sonrisa-. Estoy bromeando, por supuesto. Tú ya no tienes remedio. Pero Winston… Winston es como un bloque de barro.
– No le diré que has dicho eso -murmuró Miranda.
– No me digas que no estás de acuerdo -añadió Olivia, provocándola-. No ha tenido tiempo de descarrilarse, como la mayoría de los hombres.
Turner miró a su hermana sin disimular su asombro.
– ¿Cómo es posible que esté aquí sentado escuchándote hablar así de los hombres?
Olivia abrió la boca para responder, algo inteligente e ingenioso, seguro, pero entonces apareció el mayordomo y los salvó:
– Su madre solicita su presencia, lady Olivia.
– Vuelvo enseguida -les advirtió Olivia mientras salía del salón-. Me muero de ganas de terminar esta conversación. -Y, con una maliciosa sonrisa y agitando los dedos, desapareció.
Turner gruñó. Su hermana iba a matar a alguien, y sólo esperaba que no fuera él. Y entonces miró a Miranda. Estaba acurrucada en el sillón, con los pies debajo de las piernas, con un libro polvoriento en las manos.
– ¿Una lectura intensa? -murmuró.
Ella le enseñó la tapa.
– Ah -dijo él, torciendo los labios.
– No te rías -le advirtió ella.
– Ni se me ocurriría.
– Tampoco mientas -añadió ella, con aquella expresión de institutriz que tan bien parecía dársele.
Él se reclinó con un chasquido de la lengua.
– Eso sí que no puedo prometértelo.
Ella se quedó allí sentada un momento, con una expresión severa y seria, y entonces, su cara cambió. Nada dramático, nada alarmante, pero suficiente para que quedara claro que tenía un debate interno y que, por fin, había llegado a una conclusión.
– ¿Qué piensas de Winston? -le preguntó.
– ¿Mi hermano? -respondió él.
Ella levantó la mano y dobló la muñeca, como diciendo: «¿Quién, si no?»
– Bueno -dijo él, a modo de evasiva porque, vaya, ¿qué quería que le dijera?-. Es mi hermano.
Ella levantó la mirada en un gesto sarcástico.
– Muy revelador por tu parte.
– ¿Qué me estás preguntando, exactamente?
– Quiero saber qué opinas de él -insistió ella.
El corazón de Turner se aceleró por un motivo que desconocía.
– ¿Me estás preguntando -añadió, con cautela-, si creo que Winston sería un buen marido?
Ella lo miró con aquellos ojos solemnes, y luego parpadeó, y… fue muy extraño, como si estuviera vaciando su mente antes de decir, en un tono muy neutro:
– Parece que todos estáis obcecados en unirnos.
– ¿Todos?
– Bueno, Olivia.
– Seguramente, no sería la persona a la que acudiría para recibir consejos románticos.
– Así que no crees que debiera proponerme conquistar a Winston -dijo, inclinándose hacia delante.
Turner parpadeó. Conocía a Miranda desde hacía años, por lo que estaba seguro de que no había cambiado de postura con la intención de enseñarle su sorprendentemente precioso escote. Pero el resultado había sido ése, y lo había distraído.
– ¿Turner? -murmuró ella.
– Es demasiado joven -le espetó él.
– ¿Para mí?
– Para cualquiera. Por Dios, si sólo tiene veintiún años.
– En realidad, todavía tiene veinte.
– Exacto -respondió él, incómodo, mientras deseaba que hubiera alguna forma de aflojarse la corbata sin parecer estúpido. Tenía calor y le empezaba a costar prestar atención a algo que no fuera Miranda sin resultar demasiado obvio.
La chica se reclinó. Gracias a Dios.
Y no dijo nada.
Hasta que, al final, él no pudo evitarlo y dijo:
– Entonces, ¿pretendes ir tras él?
– ¿Winston? -Parecía que lo estaba considerando-. No lo sé.
Él se rió.
– Si no lo sabes, entonces está claro que no deberías hacerlo.
Ella se volvió y lo miró a los ojos.
– ¿Es eso lo que crees? ¿Que el amor debería ser claro y obvio?
– ¿Quién ha hablado de amor? -Lo dijo en un tono un poco cruel, algo de lo que se arrepintió enseguida, pero seguro que ella entendía que era una conversación incómoda.
– Hmmm.
Turner tenía la desagradable sensación de que Miranda lo había juzgado y que no había salido bien parado. Una conclusión que vio reforzada cuando ella levantó el libro y volvió a la lectura.
Y él se quedó allí sentado, como un idiota, mirándole mientras leía, intentando encontrar una respuesta ingeniosa.
Ella levantó la mirada, con la cara irritantemente serena.
– ¿Tienes planes para esta tarde?