La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Warren soltó un suspiro de exasperación.
— Deja de repetir eso. Estás cualificada para ser la Prelada, tal vez seas la más cualificada para ello de entre todas las Hermanas. Además de experiencia, la Prelada debe estar dotada de un poder excepcional. —Warren desvió la mirada cuando Verna enarcó una ceja—. Tengo un acceso ilimitado a cualquier escrito de las criptas. He leído los informes. —Volvió a mirarla a los ojos—. Cuando capturaste a Richard las otras dos Hermanas murieron y te traspasaron su poder. Ahora tienes el poder, el han, de tres Hermanas.
— Ése no es el único requisito, Warren, ni mucho menos.
El joven mago se inclinó hacia ella.
— Como ya he dicho, tengo acceso ilimitado a los libros. Conozco los requisitos. No hay nada que te descalifique; los cumples todos. Deberías estar eufórica por ser la Prelada. Es lo mejor que podría haber pasado.
La hermana Verna suspiró.
— ¿Has perdido el seso justo ahora que ya no llevas el collar? ¿Qué posible razón podría tener yo para desear ser Prelada?
— Ahora podremos descubrir quiénes son las Hermanas de las Tinieblas. —Warren sonrió confidencialmente—. Tendrás la autoridad necesaria para hacer lo que hay que hacer—. Sus ojos azules brillaban—. Como he dicho, es lo mejor que podría haber pasado.
Verna alzó los brazos.
— Warren, mi nombramiento como Prelada es lo peor que pudiera haber pasado. El manto de la autoridad es tan restrictivo como ese collar del que tanto te alegras haberte librado.
— ¿Qué quieres decir?
La mujer se apartó algunos mechones rizados de pelo castaño.
— Warren, la Prelada es una prisionera de su autoridad. ¿Veías a menudo a la prelada Annalina? No. ¿Y por qué no? Porque estaba en su despacho, ocupada en administrar el Palacio de los Profetas. Tenía miles de asuntos que atender, miles de cuestiones que requerían su atención, centenares de Hermanas y de jóvenes que supervisar, sin olvidar el constante dilema de Nathan. Ni te imaginas la cantidad de problemas que podía llegar a causar ese hombre. Tenía que estar bajo vigilancia constante.
»La Prelada no puede visitar de improviso a una Hermana ni a un joven mago, pues tendrían un ataque de pánico preguntándose qué han podido hacer mal, qué le habrán dicho a la Prelada de ellos. Las conversaciones de la Prelada no pueden ser nunca casuales; uno siempre busca un significado oculto en sus palabras. Y no es porque la Prelada lo quiera, sino porque posee una autoridad tan absoluta que es imposible olvidarse de ello.
»Cada vez que se aventura fuera de sus aposentos, inmediatamente la rodea la pompa y el ceremonial que conlleva su cargo. Si decide cenar en el comedor, nadie se atreve a hablar con ella; todos la miran en silencio, rezando para que no se le ocurra mirarlos o, aún peor, pedirles que se sienten a su mesa.
El entusiasmo de Warren se marchitó.
— Nunca lo había visto de ese modo.
— Si tus sospechas acerca de las Hermanas de las Tinieblas son ciertas, y no estoy diciendo que lo sean, el hecho de ser Prelada me impedirá descubrir quiénes son.
— A la prelada Annalina no se lo impidió.
— ¿De veras? Tal vez, si no hubiese sido la Prelada, las habría descubierto mucho tiempo antes y podría haber hecho algo para detenerlas. Tal vez las habría podido eliminar antes de que empezaran a matar a nuestros muchachos para robarles el han y hacerse más poderosas. Pero, siendo Prelada, las descubrió demasiado tarde, y la mataron.
— Pero es posible que teman lo que sabes y que, de un modo u otro, se descubran ellas mismas.
— Si realmente hay Hermanas de las Tinieblas en palacio, seguro que saben que ayudé a descubrir a sus seis compañeras huidas, por lo que estarán encantadas de verme convertida en la Prelada para que tenga las manos atadas y no estorbe.
— No obstante, tal vez sea de ayuda que seas la Prelada.
— No. Será un obstáculo para detener a las Hermanas de las Tinieblas. Warren, tienes que ayudarme. Tú conoces los libros. Tiene que haber algún modo de sacarme de ésta.
— Prelada…
— ¡Deja de llamarme así!
Warren se estremeció, frustrado.
— Eso es lo que eres. No puedo llamarte de otro modo.
Verna suspiró.
— La Prelada, la prelada Annalina, pedía a sus amigos que la llamaran Ann. Puesto que ahora yo soy la Prelada, te pido que me llames Verna.
Warren frunció el entrecejo, pensativo.
— Bueno… supongo que somos amigos.
— Warren, somos más que amigos. Tú eres la única persona en quien puedo confiar. Ahora no tengo a nadie más.
— Muy bien, Verna. —Warren torció el gesto, cavilante—. Tienes razón; conozco los libros. Sé cuáles son los requisitos y tú los cumples todos. Ciertamente eres joven para ser Prelada, aunque eso sólo es cuestión de precedentes; no hay ninguna ley sobre la edad. Además, posees el han de tres Hermanas. En eso ninguna Hermana, al menos ninguna Hermana de la Luz, te iguala. Sólo por eso estás más que cualificada; el poder, el han, es uno de los principales requisitos para ser Prelada.
— Warren, tiene que haber algo. Piensa.
Los ojos azules del joven reflejaron la profundidad de sus conocimientos y también su pesar.
— Verna, conozco los libros, y son explícitos. Una vez legalmente nombrada, prohíben expresamente que la Prelada renuncie a su cargo. Sólo la muerte puede liberarla. A no ser que Annalina Aldurren vuelva a la vida y reclame el puesto, no hay nada que te descalifique ni que te permita dimitir. Eres la Prelada.
A Verna no se le ocurría ninguna solución. Estaba atrapada.
— Esa mujer me ha manipulado durante toda la vida. Ella tejió el hechizo específicamente para mí, para atraparme. ¡La mataría!
Warren posó una mano sobre su brazo con gesto cariñoso.
— Verna, ¿podrías permitir que una Hermana de las Tinieblas se convirtiera en Prelada?
— El Creador nos libre.
— ¿Y crees que Ann sí podría?
— No, pero no entiendo qué…
— Verna, me has dicho que solamente puedes confiar en mí. Piensa en Ann. Ella también estaba atrapada. No podía arriesgarse a que una de ellas se convirtiera en Prelada. Se estaba muriendo e hizo lo único que podía hacer. Solamente podía confiar en ti.
Verna lo miró de hito en hito mientras sus palabras resonaban en su mente. Luego se dejó caer sobre una roca oscura y sin aristas junto al agua y hundió la cara entre las manos.
— Querido Creador —susurró—. ¿Cómo puedo ser tan egoísta?
Warren se sentó a su lado.
— ¿Egoísta? Obstinada sí, a veces, pero nunca egoísta.
— Oh, Warren, tiene que haberse sentido tan sola. Al menos Nathan estuvo a su lado… al final.
Warren asintió. Entonces la miró y le preguntó:
— Estamos metidos en un buen lío, ¿verdad, Verna?
— En un lío descomunal, Warren. Los dos estamos atrapados.
7
Richard bostezó y se cubrió la boca con una mano. Estaba tan cansado por haber pasado la noche en blanco, por no hablar del combate con los mriswith, que le costaba un gran esfuerzo poner un pie delante del otro. Mientras avanzaba por el intrincado laberinto de calles pegado a los edificios para evitar el jaleo, lo asaltaban todo tipo de olores, desde hediondos a fragantes. Aunque había puesto todo su empeño en seguir las indicaciones que le había dado la señora Sanderholt, no estaba seguro de no haberse perdido.
Para un guía saber en todo momento dónde se encontraba y cómo llegar a su destino era una cuestión de honor, pero puesto que Richard había sido un guía de bosque no tendría nada de particular que se perdiera en una gran ciudad. Además, ya no era guía de bosque, y difícilmente volvería a serlo.
No obstante, por mucho que las calles y las construcciones trataran de confundirlo con sus abarrotadas vías, sus oscuros callejones y la maraña de estrechas y tortuosas callejas entre antiguos edificios sin ventanas que se sucedían sin orden ni concierto, sabía dónde estaba el sol, y el sudeste era el sudeste. En vez de tomar como punto de referencia altos árboles o elevaciones del terreno, se fijaba en los edificios de mayor altura sin importarle qué calle en concreto debía tomar.