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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– Mi marido, Tom, lleva un taller de confección, hace camisas y cosas por el estilo…

Monk sabía cómo eran aquellas fábricas del East End: lugares enormes y mal ventilados, sofocantes en verano, gélidos en invierno, donde cien o más mujeres se sentaban desde antes del amanecer hasta casi medianoche para coser camisas, guantes, pañuelos y enaguas, a cambio de apenas lo bastante para mantener a una persona, por no hablar de una familia que, a veces, dependía de ellas. Si se trataba de un robo, Monk tenía claro que no iba a intervenir.

La señora Hopgood reparó en su expresión.

– Usted se pone camisas buenas, ¿verdad?

Monk la miró desafiante.

– ¡Claro que sí! -respondió ella a su propia pregunta torciendo la boca con sorprendente malicia-. Y cuánto paga por cada una, ¿eh? ¿Quiere pagar más? Cuánto piensa que nos pagan a nosotros los sastres y los camiseros, ¿eh? Si subimos los precios, perdemos el negocio. ¿Y quién saldría ganando? Los caballeros quieren ponerse buenas camisas pero pagan lo mínimo posible. Yo no puedo pagar mejor, ¿no lo entiende?

Monk se sintió herido en lo más profundo de sí.

– Supongo que no ha acudido a mí para intentar cambiar la economía del ramo de la confección.

El semblante de la señora Hopgood reflejó su desdén, pero no era algo personal, ni tampoco su principal emoción, pues el motivo de su visita entrañaba algo mucho más urgente. Decidió no discutir con Monk. La razón que la había llevado hasta él, desafiando la barrera natural que los separaba, daba fe de la gravedad que el asunto revestía para ella.

Entornó los ojos.

– ¡Vaya! ¿Qué le pasa? Le veo distinto. No se acuerda de mí, ¿verdad?

¿Creería una mentira? ¿Acaso importaba?

Ella le miraba fijamente.

– ¿Por qué dejó a los guindillas, si se puede saber? Le pescaron haciendo algo que no debía, ¿eh?

– No. Me peleé con mi supervisor.

La mujer soltó otra carcajada seca.

– ¡Entonces igual no ha cambiado tanto, después de todo! Pero no tiene el mismo aspecto… Más duro pero no tan gallito. Le han bajado los humos, ¿eh? -Era una afirmación, no una pregunta-. Ya no tiene el mismo poder de antes, de cuando se dejaba caer por Seven Dials.

Monk no dijo nada.

Ella le observó con mayor detenimiento, inclinándose un poco hacia delante. Era una mujer muy guapa. Irradiaba una vitalidad que no podía pasarse por alto.

– ¿Por qué no se acuerda de mí? ¡Tendría que recordarme!

– Tuve un accidente. Hay muchas cosas que no recuerdo.

– ¡Caray! -Suspiró muy lentamente-. ¿Lo dice en serio? A fe mía que nunca… -Estaba tan enfadada que no podía ni blasfemar-. Esto sí que es un acontecimiento. Así que ha vuelto a empezar de cero. -Soltó una risita-. No le irá mucho mejor que a los demás, pues. Bueno, yo le pagaré…, si se gana su dinero.

– Me va mejor que a los demás, señora Hopgood -repuso Monk, mirándola de hito en hito-. He olvidado algunas cosas, también a algunas personas, pero no he perdido la cabeza ni la voluntad. ¿Por qué ha venido a verme?

– Nos las íbamos arreglando… en general -contestó sin apartar la mirada-. De una forma u otra. Al menos podíamos, hasta que todo esto empezó a pasar.

– ¿Qué empezó a pasar?

– Violación, señor Monk -contestó sin pestañear, con la voz ronca de ira.

Monk se quedó desconcertado. De todas las posibilidades que le habían pasado por la cabeza, aquella no era una de ellas.

– ¿Violación? -repitió la palabra con incredulidad.

– Están violando a nuestras chicas por las calles.

Ahora en ella no se apreciaba más que dolor, la ciega confusión de no saber quién era el enemigo. Por una vez no podía librar su propia batalla.

Podría haber resultado un asunto ridículo. No estaba refiriéndose a mujeres respetables de un barrio elegante, sino a obreras explotadas en talleres de confección que se ganaban la vida trabajando más horas que un reloj, que vivían en casas de vecinos compartiendo una única habitación con media docena de personas de ambos sexos y de todas las edades. El crimen y la violencia eran el pan de cada día para esas gentes. Para que aquella mujer hubiese acudido a él, un policía retirado, con la intención de pagar a cambio de su ayuda, tenía que estar hablando de algo que se salía de lo corriente.

– Cuéntemelo todo -dijo Monk sin más.

La señora Hopgood ya había franqueado la primera barrera. Aquella era la segunda. Monk la estaba escuchando, y sus ojos no reflejaban mofa ni burla.

– Al principio no le di más importancia -comenzó-. Veía a alguna mujer golpeada. Cosas que pasan. Pasan muchas veces. El marido bebe más de la cuenta. A menudo veo mujeres en el taller con un ojo a la funerala, o cosas peores. Sobre todo los lunes. Pero entonces corrió el rumor de que a una le habían hecho algo más. Seguí sin hacer caso. No es asunto mío si viven con un mal hombre. Los hay a montones.

Monk no la interrumpió. Su voz se iba aguzando y transmitía dolor.

– Luego vi a otra mujer, una que tiene el marido enfermo, tan enfermo que no puede ni pegarle. Luego a una tercera, y para entonces me dije que quería saber qué estaba pasando. -Puso cara de espanto-. Algunas no son más que chiquillas. Abreviando, señor Monk, a esas mujeres las violan y les pegan palizas. Me enteré de toda la historia. Las hice pasar una por una por mi salón y se lo saqué todo. Le diré lo que me contaron.

– Será mejor que lo ordene un poco, señora Hopgood. Nos ahorrará tiempo.

– ¡Pues claro! ¿Qué pensaba que iba a hacer? ¿Contarle todo tal como me lo contaron? Estaríamos aquí toda la noche. Y yo no sé usted, pero desde luego yo no tengo toda la noche. Supongo que cobrará por horas. La mayoría lo hace así.

– Le cobraré por días, pero sólo una vez que haya aceptado el caso…, si es que lo acepto.

El rostro de la mujer se endureció.

– ¿Qué es lo que quiere…, más dinero?

Monk percibió el miedo que se ocultaba tras su actitud desafiante. Pese a todo el arrojo y la bravuconería de que hacía gala para impresionarlo, estaba asustada, dolida y enojada. Aquél no era un problema normal, como tantos otros a los que se había enfrentado en la vida, se trataba de un asunto que no sabía cómo manejar.

– No -la interrumpió Monk al ver que iba a agregar algo-. Pero no le diré que puedo ayudarla si no estoy en condiciones de hacerlo. Cuénteme lo que ha descubierto. La escucho.

Se tranquilizó un poco. Volvió a acomodarse en el sillón, arreglándose la falda que envolvía su atractiva figura.

– Algunas mujeres honradas han pasado momentos difíciles y creen que nunca se venderán, pase lo que pase -continuó-. Piensan que preferirían pasar hambre antes que salir a hacer la calle. Pero es sorprendente lo rápido que cambias de idea cuando son tus hijos los que pasan hambre y están enfermos. Si los oyes llorar lo bastante, pelados de frío y sin nada que llevarse a la boca, te vendes al mismo diablo si éste te paga con pan y carbón para el fuego, o con una manta o un par de botas. Martirizarse una misma es una cosa, ver morir a tus críos es otra.

Monk no lo discutió. Su conocimiento del asunto era más profundo que cualquier recuerdo personal y le revolvía las entrañas.

– Todo comenzó como si nada -prosiguió la señora Hopgood-. Primero un tío que no quiere pagarle a una. Eso pasa. El mundo está lleno de estafadores. No puedes hacer mucho más, aparte de comerte las pérdidas.

Monk asintió.

– Eso no me habría quitado el sueño -se encogió de hombros, sin dejar de mirarlo fijamente, sopesando sus reacciones-. Luego una de las mujeres va y aparece toda magullada, llena de cardenales, como si le hubiesen dado una paliza de tomo y lomo. Como ya he dicho, primero pensé que su hombre le había pegado. No la habría culpado si le hubiese asestado una buena cuchillada. Pero me dijo que se lo habían hecho dos hombres, dos clientes suyos. Ligó con ellos en la calle y se metió en un callejón oscuro para un trabajillo rápido, y entonces se liaron a golpes con ella. La tomaron por la fuerza, pese a que ella estaba más que dispuesta, ya ve. -Se mordió el labio-. Siempre los hay que son un poco brutos, pero aquello fue una auténtica paliza. No era igual a otras que he visto, no se trataba de unos cuantos moretones, sino de auténticas heridas.

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