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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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Aquella mansión era muy vasta. Según había oído decir, contenía cien habitaciones. Me detuve frente a una puerta y, con la esperanza de que me condujese al sector donde tenía lugar el baile, hice girar suavemente el tirador y la abrí. Entonces lancé una ahogada exclamación de horror, pues a la luz mortecina de la lámpara cubierta que había junto al lecho, durante esos primeros segundos me pareció estar contemplando un cadáver. Había un hombre apoyado en almohadas; tenía la boca y un ojo corridos hacia abajo, a la derecha. Era una visión grotesca, y al verla tan pronto, después de mis imaginativos pensamientos en el corredor, creí estar viendo un fantasma, pues aquella era una cara muerta… o casi. Después, horrorizada e inmóvil, algo me dijo que me habían visto, pues la figura que ocupaba el lecho emitió un extraño sonido. Cerré la puerta con rapidez, mientras mi corazón latía con violencia.

El hombre a quien yo había visto en la cama era una parodia de Sir Justin; me horrorizaba pensar que alguien que había sido tan robusto, tan arrogante, pudiera quedar así.

No sé cómo habré llegado a los aposentos de la familia. Si me encontraba entonces con alguien, diría que estaba buscando los vestuarios y me había perdido. Apretando de nuevo en mi mano la máscara rota, vacilé frente a una puerta semiabierta. Miré adentro y vi un dormitorio; en la pared, dos lámparas despedían una luz mortecina. De pronto se me ocurrió que posiblemente en aquella mesa de tocador hubiese algunos alfileres. Comprobé que el corredor estaba desierto, entré en la habitación y, en efecto, sobre el espejo, atado con cintas de raso, había un alfiletero con alfileres clavados en él. Tomé varios, e iba hacia la puerta cuando oí voces en el corredor.

Un pánico repentino me dominó. Tenía que salir pronto de esa habitación. Volví a experimentar viejos temores, tales como los que había sentido aquella noche en que desapareció Joe. Si Mellyora era encontrada en uno de esos cuartos y decía que se había extraviado, todos le creerían; si me encontraban a mí (y sabían quién era yo), me someterían a la humillación de la sospecha. No debía ser descubierta allí.

Miré en torno y vi que había dos puertas. Sin pensar, abrí una y entré. Me encontré en un armario donde colgaban ropas. Como no había tiempo para escapar, cerré la puerta y contuve el aliento.

En algunos aterradores segundos, supe que alguien había entrado en el recinto. Oí cerrarse la puerta y aguardé, tensa, a que me descubrieran. Debía decir a todos que Johnny había intentado seducirme, y quién era yo. Debía lograr que me creyeran. Debía abrir enseguida la puerta y explicarlo. Si me atrapaban parecería totalmente culpable; si salía y explicaba de inmediato, como habría hecho Mellyora, era más probable que me creyesen. Pero ¿y si no me creían?

Había vacilado demasiado.

—Pero ¿qué pasa, Judith? —preguntó una voz; una voz cansina que reconocí como de Justin Saint Larston.

—Tenía que verte, querido. Nada más que estar contigo a solas por unos minutos. Necesitaba tranquilizarme. Seguramente entenderás.

¡Judith, la esposa de Justin! Su voz era como yo lo habría supuesto. Hablaba en frases cortas, como si le faltara el aliento; y de inmediato se manifestaba una sensación de tensión.

—Judith, no debes alterarte tanto.

—¿Alterarme? Cómo puedo evitarlo cuando… te vi bailando con esa muchacha…

—Escúchame, Judith —dijo él; su voz sonaba lenta, casi arrastrada, pero quizá fuese por contraste con la de ella—. No es más que la hija del párroco.

—Es hermosa. Tú lo crees así, ¿verdad? Y es joven… tan joven… Y pude ver su expresión… cuando bailaban juntos, tú y ella.

—Judith, esto es totalmente absurdo. Conozco a esa niña desde que estaba en la cuna. Tuve que bailar con ella, naturalmente. Tú sabes cómo son las cosas en estas celebraciones.

—Pero es que parecían… parecían…

—¿No bailabas tú? ¿O acaso estuviste siempre observándome?

—Tú sabes lo que siento. Percibía tu presencia, Justin. La tuya y la de esa muchacha. Puedes reírte si quieres, pero había algo. Yo necesitaba tranquilizarme.

—Pero de veras, Judith, no hay nada sobre lo cual tranquilizarte. Eres mi esposa, ¿verdad? ¿Eso no es suficiente?

—Eso lo es todo. ¡Exactamente todo! Por eso no podía soportar…

—Pues entonces olvidémoslo. Y no deberíamos estar aquí, no podemos desaparecer aquí. —Está bien, pero bésame, Justin.

Un silencio durante el cual sentí que ellos debían oír los latidos de mi corazón. Había tenido razón al no hacerme ver. Tan pronto como se marcharan saldría furtivamente, repararía enseguida mi máscara con los alfileres, y entonces todo estaría bien.

—Ven, Judith, vámonos.

—Otra vez, querido. Oh, querido, ojalá no tuviéramos que volver con esa gente tan pesada.

—Pronto terminará.

—Querido…

Silencio. La puerta que se cerraba. Quise salir corriendo, pero me obligué a permanecer donde estaba hasta contar diez. Luego, cautelosamente, abrí la puerta, atisbé la pieza vacía, me precipité a su puerta, y con un suspiro de gratitud llegué al corredor.

Casi huí de esa puerta abierta, procurando librarme de la imagen de uno de ellos abriendo la puerta y encontrándome escondida en el armario. Eso no había ocurrido, pero, ah, era una advertencia de no volver a hacer jamás algo tan tonto.

La música sonaba más fuerte, pues había llegado a la escalinata donde Lady Saint Larston nos había recibido. Ahora sabía cómo seguir. En mi ansiedad había olvidado mi máscara, hasta que vi a Mellyora con Kim.

—¡Tu máscara! —exclamó ella. La mostré diciendo:

—Está rota, pero encontré unos alfileres.

—Vaya, creo que es Kerensa —dijo Kim.

Lo miré avergonzada. Mellyora se encaró con él.

—¿Por qué no? —dijo con vehemencia—. Kerensa quería venir al baile. ¿Por qué no iba a venir? Dije que era una amiga mía y lo es.

—¿Por qué no, en efecto? —admitió Kim.

—¿Cómo fue que se rompió? —quiso saber Mellyora. —Supongo que mis costuras no fueron lo bastante fuertes.

—Qué raro… Déjame ver —y tomó la máscara—. Ah, ya veo. Dame los alfileres. Ahora la arreglaré. Aguantará. ¿Sabías que sólo falta una hora para la medianoche?

—Perdí la noción del tiempo.

Mellyora arregló la máscara; me satisfizo ocultarme tras ella.

—Acabamos de salir a los jardines —dijo Mellyora—. La luz de la luna es magnífica.

—Lo sé. También estuve allí.

—Ahora volvamos al salón de baile —dijo Mellyora—. No queda mucho tiempo.

Acompañadas por Kim, regresamos. Un hombre se acercó para invitarme a bailar; sentí regocijo al estar enmascarada y bailando de nuevo, mientras me felicitaba por haberme salvado. Entonces recordé que Johnny Saint Larston sabía quién era yo, pero no asigné realmente mucha importancia a eso. Si se lo decía a su madre, yo le revelaría de inmediato a ella cómo se había conducido él; y tenía la impresión de que ella no estaría más complacida con él que conmigo.

Más tarde bailé con Kim, y me alegré, pues quería saber cuáles eran sus reacciones. Evidentemente la situación le hacía gracia.

—Carlyon —dijo—. Eso es lo que me intriga. Pensé que eras la señorita Carlee.

—Mellyora me dio ese nombre.

—¡Ah… Mellyora!

Le conté todo lo sucedido mientras él se hallaba ausente en la Universidad, cómo Mellyora me había visto en la feria, llevándome a casa. Él me escuchaba con atención.

—Me alegro de que haya ocurrido —dijo luego—. Es bueno para ti y para ella.

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