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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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Se encogió de hombros con impaciencia, y esa tarde salió con la señorita Kellow en el cochecito tirado por la jaca. Desde mi ventana oí al cochecito, y cuando me asomé y las vi me sentí ofendida, porque Mellyora no me había pedido que fuese con ellas.

Al regresar irrumpió en mi cuarto con los ojos centelleantes, las mejillas levemente ruborizadas. Sentándose en mi cama se puso a saltar. Después se detuvo y, poniendo la cabeza de costado, dijo:

—Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?

Lancé una exclamación ahogada.

—Mellyora, quieres decir que…

—Estás invitada —asintió ella—. Bueno, exactamente tú no, porque ella no tiene la más remota idea… pero tengo una invitación para ti y será tan divertido, Kerensa. Mucho más que ir con papá o con cualquier señora de compañía que él me hubiera podido encontrar.

—¿Cómo lo conseguiste?

—Esta tarde fui a ver a Lady Saint Larston. Ocurre que es su día de recepción… Como eso me dio una oportunidad de hablarle, le dije que papá estaba indispuesto y no podía llevarme al baile, pero que en mi casa se alojaba una amiga mía… así que, ¿podría transferirse a ella la invitación? Fue muy cortés.

—Mellyora… pero ¡cuando lo sepa!

—No lo sabrá. Cambié tu nombre, por si acaso ella te conoce. Obtuvo la impresión de que eres mi tía, pese a que no dije tal cosa. Es un baile de máscaras. Ella nos recibirá en la escalinata. Tendrás que aparentar más edad… la suficiente para llevar a una señorita a un baile. Esto me entusiasma tanto ahora, Kerensa. Tendremos que decidir qué vamos a ponernos. ¡Disfraces! ¡Imagínatelo! Todos tendrán un aspecto maravilloso. De paso, serás la señorita Carlyon.

—Señorita Carlyon —murmuré, y luego—: ¿De dónde puedo sacar un disfraz?

Puso la cabeza a un costado.

—Deberías haber practicado más con tu costura. Ya ves, como papá está preocupado por el dinero, no puede darme mucho para comprar un vestido, y tendremos que hacer dos con uno solo.

—¿Cómo puedo ir sin vestido?

—No te des por vencida tan fácilmente. "La vida es tuya para hacer de ella lo que quieras." ¿Qué me dices de eso? Y aquí estás tú diciendo "no puedo, no puedo, no puedo" ante el primer obstáculo. —Repentinamente me abrazó diciendo—: Es divertido tener una hermana… ¿Qué fue eso que dijo tu abuelita sobre compartir cosas?

—Que si compartías tus alegrías las duplicabas; si compartías tus pesares los reducías a la mitad.

—Es verdad. Ahora que tú vendrás, me siento tan excitada… —Me apartó de sí y volvió a sentarse en la cama—. Lo primero que debemos hacer es decidir qué vestidos nos gustaría ponernos; después veremos cómo conseguirlos.

Imagínate parecida a uno de esos cuadros que hay en la galería del Abbas. Ah, tú no los has visto. Terciopelo, creo. Serías una hermosa española con tu cabello negro peinado en alto, una peineta y una mantilla. Ya entusiasmada, repuse:

—Tengo sangre española, mi abuelo fue español. Podría conseguir la peineta y la mantilla.

—Listo, ya ves. Terciopelo rojo para ti, creo. Mi madre tenía un vestido de noche de terciopelo rojo. Nadie ha tocado sus cosas. —Otra vez de pie, me tomó las manos y me hizo girar—. Las máscaras son fáciles… Se las recorta de terciopelo negro, y haremos dibujos en ellas con cuentas. Tenemos tres semanas para prepararnos.

Yo estaba mucho más entusiasmada que ella. Era cierto que mi invitación era un poco indirecta, y que jamás habría sido hecha si Lady Saint Larston hubiese sabido quién iba a recibirla; pero de todos modos yo iría. Iba a lucir un vestido de terciopelo rojo que había visto y me había probado. Sería necesario alterarlo y reformarlo; pero podíamos hacerlo. La señorita Kellow nos ayudó, no muy afablemente, pero era una costurera experta.

Yo estaba complacida porque mi vestido no costaría nada, y todo el dinero que el reverendo Charles había dado a Mellyora (y que no era mucho) se gastaría en ella. Decidimos que el Vestido de ella sería griego, así que compramos terciopelo blanco y seda de color dorado, en la cual cosimos lentejuelas doradas. Era una túnica suelta, con engarces dorados; con el cabello cayéndole sobre los hombros y su máscara de terciopelo negro, Mellyora estaba muy hermosa.

Con el trascurrir del día, no hablábamos de otra cosa que del baile y la salud de Sir Justin. Nos aterraba que él muriese y hubiese que cancelar el baile.

* * *

Fui a contárselo a abuelita Be.

—Iré de dama española —le dije—. Es lo más maravilloso que me ha sucedido en mi vida.

Ella me miró con cierta tristeza; después dijo:

—No cuentes demasiado con ello, preciosa.

—No cuento con nada —repuse—. Tan sólo me recuerdo que entraré en el Abbas… como invitada. Estaré vestida de verdadero terciopelo. Abuelita, ojalá vieras el vestido que me pondré.

—La hija del párroco siempre fue buena contigo, querida. Sé siempre su amiga.

—Lo seré, por supuesto. Ella está tan contenta de que yo la acompañe, como yo de ir con ella. Aunque la señorita Kellow piensa que yo no debería ir.

—Ojalá no encuentre algún modo de revelar a Lady Saint Larston quién eres.

—No se atrevería —repuse sacudiendo la cabeza, triunfante.

Abuelita fue al depósito; la seguí y miré mientras ella abría el cajón y sacaba las dos peinetas y mantillas.

—Me agrada ponerme las m(as algunas noches —dijo—. Entonces, cuando me encuentro aquí sola, imagino que Pedro está conmigo. Porque así era como le gustaba verme. Ven, déjame probarte esto. —Levemente me levantó el cabello y clavó la peineta atrás. Era una peineta alta, incrustada de diamantes—. Estás igual que yo a tu edad, preciosa. Ahora la mantilla… —Me cubrió con ella la cabeza y se apartó—. Cuando esté puesta como se debe, no habrá ninguna que se te iguale —declaró—. Me gustaría peinarte yo misma, nieta mía.

Era la primera vez que me llamaba así; pude intuir que se enorgullecía de mí.

—Por la noche ven al rectorado, abuelita —dije—. Entonces podrás venir a mi habitación y peinarme.

—¿ Estará permitido?

Entrecerré los ojos al responder:

—Allí no soy una criada… en realidad, no. Sólo tú puedes peinar mi cabello, así que debes hacerlo.

Apoyó una mano en mi brazo y me sonrió diciendo:

—Ten cuidado, Kerensa. Ten cuidado siempre.

* * *

Había llegado una invitación para mí. Decía que Sir Justin y Lady Saint Larston solicitaban la presencia de la señorita Carlyon en el baile de disfraces. Mellyora y yo nos pusimos casi histéricas de risa cuando la leímos, y Mellyora no cesaba de llamarme señorita Carlyon, imitando la voz de Lady Saint Larston.

No había tiempo que perder. Cuando nuestros vestidos estuvieron terminados, nos los probábamos todos los días, y yo me ejercitaba en usar la peineta y la mantilla. Sentadas juntas, hacíamos nuestras máscaras, cosiendo en ellas cuentas negras para que relucieran. Esos días fueron algunos de los más felices de mi vida.,

Practicábamos baile.. Según Mellyora, era muy fácil cuando se tenía juventud y pies ágiles. Simplemente había que seguir a la pareja de baile; descubrí que podía bailar bien y me encantaba.

Durante estos días, no advertíamos que el reverendo Charles empalidecía cada vez más. Pasaba gran parte del tiempo en su gabinete. Sabía cuan entusiasmadas estábamos y creo —aunque esto no se me ocurrió hasta después— que no quería ensombrecer en lo más mínimo nuestro placer.

* * *

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