Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
La Leyenda De La Séptima Virgen - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
1 ... 19 20 21 22 23 24 25 26 27 ... 84
Перейти на страницу:

Y con rápido ademán, me arrancó la máscara, y cuando la tuvo en la mano le oí lanzar una súbita exclamación ahogada de asombro.

—¡Así que… señorita Carlyon! Carlyon —dijo; luego se puso a canturrear—: Suenen campanas, alguien está en el pozo. ¿Quién la puso allí? ¿Acaso pecó? Estoy en lo cierto, ¿verdad? —rió—. Sí que te recuerdo. No eres una muchacha a quien se olvide con facilidad, señorita Carlyon. ¿Y qué haces en nuestro baile?

Le quité la máscara antes de replicar: —Vine porque fui invitada.

—¡Jum! Y qué bien nos engañaste a todos. Mi madre no tiene la costumbre de invitar moradores de las cabañas a los bailes de Saint Larston.

—Soy amiga de Mellyora.

—Sí… ¡Mellyora! Vaya, ¿quién la habría creído capaz de algo así? Me pregunto qué dirá mi madre cuando yo se lo diga…

—Pero no lo harás —dije, y me irrité conmigo misma porque parecía haber un tono de súplica en mi voz.

—Pero ¿no te parece que es mi deber? —se burló él—. Por supuesto, es posible que, a cambio de una retribución, acepte participar en el engaño.

—No te acerques —le advertí—. No habrá ninguna retribución.

Poniendo la cabeza de lado, me miró con —expresión intrigada.

—Te das ínfulas, mi bella de las cabañas:

—Vivo en el rectorado —repliqué—. Se me está educando allí.

—Tra-la-la —se mofó—. ¡Tra-la-la!

—Y ahora deseo volver al baile.

—¿Sin máscara? ¿Indudablemente conocida por algunos de los criados? ¡Oh, señorita Carlyon!

Me aparté de él y eché a correr. No había motivo para que yo volviese al salón de baile. De todos modos, la velada estaba arruinada para mí. Regresaría al rectorado y procuraría al menos preservar mi dignidad.

Johnny me persiguió y me sujetó por el brazo.

—¿Adónde vas?

—Puesto que no volveré al salón de baile, eso no te concierne.

—¿Así que nos abandonas? Vamos, no hagas eso, por favor. Sólo te hacía una broma. ¿No reconoces una broma cuando la oyes? Es algo que debes aprender. No quiero que abandones el baile. Quiero ayudarte. ¿Podrías reparar la máscara?

—Sí, con aguja e hilo.

—Te los traeré si vienes conmigo.

Vacilé, pues no confiaba en él; mas la tentación de volver era tan grande, que no la pude resistir.

Me condujo hasta un muro que cubría la hiedra, y apartándola reveló una puerta. Al transponerla llegamos al jardín tapiado, y delante de nosotros estaba el sitio donde se habían descubierto los huesos. Me estaba llevando al sector más antiguo del Abbas.

Abrió una puerta llena de pesados tachones y nos encontramos en un húmedo pasadizo. En la pared colgaba una lámpara que despedía una tenue luz. Johnny la descolgó y, sosteniéndola en alto sobre su cabeza, me miró mostrando los dientes. Su aspecto era satánico; quise huir, pero sabía que si lo hacía, no podría volver al baile. Por eso cuando él dijo:

—¡Ven conmigo! —lo seguí subiendo una escalera de caracol, cuyos peldaños eran empinados y estaban desgastados por los pies que los habían hollado durante cientos de años. Johnny se volvió hacia mí y, con voz hueca, dijo:

—Estamos en esa parte de la casa que seguramente fue el antiguo convento. Aquí es donde vivieron nuestras vírgenes. ¿No te parece pavoroso?

Asentí. En lo alto de la escalera, Johnny Saint Larston se detuvo. Vi un corredor y en él, evidentemente, una hilera de celdas. Cuando, siguiendo a Johnny, entré en una de ellas, vi un anaquel de piedra tallado en la pared, que tal vez habría sido el lecho de una monja; vi también una estrecha hendedura, sin vidrio que la protegiera, que podía haber sido su ventana.

Johnny depositó la lámpara en el suelo y sonriéndome, dijo:

—Ahora necesitamos aguja e hilo. ¿O no los necesitamos?

Alarmada, repuse:

—Estoy segura de que aquí no los encontrarás.

—No importa. Hay en la vida cosas más importantes, te lo aseguro. Dame la máscara.

Me negué y me aparté, pero él estaba a mi lado. Tal vez me habría asustado mucho, si no hubiera recordado que aquel era sólo Johnny Saint Larston, a quien yo consideraba un muchacho no mucho mayor que yo. Con un gesto que lo tomó totalmente por sorpresa, y empleando toda mi fuerza, lo empujé apartándolo de mí. Cayó de espaldas, tropezando con la lámpara.

Aquella era mi oportunidad. Eché a correr por el pasillo, apretando en la mano mi máscara, buscando la escalera de caracol por donde habíamos subido.

No logré encontrarla, pero llegué a otra que conducía hacia arriba; y aunque sabía que no debía seguir internándome en la casa cuando lo que quería era salir de ella, no me atrevía a retroceder por miedo a encontrarme con Johnny. Había una soga adherida a la pared, que servía de pasamano porque los peldaños eran muy empinados; advertí que no utilizarla podía ser peligroso. Esa era una parte de la casa que pocas veces se utilizaba, pero esa noche, presumiblemente por si acaso algún invitado se extraviaba y se encontraba en aquel sector, se habían colocado faroles a intervalos. La luz era mortecina y apenas bastaba para mostrar el camino.

Descubrí más alcobas como aquélla donde me había llevado Johnny. Me detuve a escuchar, preguntándome si sería juicioso desandar mis pasos. Mi corazón parecía volar; no podía contenerme de mirar furtivamente a mi alrededor. Estaba preparada para ver, en cualquier momento, las espectrales figuras de las monjas viniendo hacia mí. Ese era el efecto que tenía sobre mí el estar sola en aquella parte de la casa, la más antigua. El alborozo del baile parecía estar muy lejos… no sólo en la distancia, sino en el tiempo.

Tenía que alejarme de allí con rapidez.

Cautelosamente procuré desandar mis pasos, pero cuando llegué a un corredor, sabiendo que no había pasado antes por él, comencé a sentirme frenética. Pensaba: ¿y si jamás volvían a encontrarme? ¿Y si me quedaba encerrada para siempre en esa parte de la casa? Sería como estar emparedada. Vendrían en busca de los faroles… pero ¿para qué? Se apagarían gradualmente, uno por uno, y a nadie se le ocurriría volver a encenderlos hasta que hubiese otro baile de recepción en el Abbas.

Sentía pánico. Más probable era que fuese descubierta vagando por la casa, y reconocida. Sospecharían de mí y me acusarían de tratar de robar. Siempre sospechaban de personas como yo.

Traté de pensar con calma en lo que sabía sobre la casa. El antiguo sector era la parte desde donde se veía el jardín tapiado. Allí era donde debía de estar yo… quizá cerca del sitio donde se habían descubierto los huesos de la monja. El pensarlo me hizo estremecer. Los pasadizos eran tan oscuros, y nada cubría el piso del corredor, que era de fría piedra, igual que la escalera de caracol. Me pregunté si sería cierto que cuando algo violento le pasaba a alguien, su espíritu se aparecía en el escenario de sus últimas horas en la tierra. Pensé en esa monja, traída por aquellos corredores desde una de esas alcobas que tal vez hubiese sido su celda. ¡Qué terrible desesperación habrá habido en su alma! ¡Qué aterrada habrá estado!

Cobré valor. Comparada con la de ella, mi situación era cómica. Me dije que yo no tenía miedo. De ser necesario, diría exactamente cómo había llegado a esa situación. Entonces Lady Saint Larston estaría más fastidiada con Johnny que conmigo.

Al final del corredor de piedra hallé una pesada puerta que abrí con cautela. Fue como penetrar en otro mundo. El corredor estaba alfombrado, y en la pared colgaban lámparas a intervalos frecuentes; pude oír, aunque amortiguado, el sonido de música que antes había perdido.

Me sentí aliviada. Ahora debía encaminarme a los vestuarios. Allí habría alfileres. Creía inclusive haber visto algunos en un pequeño recipiente de alabastro. Me extrañó no haberlo pensado antes; tenía la misteriosa sensación de que pensar en la séptima virgen me había ayudado, calmando mi mente, que estaba sobreexcitada por la mezcla de vino, al que no estaba acostumbrada, y extraños acontecimientos.

1 ... 19 20 21 22 23 24 25 26 27 ... 84
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)