La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
Me sentí turbada. No era así como se preveía que se desarrollasen los acontecimientos.
Durante los pocos días subsiguientes, supe que lo que yo había sospechado era real.
* * *
Después de aquella conversación, ya no tuve dudas. No fue exactamente una propuesta de matrimonio, porque David no era hombre de proponer matrimonio hasta hallarse en condiciones de poder mantener a una esposa. Como clérigo con una madre anciana a quien mantener, no estaba en tal situación. Pero si adquiría el puesto eclesiástico en Saint Larston, como debía de creerlo puesto que todos lo creían, la cuestión sería diferente.
Él y yo estábamos solos, sentados junto al fuego, ya que Mellyora se encontraba junto al lecho de su padre. Entonces me dijo:
—¿Considera usted que este es su hogar, señorita Carlee?
Admití que así era.
—He sabido cómo llegó usted aquí —prosiguió.
Yo sabía que eso era inevitable. Como tema de habladurías, ya había dejado de interesar, salvo, por supuesto, cuando aparecía un recién llegado que no conocía la historia.
—La admiro por lo que ha hecho —continuó él—. Creo que es usted una persona… una persona maravillosa. Imagino que tiene la esperanza de no abandonar jamás el rectorado.
—No estoy segura —repuse.
Con sus palabras, me había hecho pensar cuáles eran mis esperanzas. Vivir en el rectorado no había sido mi sueño. La noche en que, vestida de rojo terciopelo y enmascarada, había subido por la ancha escalinata para ser recibida por Lady Saint Larston, se había parecido más a un sueño realizado que mi vida en el rectorado.
—Por supuesto, no está usted segura. Hay en la vida cuestiones que requieren mucha reflexión. También yo he estado examinando mi vida. Verá usted, señorita Carlee, un hombre en mi actual situación no puede darse el lujo de casarse, pero si esa situación llegase a cambiar…
Hizo una pausa y yo pensé: "Me está pidiendo que me case con él cuando el reverendo haya muerto y él lo haya reemplazado." Le avergonzaba estar pensando en un futuro para el cual debía esperar a que muriera otra persona.
—Creo —continuó diciendo— que sería usted una excelente esposa para un párroco, señorita Carlee.
—¿Yo? No opino lo mismo —Reí.
—Pero ¿por qué no?
—Todo estaría mal. Mi formación personal, para empezar.
Castañeteando los dedos replicó:
—Usted es usted misma. Es lo único que importa.
—Mi carácter…
—¿Qué hay de malo en él?
—No tiene nada de serio ni devoto.
—Mi querida señorita Carlee, se subestima usted.
—Qué poco me conoce. —Volví a reír.
¿Cuándo me había subestimado yo? ¿Acaso no había sentido siempre en mí un poder que, según creía, me llevaría adonde yo quisiese ir? A mi modo era tan arrogante como lo era Lady Saint Larston al suyo. Verdaderamente, pensé, el amor es ciego, ya que se me estaba haciendo cada vez más evidente que David Killigrew se estaba enamorando de mí.
—Estoy seguro —prosiguió— de que usted tendría éxito en todo lo que emprendiera. Además…
No terminó la frase, ya que en ese momento entró Mellyora, con la cara sumida y ansiosa.
—Creo que está peor —anunció.
* * *
Era la época de Pascuas y la iglesia estaba adornada con narcisos cuando murió el reverendo Charles Martin. Nuestra casa se hallaba de duelo y Mellyora estaba inconsolable, pues aunque desde hacía tiempo sabíamos que la muerte era inevitable, cuando llegó fue de todos modos un golpe. Mellyora pasó el día en su habitación y no quiso ver a nadie; luego preguntó por mí. Me senté a su lado mientras ella hablaba de él; qué bueno había sido con ella, cuan perdida se sentía sin él; rememoraba un ejemplo tras otro de su bondad, de su amor y preocupación por ella; luego se echaba a llorar silenciosamente y yo lloraba con ella, pues había tenido afecto al reverendo; y además detestaba ver a Mellyora tan acongojada.
Llegó el día del funeral, y el doblar de la campana pareció llenar la casa. Mellyora estaba hermosa con sus negras ropas y el velo sobre la cara; el negro no me quedaba tan bien, pues era morena, y el vestido que llevaba puesto bajo el negro abrigo era demasiado suelto para mí.
Los caballos que hacían cabriolas, los negros penachos ondulantes, la música con sordina, la solemnidad del servicio fúnebre, la espera en torno á la tumba, donde yo había estado junto a Mellyora cuando ella me contó que había tenido una hermana llamada Kerensa; todo esto fue lóbrego y melancólico.
Peor aún, sin embargo, fue volver al rectorado, que parecía estar vacío porque aquel hombre tan callado, a quien tan poco habíamos visto, ya no estaba allí.
Los participantes en el funeral volvieron al rectorado, entre ellos Lady Saint Larston y Justin; ellos hacían que nuestra sala de recibo, donde se sirvieron emparedados de jamón y vino, pareciera pequeña y simple… aunque me había parecido imponente al verla por primera vez. Justin estuvo casi todo el tiempo junto a Mellyora. Fue benévolo, cortés, y parecía estar auténticamente preocupado. David estaba a mi lado. Yo estaba convencida de que muy pronto me pediría ciertamente que me casara con él, y yo no sabía qué decirle, sabiendo que otros preveían que se casaría con Mellyora. Mientras los visitantes comían sus emparedados y bebían el vino que se había ordenado a Belter servir, yo me imaginaba como ama de la casa, con la señora Yeo y Belter recibiendo mis órdenes. Qué distinta, podría decirse, de la muchacha que se había puesto sobre la plataforma de contratación en la feria de Trelinket. Un largo camino, en verdad. En el poblado siempre recordarían. "La esposa del párroco vino de las cabañas, sí señor." Me envidiarían y jamás me aceptarían del todo. Pero ¿debía importarme eso?
Y sin embargo… yo había tenido un sueño. Esta no sería su realización. David Killigrew no me gustaba como Kim, y ni siquiera estaba segura de querer estar junto a Kim, que tan lejos del Abbas se encontraba.
Cuando los visitantes se marcharon, Mellyora fue a su habitación. El doctor Hilliard, quien había decidido que yo era una joven juiciosa, llegó y pidió verme.
—La señorita Martin está muy aturdida —dijo—. Le daré a usted un leve sedante para ella, pero no quiero que lo tome a menos que lo necesite. Se la ve exhausta. Pero si no puede dormir, déselo usted.
Y me sonrió a su manera un tanto brusca. Me respetaba. Entonces empecé a soñar que podía hablar con él, interesarlo en Joe. Aborrecía comprobar que mis sueños, inclusive los que eran para otros, no se realizaban.
Esa noche entré en el cuarto de Mellyora y la encontré sentada junto a la ventana del dormitorio, contemplando el cementerio por sobre el jardín.
—Te vas a resfriar —le dije—. Acuéstate.
Sacudió la cabeza negativamente; entonces le cubrí los hombros con una pañoleta y, acercando una silla, me senté a su lado.
—Oh, Kerensa, ahora todo será diferente. ¿No lo sientes tú?
—Así debe ser.
—Siento como si estuviera en una especie de limbo… flotando entre dos vidas. La antigua vida ha concluido; la nueva está por empezar.
—Para las dos —respondí.
Me apretó la mano.
—Sí, un cambio para mí significa un cambio para ti. Parece ahora, Kerensa, que tu vida se entrelaza con la mía.
Me pregunté qué haría ella ahora. Creía poder quedarme en el rectorado si lo deseaba, pero ¿y Mellyora? ¿Qué les ocurría a las hijas de párrocos? Si no tenían dinero, pasaban a ser institutrices de niños; pasaban a ser acompañantes de señoras ancianas. ¿Cuál sería el destino de Mellyora? ¿Y el mío?