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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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Por fin llegó el día del baile. Mellyora y yo nos pusimos nuestros trajes; abuelita fue al rectorado para peinarme. Me cepilló el cabello y puso en él su preparado especial, para que resplandeciese y brillase. Luego vinieron la peineta y la mantilla. Cuando vio el efecto, Mellyora palmoteó admirada.

—Todos se fijarán en la señorita Carlyon —dijo.

—Se ve bien aquí, en el dormitorio —le recordé—. Pero piensa en tantas bellas vestiduras que lucirán esas personas ricas. Diamantes y rubíes…

—Y ustedes dos sólo tienen juventud —comentó abuelita, riendo—. Colijo que algunas de esas personas estarían dispuestas a dar sus diamantes y sus rubíes a cambio de eso.

—Kerensa se ve distinta —hizo notar Mellyora—. Y aunque todas tendrán el mejor aspecto posible, ninguna se parecerá del todo a ella.

Nos pusimos nuestras máscaras y, una junto a la otra, reímos al examinar nuestras imágenes en el espejo.

—Ahora tenemos un aire misterioso —dijo Mellyora.

Abuelita volvió a su casa mientras la señorita Kellow nos conducía al Abbas. El cochecito parecía incongruente entre tantos bellos carruajes, pero eso no hizo más que divertirnos; por mi parte, me estaba acercando a la culminación de un sueño.

Al entrar en el salón quedé anonadada; traté de ver todo al mismo tiempo y, en consecuencia, no tuve más que una confusa impresión. Un candelabro con velas que parecían miles; tapices colgados en las paredes; jarrones con flores cuyo aroma llenaba el aire; gente por todas partes. Era como haberse introducido sin darse cuenta en una de esas cortes extranjeras de que había oído hablar en las lecciones de historia. Más tarde supe que muchos vestidos de las damas eran italianos del siglo XIV, y varias de ellas llevaban el cabello sujeto con redecillas enjoyadas. Brocados, terciopelos, sedas y rasos. Era una esplendorosa congregación; y lo que aumentaba el interés eran las máscaras que todos llevábamos puestas. Yo estaba agradecida por ellas; podía sentirme más como una de ellos cuando no había peligro de ser descubierta.

Debíamos quitarnos las máscaras a medianoche; pero entonces el baile habría terminado y aquella situación, similar a la de Cenicienta, habría dejado de preocuparme.

En un extremo del salón había una ancha y bella escalinata, por la cual subimos en pos de la multitud hasta el sitio donde Lady Saint Larston, con su máscara en la mano, estaba recibiendo a sus invitados.

Nos encontrábamos en un recinto largo y alto, a ambos lados del cual había retratos de los Saint Larston. Pintados con sus suntuosas sedas y terciopelos, habrían podido ser participantes de la fiesta. Por todo el salón había plantas perennes, y sillas doradas como yo nunca había visto antes. Yo quería examinarlo todo con atención.

Percibía junto a mí la presencia de Mellyora. Comparada con casi todas las mujeres, ella estaba ataviada con suma sencillez, pero yo pensé que estaba más hermosa que cualquiera de las otras, con su dorado cabello y el oro que ceñía su esbelta cintura.

Un hombre de verde jubón de terciopelo y largas calzas verdes se nos acercó diciendo:

—Dime si me equivoco, pero creo haber adivinado. Es por los rizos dorados.

Supe que esa voz era la de Kim, aunque no lo habría reconocido con esa ropa.

—Se te ve hermosa —continuó—. Y también a la dama española.

—Kim, no debiste adivinar tan pronto —se quejó Mellyora.

—No, debí haber simulado perplejidad. Debí haber hecho muchas preguntas, y luego adivinado poco antes de la medianoche.

—Al menos sólo adivinaste mi identidad —dijo Mellyora.

Kim se volvió hacia mí y vi sus ojos a través de la máscara; los supuse risueños, con las arrugas a su alrededor; casi desaparecían cuando él reía.

—Me confieso desconcertado.

Mellyora lanzó un suspiro de alivio.

—Pensé que vendrías con tu padre —prosiguió Kim.

—Su salud no le permite venir.

—Lo lamento. Pero me alegro de que eso no te haya impedido venir.

—Gracias a mi… dama de compañía.

—Oh, ¿de modo que la hermosa española es tu dama de compañía? —preguntó, fingiendo atisbar detrás de mi máscara—. Parece demasiado joven para ese papel.

—No hables de ella como si no estuviese aquí. Eso no le agradará.

—Y yo ansío tanto obtener su aprobación. ¿Sólo habla español?

—No, habla inglés.

—Pues todavía no ha dicho nada.

—Es posible que hable únicamente cuando tiene algo por decir.

—Oh, Mellyora, ¿estás reprendiéndome? Dama española —continuó, dirigiéndose a mí—, confío en que mi presencia no te ofenda.

—No me ofende.

—Vuelvo a respirar. ¿Me permiten ustedes conducirlas al buffet?

—Sería muy agradable —dije, hablando con lentitud y" cautela, pues tenía miedo, ahora que estaba allí, entre las personas con quienes siempre había anhelado alternar, de que con alguna inflexión de mi voz, algún rastro de acento o entonación, pudiera delatar mis orígenes.

—Vengan, entonces —dijo Kim, y poniéndose entre las dos, nos tomó por los codos y nos guió entre la muchedumbre.

Nos sentamos a una de las mesitas junto a la plataforma donde se habían instalado grandes mesas repletas de comida. Jamás había visto yo tanta comida en mi vida. Como las empanadas y los pasteles eran el plato principal tanto para los ricos como para los pobres, había más de éstos que de cualquier otra cosa. Pero… ¡qué empanadas y qué pasteles! La corteza era de un vivo color pardo dorado, y algunos pasteles habían sido hechos en formas fantásticas. En el centro había uno que era un modelo del Abbas, con las torres almenadas y el portal en arcada. Todos lo miraban expresando su admiración. Los pasteles estaban decorados con figuras de animales, que indicaban lo que contenían: ovejas, cerdos, aves. Había grandes fuentes de crema cuajada…. pues la gente acomodada, que podía conseguirla, siempre comía sus pasteles con crema. Había carnes de todas clases; tajadas de vaca y de jamón; había sardinas servidas de distintas maneras. Había toda clase de bebidas; hidromiel, ginebra y vinos traídos de todas partes del mundo. Era gracioso ver a Haggety a cargo de ellas, inclinándose obsequiosamente, tan distinto del vanidoso mayordomo que había pretendido emplearme en la feria de Trelinket. Cuando pensé en lo que él habría dicho si supiese que ahora tendría que servir a la muchacha a quien pudo haber empleado, ganas tuve de reventar de risa.

Cuando se es joven y se ha conocido el hambre, siempre se puede comer con— fruición, por más alterada que se esté. Yo hice justicia al pastel de oveja y las sardinas en aceite que nos trajo Kim, mientras sorbía el hidromiel servido por Haggety.

Era la primera vez que lo probaba y me gustó el sabor a miel; pero sabía que era embriagador y no tenía ninguna intención de embotar mis sentidos en aquella velada, la más estimulante de mi vida.

Kim nos miraba comer complacido, y yo sabía que estaba intrigado conmigo. Intuía que él se daba cuenta de que me había conocido con anterioridad, y que se estaba preguntando dónde. Me regocijaba obligarle a adivinar.

—Miren, aquí viene el joven Borgia —dijo mientras nosotras bebíamos hidromiel.

Miré y lo vi; vestía de terciopelo negro; tenía una gorrita en la cabeza y un bigote postizo. Miró a Mellyora, luego a mí. Su mirada se detuvo en mí. Inclinándose, dijo en actitud teatraclass="underline"

—Creo haber conocido a la bella griega en nuestros senderos de Saint Larston.

Supe de inmediato que era Johnny Saint Larston porque reconocí su voz, como antes la de Kim.

—Pero estoy seguro de no haber visto antes a la beldad hispana —agregó.

—Nunca deberías estar demasiado seguro de nada —adujo Mellyora.

—Si la hubiera visto una vez, nunca la habría olvidado, y ahora su imagen permanecerá conmigo todos los días de mi vida.

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