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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—Qué extraño, no se puede ocultar realmente la identidad poniéndose simplemente una máscara —comentó Mellyora.

—La voz, los gestos delatan —añadió Kim.

—Y nosotros tres nos conocemos —prosiguió Johnny—, Eso me causa gran curiosidad en cuanto a la desconocida que está entre nosotros.

Acercó su silla a la mía y yo empecé a sentirme inquieta.

—Eres amiga de Mellyora —insistió— Sé tu nombre, eres la señorita Carlyon.

—No debes molestar a tus invitadas —le dijo Mellyora, remilgada.

—Mi querida Mellyora, toda la finalidad de un baile de disfraz consiste en adivinar la identidad de quienes están contigo, antes de que todos se quiten las máscaras.

¿No lo sabías acaso? Señorita Carlyon, mi madre me dijo que Mellyora traería una amiga, ya que su padre no podía venir. Una dama de compañía… una tía, me parece. Eso fue lo que dijo mi madre. ¿Seguramente no eres la tía de Mellyora?

—Me niego a decirte quién soy —repliqué—. Tendrás que esperar a que todos se quiten las máscaras.

—Mientras yo pueda estar junto a ti en ese interesante momento, puedo esperar.

La música había comenzado, y una pareja alta, elegante, estaba iniciando la danza. Sabía que el hombre, con traje de época de la Regencia, era Justin, y supuse que la mujer alta, delgada, de cabello oscuro, sería su esposa.

No podía apartar mis ojos de Judith Saint Larston, quien hasta poco tiempo atrás había sido Judith Derrise. Lucía un vestido de terciopelo carmesí, de color muy similar al mío, pero ¡cuánto más suntuoso era el suyo! En torno a su cuello resplandecían diamantes; también los había visto en sus orejas y en sus dedos largos y finos. Llevaba el cabello peinado al estilo Pompadour, lo cual la hacía un poco más alta que Justin, quien era muy alto. Se la veía muy atractiva, pero lo que advertí más que nada en ella fue cierta tensión nerviosa. Noté también cómo se aferraba a la mano de Justin, y hasta al bailar daba la impresión de estar decidida a no soltarlo jamás.

—¡Cuan atractiva es! —comenté.

—Mi nueva cuñada —murmuró Johnny, siguiéndola con la mirada.

—Una bella pareja —agregué.

—Mi hermano es el miembro guapo de la familia, ¿no te parece?

—Difícil es decirlo hasta que tenga lugar el desenmascaramiento.

—¡Oh, ese desenmascaramiento! Entonces te pediré tu veredicto. Pero para entonces espero haberte demostrado que el hermano de Justin tiene otras cualidades, que compensan su falta de personalidad. ¿Bailamos?

Me alarmé, pues temía que si bailaba con Johnny Saint Larston, pondría de manifiesto que nunca había bailado antes con un hombre.

De haber sido Kim, habría temido menos, porque ya había demostrado yo que, en una emergencia, se podía confiar en él; de Johnny no estaba segura. Pero Kim ya se alejaba con Mellyora.

Johnny me tomó la mano y me la apretó ardorosamente, diciendo:

—¿Me temes acaso, dama española?

Reí tal como habría podido reír años atrás. Luego dije a mi manera lenta, cuidadosa:

—No veo motivo para temer.

—Es un buen comienzo.

Los músicos, que estaban en un balcón situado en un extremo del salón de baile, tocaban un vals. Recordando cómo bailábamos el vals en el dormitorio con Mellyora, tuve la esperanza de que mi modo de bailar no delataría mi falta de experiencia. Pero fue más fácil de lo que yo pensaba; tuve la habilidad suficiente para no despertar sospechas.

—Qué bien se complementan nuestros pasos —dijo Johnny.

* * *

En el baile perdí de vista a Mellyora y me pregunté si Johnny se había propuesto, que así fuera; cuando nos sentamos juntos en los sillones dorados y otro hombre me pidió bailar con él, sentí cierto alivio al escapar de Johnny. Conversamos —mejor dicho, lo hizo mi pareja— sobre otros bailes, sobre la cacería, sobre la cambiante situación del país, y yo escuchaba, con cuidado de nunca delatarme.

Esa noche aprendí que si una joven escucha y asiente con rapidez, se hace popular. Pero no era un papel que yo pensara desempeñar de modo permanente. Luego fui conducida de vuelta a mi asiento, donde Johnny aguardaba con impaciencia. Cuando Mellyora y Kim se reunieron con nosotros, bailé con Kim. Disfruté mucho de eso, aunque no fue tan fácil como antes con Johnny; supongo que porque Johnny bailaba mejor. Y mientras tanto, no cesaba de pensar: Estás realmente aquí, en el Abbas. Tú, Kerensa Carlee… Carlyon por una noche.

Comimos y bebimos más; yo no quería que la velada concluyese jamás. Sabía que aborrecería quitarme mi vestido de rojo terciopelo y soltarme el cabello. Atesoraba en mi espíritu cada pequeño incidente para poder contárselo a Mellyora al otro día.

Tomé parte en el cotillón; algunos de mis acompañantes fueron paternales, otros intentaron conquistarme. A todos los manejé con una habilidad que supuse grande, y me preguntaba por qué había estado alguna vez nerviosa.

Bebí un poco de lo que Johnny y Kim habían traído a nuestra mesa junto con la comida. Mellyora estaba un poco alicaída; creo que ansiaba tener la oportunidad de bailar con Justin.

Yo estaba bailando con Johnny cuando éste dijo:

—Aquí hay demasiada gente. Salgamos.

Siguiéndolo, bajé la escalinata y salí al jardín, donde bailaban algunos invitados. Era un espectáculo cautivante. La música podía oírse con nitidez por las ventanas abiertas, y las ropas de hombres y mujeres tenían un aspecto fantástico a la luz de la luna.

Bailando sobre el césped llegamos al seto que separaba los jardines del Abbas del campo donde se encontraban las "seis vírgenes" y la antigua mina.

—¿Adónde me llevas? —inquirí.

—A ver las vírgenes.

—Siempre quise verlas a la luz de la luna —dije.

Una lenta sonrisa asomó a sus labios; de inmediato me di cuenta de que acababa de darle un indicio de que yo no era una forastera en Saint Larston que había ido para el baile, puesto que conocía la existencia de las vírgenes.

—Pues las verás —susurró.

Me tomó la mano y, juntos, corrimos sobre la hierba. Cuando me apoyé en una de las piedras se me acercó y trató de besarme, pero lo contuve.

—¿Por qué me atormentas? —preguntó.

—No deseo ser besada.

—Eres un ser extraño, señorita Carlyon. Provocas y luego te vuelves remilgada. ¿Es justo eso?

—Vine a ver a las vírgenes a la luz de la luna.

Johnny, que había apoyado las manos en mis hombros, me sujetó contra la piedra.

—Seis vírgenes. Es posible que haya aquí siete esta noche.

—Has olvidado el relato —dije—. Fue porque no eran vírgenes…

—Exactamente. Señorita Carlyon, ¿te convertirás tú en piedra esta noche?

—¿A qué te refieres?

—¿No conoces acaso la leyenda? Cualquiera que se detenga aquí a la luz de la luna y toque una de estas piedras, corre peligro.

—¿Por qué causa? ¿Jóvenes impertinentes?

Acercó su rostro al mío. Tenía aspecto satánico, con su bigote postizo y sus ojos que relucían a través de la máscara.

—¿No has oído la leyenda? Oh, pero tú no provienes de estas regiones, ¿verdad, señorita Carlyon? Debo contártela. Si alguien pregunta "¿Eres virgen?" y no puedes contestar "Sí", te convertirás en piedra. Te lo pregunto ahora.

Procuré zafarme.

—Quiero volver a la casa.

—No has contestado a mi pregunta.

—Creo que no te conduces como un caballero.

—¿Tan bien sabes cómo se comportan los caballeros?

—Suéltame.

—Cuando respondas a mis preguntas. Ya hice la primera. Ahora quiero una respuesta a la segunda. —No responderé preguntas.

—Entonces —dijo él—, me veré obligado a satisfacer mi curiosidad e impaciencia.

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