Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
La Leyenda De La Séptima Virgen - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
1 ... 21 22 23 24 25 26 27 28 29 ... 84
Перейти на страницу:

Resplandecí de placer. Qué distinto era de Johnny Saint Larston.

—¿Y tu hermano? —preguntó él—. ¿Cómo le va con el veterinario?

—¿Lo sabías ya?

Rió al contestar:

—Me interesan bastante sus progresos, ya que fui yo quien mencioné a Pollent qué buen ayudante sería para él.

—¿Tú… hablaste con Pollent?

—Así es. Le hice prometer que daría una oportunidad al muchacho.

—Entiendo. Supongo que debería agradecerte.

—No lo hagas si prefieres no hacerlo.

—Pero mi abuelita está tan complacida. A Joe le va bien. El veterinario está satisfecho con él y… —oí el tono de orgullo en mi voz— él está satisfecho con el veterinario.

—Buenas noticias. Pensé que un muchacho que arriesgaba tanto por salvar a un pájaro debía de tener algún don especial. Así que… todo va bien.

—Sí —repetí—, todo va bien.

—Permíteme decir que creo que has crecido tal como pensé que crecerías.

—¿Y cómo es eso?

—Te has convertido en una señorita sumamente fascinadora.

Cuántas emociones experimenté aquella noche, pues bailando con Kim conocí la felicidad absoluta. Deseé que pudiera continuar eternamente… Pero los bailes concluyen rápido cuando se tiene la pareja elegida por una, y demasiado pronto, los relojes que se había llevado al salón para dar la medianoche se pusieron a sonar al mismo tiempo. La música cesó; era tiempo de quitarnos las máscaras.

Johnny Saint Larston, que pasó cerca de nosotros, me sonrió diciendo:

—Aunque no es una sorpresa, igual es un placer.

Y su burlona sonrisa era intencionada.

Kim me llevó afuera, para que nadie más supiese que la señorita Carlyon era, en realidad, la pobretona Kerensa Carlee.

Mientras Belter nos conducía de vuelta al rectorado, ni Mellyora ni yo hablamos gran cosa. Ambas seguíamos oyendo la música, atrapadas en el ritmo de la danza. Era una noche que jamás olvidaríamos; más tarde hablaríamos de ella, pero entonces aún estábamos confusas y embelesadas.

En silencio fuimos a nuestras habitaciones. Aunque estaba físicamente cansada, no tenía ganas de dormir. Mientras me dejara puesta mi roja túnica de terciopelo, todavía era una señorita que iba a los bailes; pero cuando me la quitara, la vida se tornaría menos regocijante. A decir verdad, la señorita Carlyon se convertiría en Kerensa Carlee.

Pero evidentemente no podía quedarme de pie frente al espejo, contemplando soñadoramente mi reflejo toda la noche. Por eso, a la luz de dos velas, me quité de mala gana la peineta del cabello, me lo dejé caer sobre los hombros, me desvestí y colgué la túnica de terciopelo rojo.

—Te has convertido en una señorita sumamente fascinadora —dije.

Luego pensé en lo interesante que iba a ser mi vida, pues era cierto que la vida nos pertenece para hacer de ella lo que deseamos.

Dormir fue difícil. No cesaba de pensar en mí misma bailando con Kim, defendiéndome de Johnny, ocultándome en el armario, y ese momento de espanto en que había abierto la puerta del cuarto de Sir Justin y lo había visto.

No fue sorprendente, pues, que cuando por fin me dormí tuviese una pesadilla. Soñé que Johnny me había emparedado y que yo me estaba asfixiando, mientras Mellyora trataba de quitar los ladrillos con las manos desnudas, y yo sabía que no podría salvarme a tiempo.

Al despertar gritando, encontré a Mellyora de pie junto a mi lecho. Tenía el dorado cabello alrededor de los hombros, y no se había puesto un peinador sobre su camisón.

—Despierta, Kerensa —me dijo—. Tienes una pesadilla.

Me senté en la cama y clavé la mirada en sus manos.

—¿Qué te ocurría? —insistió ella.

—Soñé que estaba emparedada y que tú tratabas de salvarme. Me estaba asfixiando.

—No me extraña nada; estabas sepultada bajo las ropas, y recuerda cuánto bebiste además.

Se sentó en mi cama, riéndose de mí; pero yo aún sentía los efectos de mi pesadilla.

—¡Qué noche! —exclamó ella, soñadora, sujetándose las rodillas con las manos.

Al disiparse la sensación de pesadilla, recordé lo que había oído desde el armario. Era el baile de Mellyora con Justin lo que había provocado los celos de Judith.

—Bailaste con Justin, ¿verdad? —inquirí.

—Por supuesto.

—A su esposa no le gustó que él bailara contigo.

—¿Cómo lo sabes?

Le conté lo que me había ocurrido. Se le dilataron los ojos, se incorporó de un salto, me tomó por los hombros y sacudiéndome, dijo:

—Kerensa, ¡debí de haber imaginado que te sucedería algo! Cuéntame cada palabra que oíste cuando estabas en el armario.

—Ya lo hice… hasta donde puedo recordar. Estaba horriblemente asustada.

—Me lo imagino. ¿Cómo se te ocurrió tal cosa?

—No lo sé. Pensé simplemente que era lo único que podía hacer en ese momento. ¿Tenía razón ella, Mellyora?

—¿Razón?

—De estar celosa. Mellyora rió al responder:

—Está casada con él —y yo no supe con certeza si su ligereza ocultaba cierta amargura.

Guardamos silencio por un rato, cada cual absorta en sus propios pensamientos. Fui yo quien lo rompió diciendo:

—Creo que siempre te agradó Justin.

Era un momento de confidencias e indiscreciones. La magia del baile nos acompañaba todavía, y nuestra intimidad era mayor esa noche que en ninguna otra ocasión anterior.

—Es distinto de Johnny —dijo ella.

—Por el bien de su esposa, ojalá lo sea.

—Cerca de Johnny, nadie estaría a salvo. Justin no parece fijarse en los demás.

—¿Te refieres a griegas de largo cabello dorado?

—Me refiero a todos. Parece distante…

—Tal vez debería haber sido monje, en vez de casarse.

—¡Qué cosas dices! —exclamó Mellyora.

Y entonces se puso a hablar de Justin: la primera vez que ella y su padre habían sido invitados a tomar el té con los Saint Larston; cómo ella se había puesto para esa ocasión un vestido de muselina con puntillas; cuan amable había sido Justin. Advertí que sentía hacia él una especie de adoración pueril, y tuve la esperanza de que no hubiera más que eso, pues no quería que sufriera.

—De paso, Kim me dijo que se marchará —agregó ella.

—¿Ah, sí?

—A Australia, según creo.

—¿Enseguida? —pregunté con voz que sonó turbada, pese a mis intentos de controlarla.

—Por mucho tiempo. Partirá en barco con su padre, pero dijo que quizá se quede un tiempo en Australia porque tiene allá un tío.

El embrujo de la fiesta parecía haberse desvanecido. Mellyora preguntó:

—¿Estás cansada?

—Bueno, debe de ser ya muy tarde.

—Más bien de madrugada.

—Deberíamos dormir un poco.

Ella movió la cabeza, asintiendo, y se fue a su habitación. Qué raro, cómo ambas parecíamos haber perdido súbitamente todo nuestro alborozo. ¿Era acaso porque ella pensaba en Justin y en su esposa, que lo amaba apasionadamente? ¿Era porque yo pensaba en Kim, que se marcharía y se lo había dicho a ella y no a mí?

* * *

Más o menos una semana después del baile, el doctor Hilliard visitó al rectorado. Yo me encontraba en el jardín de adelante cuando su berlina se detuvo y él me saludó en voz alta. Yo sabía que el reverendo Charles lo había estado viendo en los últimos tiempos, y conjeturé que había venido a comprobar cómo se encontraba su paciente.

—El reverendo Charles Martin no está en casa —le dije.

—Bien. He venido a ver a la señorita Martin. ¿Ella está en la casa?

—Oh, sí.

—Entonces, tenga la amabilidad de avisarle que estoy aquí.

1 ... 21 22 23 24 25 26 27 28 29 ... 84
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)