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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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"Oh, Kim", pensé, "ojalá me marchara yo contigo."

Pero no estaba segura de que esto fuese cierto. Quería vivir en el Abbas de Saint Larston como una dama. ¿Deseaba realmente vivir en algún solitario paraje, en un país extraño y yermo, aunque fuese con Kim?

Mi alocado sueño era que Kim se quedara, que Kim fuera dueño del Abbas en lugar de los Saint Larston. Quería compartir el Abbas con Kim.

—Kerensa está pensativa —Kim me estaba observando inquisitivamente. ¿Tiernamente?, me pregunté.

—Me estaba imaginando todo eso. Tú lo haces parecer tan real.

—Aguarda a que yo vuelva.

—¿Y entonces?

—Tendré muchas cosas para contarles. Al partir, nos estrechó la mano a todas; luego nos besó, primero a Mellyora, luego a mí. —Regresaré. Ya verán —dijo.

Seguí recordando esas palabras mucho después de marcharse él.

* * *

No fue que oyera una conversación precisa; fueron pequeñas alusiones que yo captaba de vez en cuando las que me hicieron entender lo que pensaban los demás.

Nadie abrigaba duda alguna de que el reverendo Charles se moría. A veces parecía estar un poco mejor, pero nunca progresaba en realidad; una semana tras otra veíamos extinguirse su vigor.

Constantemente me preguntaba yo qué nos sucedería cuando él muriese, pues era evidente que la situación vigente en ese momento no era más que una componenda.

La señora Yeo me proporcionó el primer indicio cuando hablaba de. David Killigrew. Me di cuenta de que lo aceptaba como el nuevo amo de la casa; estaba convencida (y advertí que muchos otros lo habían pensado así) de que cuando muriese el reverendo Charles, David Killigrew ocuparía su puesto. Pasaría a ser el párroco del lugar. ¿Y Mellyora? Bueno, como Mellyora era hija de un párroco, sería razonable suponer que sería buena esposa para otro párroco.

Como a ellos esto les parecía correcto y razonable, sugerían que era inevitable. Mellyora y David. Eran buenos amigos. Ella le estaba agradecida, y él sin duda la admiraba. Suponiendo que ellos tuviesen razón, ¿qué sería de mí?

No abandonaría a Mellyora. David siempre me había dado muestras de la mayor amistad. Debía quedarme en el rectorado, prestando utilidad. ¿En carácter de qué? ¿Criada de Mellyora? Ella jamás me trataba como a una criada. Yo era la hermana que ella siempre había querido tener, y que se llamaba igual que la que ella había perdido.

* * *

Pocas semanas después de la partida de Kim, me encontré con Johnny Saint Larston cerca de la finca de los Pengaster. Yo había ido a ver a mi abuela, llevándole una cesta llena de comida, y estaba preocupada porque ella, aunque había hablado con animación del día que había pasado en la casa del veterinario, donde se la había invitado para la Navidad, estaba delgada y sus ojos parecían brillar menos que de costumbre. Advertí también que tosía demasiado.

Me dije que mi ansiedad se debía a que venía de una casa donde había un enfermo. Porque el reverendo Charles se encontraba mal, me parecía que cualquier persona de su edad estaba en peligro.

Abuelita me había contado lo cómodo que estaba Joe en casa del veterinario, y que lo trataban como a un miembro de la familia. Era una situación excelente, pues el veterinario, aunque tenía cuatro hijas, no tenía ningún hijo varón, por lo cual le complacía tener como ayudante a un joven como Joe.

Cuando salí de la cabaña me sentía un tanto melancólica; muchas sombras amenazaban mi vida: enfermedad en la casa que había llegado a considerar como mi propio hogar; temor por la salud de abuelita; también Joe, en cierto modo, sentado a la mesa del veterinario y no a la del doctor Hilliard.

—¡Hola! —Johnny, que estaba sentado en el molinete que comunicaba con los campos de Pengaster, se bajó de un salto y ajustó su paso al mío—. Tenía la esperanza de que nos encontráramos.

—¿De veras?

—Permíteme que lleve tu cesta. —No hace falta, está vacía.

—¿Y adónde vas, mi linda doncella?

—Pareces tener afición por los versos infantiles. ¿Se debe acaso a que no has crecido todavía?

—"Mi rostro es mi fortuna, señor" —citó él—. Es cierto, señorita… ejem… Carlyon. Pero cuida esa lengua afilada que tienes. De paso, ¿por qué Carlyon? ¿Por qué no Saint Ives, Marazion? ¡Carlyon! Aunque te diré que te queda bien.

Apresurando el paso, repuse:

—Realmente tengo prisa.

—Qué lástima. Tenía la esperanza de que pudiésemos renovar nuestras relaciones. Te habría visitado antes, no lo dudes, pero estuve ausente y acabo de regresar.

—Me figuro que pronto volverás a irte.

—¿Quieres decir que así lo esperas? Oh, Kerensa, ¿por qué no ser mi amiga? Yo quiero serlo, lo sabes.

—Tal vez tu método para trabar amistad sea erróneo.

—Entonces debes enseñarme el método correcto.

Y cogiéndome por el brazo me obligó a girar, hacia él. En sus ojos brillaba una luz que me alarmó. Pensé en cómo había buscado a Hetty Pengaster en la iglesia, y en cómo lo había visto yo sobre el molinete. Probablemente venía de algún encuentro con ella.

Zafando mi brazo le dije:

—Déjame tranquila. Y no solamente ahora… siempre. Yo no soy Hetty Pengaster.

Se sobresaltó; de eso no hubo dudas, ya que escapé con facilidad. Eché a correr y, cuando miré por sobre el hombro, él estaba todavía inmóvil, siguiéndome con su mirada fija.

* * *

Hacia fines de enero, el reverendo Charles se agravó tanto que el médico le administró sedantes, cuyo resultado eran largas horas de sueño. Mellyora y yo solíamos quedarnos conversando en voz baja, mientras cosíamos o acaso leíamos, y de vez en cuando una de nosotras se levantaba y se asomaba al cuarto del enfermo. David Killigrew nos acompañaba a cada momento de que podía disponer, y las dos estábamos de acuerdo en que su presencia nos serenaba. A veces la señora Yeo nos llevaba comida; y siempre miraba al joven clérigo con afecto. Le había oído decir a Belter que, cuando terminara aquel desdichado asunto, su primera tarea sería alimentar bien al joven sacerdote. Bess o Kit solían entrar a encender el fuego, y las miradas que ambas prodigaban a él y a Mellyora me resultaban significativas, aunque tal vez no para él ni para Mellyora.

Los pensamientos de esta última estaban ocupados con su padre.

Una melancólica paz impregnaba toda la casa. Una muerte inevitable era inminente, pero eso tenía que pasar; y entonces, cuando todo hubiera concluido, lo dejaríamos atrás y nada cambiaría, por cuanto quienes ahora servían a una persona servirían a otra.

Mellyora y David. Sería inevitable. Con el tiempo, Mellyora se tranquilizaría; dejaría de tener sueños acerca de un caballero cuya devoción había sido dada a otra mujer.

Alcé la vista y sorprendí la mirada de David fija en mí. Cuando se dio cuenta de que yo lo había visto, sonrió. En esa mirada hubo algo revelador. ¿Me había equivocado acaso?

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