El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– ¿Cómo se llama este sitio?-susurré.
– El vampiro propietario lo llama el Josephine's -dijo con mi mismo tono de voz-. Pero los licántropos lo llamamos el Club de los Muertos.
Consideré la idea de reírme, pero, justo en ese momento, se abrió la puerta interior.
El portero era un trasgo.
Nunca había visto uno antes, pero la palabra «trasgo» me surgió en la mente, como si tuviera un diccionario sobrenatural impreso detrás de mis ojos. Era muy bajito y tenía aspecto de ser muy gruñón, con una cara llena de protuberancias y manos muy grandes. Sus ojos destilaban fuego y maldad. Nos lanzó una mirada hacia arriba, como si lo último que necesitaran allí fueran clientes.
Me preguntaba qué persona normal querría meterse en el Josephine's tras el efecto acumulativo de la acera encantada, el vehículo que desaparece solo y el trasgo de la puerta… Bueno, supongo que algunos nacen entusiasmados de que alguien los mate.
– Señor Herveaux -dijo el trasgo lentamente, con una voz profunda y ronca-. Qué alegría volverlo a ver. ¿Y su compañera es…?
– La señorita Stackhouse -me presentó Alcide-. Sookie, te presento al señor Hob.
El trasgo me examinó con ojos brillantes. Parecía algo incómodo, como si no pudiese encajarme en la escena, pero al cabo de un momento se apartó y nos dejó pasar.
El Josephine's no estaba muy concurrido. Claro que era un poco temprano para las costumbres de sus clientes. Tras la extraña atmósfera del principio, la amplia sala se parecía decepcionantemente a cualquier bar. La propia barra estaba en el centro de la sala, un espacio cuadrado con un panel levadizo para que pudiera pasar el personal. Me pregunté si el propietario se habría tragado demasiadas reposiciones de Cheers. Los vasos pendían boca abajo de los colgadores. Estaba adornado con plantas artificiales y al tenue ambiente de luz contribuía una música no muy alta. Había taburetes esmaltados a intervalos regulares alrededor de la barra. A su izquierda, una pequeña pista de baile y, más allá, un diminuto escenario para las bandas o los disc-jockeys. A los otros tres lados del cuadrado podían verse las típicas mesas pequeñas, de las cuales apenas la mitad estaban ocupadas.
Entonces divisé un listado de ambiguas reglas colgadas en la pared, reglas diseñadas para ser comprendidas por los clientes habituales, y no tanto por los turistas ocasionales. «PROHIBIDO TRANSFORMARSE EN EL LOCAL», decía una escuetamente. Los licántropos y los cambiantes no podían transformarse mientras estuvieran en el bar; bueno, era comprensible. «PROHIBIDO CUALQUIER TIPO DE MORDISCO», decía otra. «PROHIBIDOS LOS APERITIVOS VIVOS», marcaba una tercera. Agh.
Había vampiros diseminados por el local, algunos en compañía de sus propios congéneres, y otros con humanos. Se celebraba una escandalosa fiesta de cambiantes en la esquina sureste del bar, donde se habían juntado varias mesas para dar cabida a la cantidad de asistentes. El centro de la fiesta parecía ser una mujer joven y alta, de pelo corto y brillante, constitución atlética y rostro largo y estrecho. Se enroscaba alrededor de un hombre cuadrado de su misma edad, que supuse sería de unos veintiocho años. El tenía los ojos redondos y la nariz chata, y el pelo de aspecto más suave que jamás había visto (casi tan fino como el de un bebé, tan ligero y rubio que parecía blanco). Me pregunté si sería una fiesta de compromiso y si Alcide sabía que iba a tener lugar. Su atención estaba definitivamente centrada en ese grupo.
Como era natural, no tardé en comprobar qué llevaban puesto las demás mujeres del bar. Las vampiras y las humanas que acompañaban a vampiros lucían un estilo comparable al mío. Las cambiantes no iban tan arregladas. La mujer del pelo negro, que había dado por sentado que era Debbie, vestía una blusa de seda dorada y pantalones de cuero muy ajustados con botas. Se rió ante algún comentario del rubio y sentí cómo el brazo de Alcide se ponía rígido bajo mis dedos. Sí, ésa debía de ser la ex novia, Debbie. Estaba segura de que su diversión había ganado enteros desde que vio entrar a Alcide.
«No es más que una zorra farsante», decidí en el tiempo que lleva chasquear los dedos, y me dispuse a actuar conforme a mi reflexión. El trasgo Hob nos condujo hasta una mesa vacía, desde donde gozábamos de una panorámica de la feliz fiesta, y me acomodó en una silla. Le hice un gesto de cortesía con la cabeza y me desenrollé el chal, lo doblé y lo colgué de una silla vacía. Alcide se sentó en la silla de mi derecha, para dar la espalda al rincón donde los cambiantes se lo estaban pasando tan bien.
Una vampira esquelética vino a tomar nota de lo que queríamos beber. Alcide me hizo un cortés gesto con la cabeza para que pidiera primero.
– Un cóctel de champán -dije, sin la menor idea de a qué sabría. Nunca me había molestado en prepararme uno en el Merlotte's, pero ahora estaba en el bar de otro y pensé que merecía la pena probarlo. Alcide pidió una Heineken. Debbie lanzaba no pocas miradas hacia nosotros, así que me incliné hacia delante y deshice un enredo en el pelo rizado de Alcide. Pareció sorprendido, aunque, evidentemente, Debbie no podía saberlo.
– ¿Sookie? -dijo, más bien dubitativo.
Le sonreí, no con mi sonrisa nerviosa, ya que, por una vez, no lo estaba. Gracias a Bill, ahora tenía un poco más de confianza sobre mi atractivo físico.
– Eh, soy tu cita de esta noche, ¿recuerdas? Actúo como tal -le dije.
En ese momento volvió la vampira espigada con nuestras bebidas, y brindé haciendo chocar mi copa con su botella.
– Por nuestra aventura conjunta -dije, y sus ojos se iluminaron. Bebimos.
Descubrí que me encantaban los cócteles de champán.
– Háblame más de tu familia -le pedí, pues disfrutaba escuchando su estruendosa voz. Tendría que esperar a que hubiera más humanos en el bar para empezar a oír los pensamientos ajenos.
Alcide empezó contándome lo pobre que era su padre cuando se metió en el negocio de los peritajes, y el tiempo que le había llevado prosperar. Me hablaba de su madre, cuando Debbie se levantó y vino hacia nosotros.
Era cuestión de tiempo.
– Hola, Alcide -ronroneó. Como él no la había visto acercarse, su fuerte rostro se estremeció-. ¿Quién es tu nueva amiga? ¿La has contratado para la noche?
– Oh, no sólo esta noche -dije con claridad, dedicándole una sonrisa que emparejaba a la perfección con su sinceridad.
– ¿En serio? -sus cejas describieron un arco más alto si cabe de lo que ya estaban.
– Sookie es una buena amiga -dijo Alcide, impasiblemente.
– ¿Ah, sí? -Debbie no lo creyó-. No hace tanto que me dijiste que no volverías a tener otra «amiga» mientras no pudieras tener… Vaya -sonrió.
Cubrí la enorme mano de Alcide con la mía y lancé a Debbie una mirada que lo decía todo.
– Dime -insistió Debbie, con los labios encrespados en una mueca escéptica-, ¿qué te parece la marca de nacimiento de Alcide?
¿Quién habría podido prever que estaría tan dispuesta a ejercer como la zorra que era? La mayoría de las mujeres tratan de ocultarlo, al menos, ante los desconocidos.
«La tengo en la nalga derecha. Tiene forma de conejo.» Vaya, qué mono. Alcide había recordado lo que le había dicho y me había lanzado directamente un pensamiento.
– Me encantan los conejitos -dije, sin perder la sonrisa, arrastrando la mano hacia la parte inferior de la espalda de Alcide para acariciar, con mucha delicadeza, la parte superior de su nalga.
Por un segundo vi pura rabia en la cara de Debbie. Estaba tan centrada, tan controlada, que su mente resultaba mucho menos opaca que la mayoría de los cambiantes. Estaba pensando en su novio búho, sobre lo malo que era en la cama con respecto a Alcide, aunque le sobraba la pasta y estaba dispuesto a tener hijos, lo cual no pasaba con Alcide. Y ella era más fuerte que el búho, podía dominarlo.