Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Por eso, cuando una predestinación se quiebra, tanto peor.
Sucedió de manera tan inesperada que se dijo, años después, que había sido una maldición. Y maldición parece, porque cayó como un rayo sobre un tallo verde.
Una mañana de domingo, un poco después de los Reyes de Mayo, Amparito -que ya tenía once o doce años pero no más- salió temprano de su casa a comprar el pan. Llevaba una bolsa grande de tela, un monedero, un vestido suelto azul oscuro estampado con flores blancas muy pequeñas y unos zapatos rojos. Se recuerdan esos detalles, como suele suceder cuando acontece algo terrible. Apenas demoraba quince minutos en el recado, por ello la familia se inquietó un poco cuando transcurrió media hora sin que volviera. Otra media hora después, y el padre, que salió a buscarla, halló la bolsa de tela fláccida como una medusa muerta en una esquina; alguien encontró el monedero con el dinero intacto a la salida del pueblo; unos chavales descubrieron los pequeños cadáveres de los zapatos rojos en el camino del bosque; por fin, un cabrero advirtió, ahorcado en un árbol y vacío como la piel de un gato desollado, el vestido suelto azul oscuro estampado con flores blancas muy pequeñas.
La tarde del día siguiente, la guardia civil, alertada por la familia, sorprendió a Amparito caminando de regreso al pueblo, desnuda, descalza, hecha una maraña de bosque, tierra y sangre. Se mostraba tan feliz que creyeron que había enloquecido. La llevaron a una clínica, donde se confirmó lo que el padre más temía, y la interrogaron con suavidad para saber quién había sido, pero en vano. Ella lo contó más tarde, pero su cuento no tuvo lógica ninguna y nadie pudo entenderla, ni siquiera varios años después, cuando se descubrieron las cartas que escribía a escondidas de sus padres, destinadas Dios sabe a quién. Estas cartas se hicieron tan célebres que sus frases corrían de boca en boca, aunque cada vecino las recuerda de manera diferente. Juan, por ejemplo, repetía éstas:
«Me miraba como una fiera, como un demonio animal Su cabeza, cuajada de pelo espeso y negro como jamás fue la noche; sus mandíbulas fuertes como máscara de Rey de Mayo; sus labios de mujer hermosa, y sus ojos, ay Dios mío, que permites unos ojos como ésos».
Por las declaraciones fragmentarias de Amparo se supo que todo había comenzado con un carro de gitanos. Los gitanos solían trasladarse al alba de pueblo en pueblo, y aquel domingo Amparito vio pasar un carro con una familia gitana que se marchaba de Roquedal, y, asomado como una golondrina por el borde, un chavalín no mucho mayor que ella, un gitanillo desgreñado, que le causó no poca impresión. En otra carta escribía:
«Su mirar era de lobo. Un lobo negro y hambriento que los gitanos llevaban de aldea en aldea para mostrarlo y hacerse ricos, Pero no podían, porque, al verlo, mucha gente huía de miedo mientras que otros, como yo, se volvían locos y se dejaban comer. Así que los gitanos no ganaban dinero y tenían que huir de cada pueblo al que llegaban».
Pero después se supo que nadie había tenido la culpa, al menos al principio. Sucedió que Amparito vio pasar aquel carro y soltó la bolsa del pan, que aún estaba vacía, y se fue caminando tras él; y cuando lo perdió de vista echó a correr; y a la salida del pueblo dejó caer el monedero al suelo; y en el camino del bosque se desprendió de los maltrechos zapatos; y ella misma, o algún desconocido, colgó de la rama de un pino su precioso vestido de domingo. En otro párrafo de otra carta proclamaba este enigma: