Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
– Perfectamente.
– Los recuerdos son como el vino: apetecen de vez en cuando pero no se puede vivir de ellos.
– Es cierto -sonreí-. ¿Y las cartas de Amparito? ¿Las tendrá todavía su hermano?
Juan se ajustó las gafas sobre la nariz con un gesto delicado.
– Pregúntele, pero no lo creo. Es más: estoy seguro de que no, porque Matías también quiso olvidar pronto. Pero pregúntele, vayamos a que tenga alguna…
El niño de la farmacia asomó la cabeza por el pasillo -un rostro del color blancuzco de los botijos decorado con motas de acné-, inquiriendo sobre el paradero de cierto medicamento. Aproveché para despedirme.
Visité a Matías Mohedano en la droguería -hombre apacible y mesurado, de mirada grande, muy avejentado-, y accedió gustoso a enseñarme un cuaderno donde, según me dijo, había copiado con letra de colegial algunas de las frases de las cartas de su hermana -escribir y leer, siempre-, cuyos originales lamentaba no poseer. Con ellas y los recuerdos de Juan y Matías he reinventado a la Amparito de mi historia anterior.
Ahora bien, el enigma crece. ¿Qué quiere que piense de las leyendas de Amparo y Eulogia?
¿Existió usted hace cien años y escribió cartas de amor y de muerte a Eulogia? ¿Acaso también le escribió a Amparito y después la empujó por un terraplén en una noche lluviosa? ¿Fue usted quien la violó cuando tenía doce años? Hay algo que son cartas y algo que es un pañuelo blanco atado al cuello y algo más que es usted, una persona cualquiera, un listillo transmutado por la magia del pueblo y mi propia imaginación (que aún desgrana febrilmente la oscura prosa de Faulkner y medita en la trama de una novela que quizá nunca llegue a escribir). Es verdad que estoy elaborándolo, señor mío, y sospecho que lo único que me podría matar de usted sería comprobar que mi elaboración no es la correcta. Se me ocurre un cuento.
Brevísima historia policíaca
La víctima muere porque descubre que su asesino no es, ni fue nunca, como ella se lo imaginaba. Por tanto, su asesino no necesita matarla, y no es descubierto. Pero como su asesino no la mató, no se siente verdaderamente asesino. Para sentirse asesino, se entrega a la policía asegurando que fue él quien mató a la víctima. La policía no lo cree, y lo expulsa de la cárcel. El asesino, frustrado, se desespera porque tiene la íntima convicción de que la víctima no hubiera muerto sin él. Él no ha matado a la víctima, pero la víctima no hubiera muerto sin él. Entonces se suicida. Pero antes de morir piensa algo horrible: «Dios mío, la víctima me ha matado. La víctima es el asesino». Y muere.
Claro está que he visitado el cementerio. Todos terminamos en uno, y yo, además, necesitaba saber de alguna forma que las extrañas historias de Eulogia «la de la flecha» y Amparito eran reales. Quiero decir, no sus historias, que ya sólo son un conjunto de palabras, dos fábulas desarrolladas con las convenciones propias del género y por ende mentirosas, sino sus vidas de seres humanos, de mujeres que nacieron en Roquedal. Y como la mayor seguridad que poseemos en la vida es la muerte, nada mejor para cerciorarnos de que alguien ha existido que asegurarnos de que dejó de existir alguna vez. La visita, sin embargo, ha tenido otras consecuencias.
El cementerio
Si usted me vigilaba, sabrá que me atreví a salir este mediodía sin hacerle demasiado caso al sol de junio, que a esas horas tiene vigor, y crucé el pueblo en dirección a la carretera que llaman «del cementerio» y que es la única propicia para los automóviles. Ganas me entraron de desviarme y coger el viejo camino del bosque, pero decidí que era más prudente visitar antes la tumba de Amparito que tropezarme con su fantasma.
El paisaje, de improviso, dejó de ofrecerme casas blancas, y me encontré rodeada por terrenos de cultivo. Llevaba un ligero conjunto de blusa y pantalones de algodón y calzado deportivo, pero aun así comencé a sudar. El olor acre a estiércol de los campos no me pareció desagradable. El poliedro del cementerio se anunciaba desde lejos adornando un pequeño teso donde la carretera ejecuta un cambio de rasante: eran visibles la tapia acostada y pálida y las antorchas apagadas de los cipreses. De repente me pareció que no existía nada más que aquel cementerio y aquella soledad con la brisa abonada, el coro confuso de los insectos y mis propias pisadas. El mundo era eso; la carretera sólo servía para que yo la recorriese: era el camino que usted menciona, aquél por el que vamos ambos y en el que yo caeré muerta mientras las nubes se desplazan.