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Cartas de un asesino insignificante

Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:

Durante su solitaria estancia en el pueblo costero de Roquedal, una traductora, Carmen del Mar Poveda, recibe misteriosas cartas de un desconocido que le declara su intenci?n de matarla. Las cartas son abandonadas en el muro que rodea su casa y el desconocido exige una respuesta. Comienza as? un extra?o intercambio epistolar, un juego de acertijos y falsas soluciones, de identidades y espejos, en el que, inexorablemente, se imbricar?n las oscuras leyendas del pueblo, sus antiqu?simas fiestas populares y algunos de sus m?s enigm?ticos habitantes. Escrita en clave l?dica, siguiendo una estructura argumental que recuerda el juego m?ltiple de las cajas chinas, la novela aborda do manera brillante la idea de la muerte, ese asesino particular que siempre nos acompa?a como interlocutor privilegiado de toda la vida, al tiempo que presenta la escritura como met?fora y espejo del destino humano. Estimada se?orita. Voy a matarla y usted lo sabe, as? que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de v?ctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva rom?ntica.
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«¿Quién soy?, me pregunta el espejo. ¿Quizá la vida? Soy tu consorte real. ¿Quién me conoce? El señor que viene a besarme, ¿Quién es? El señor de la espada. ¿Qué quiere? Usar la balanza. ¿Por qué? Por justicia. Porque pequé. Pequé en el bosque, con un lobo joven. Y ahora viene, es justicia que venga, el señor de la espada, a usar su balanza».

La guardia civil se apresuró a arrestar a varios gitanos, pero no pudo saberse quién había estado con la niña aquella noche -si es que se trataba de uno de ellos- y le había hecho lo que le había hecho, pese a que muchos fueron condenados en juicios sumarísimos -para aplacar la ira paya- por otros cargos que nada tenían que ver con lo sucedido. El caso nunca se cerró; menos aún el dolor de los padres.

Amparito, sin embargo, parecía feliz, pero su dicha -en el sentir de Juan, que la recordaba- era como la de los gatos, «vuelta hacia dentro, como una lámpara cubierta por un paño negro que sólo iluminara para ella misma». Y añadía: «Ahora imagínese que a ese paño le cortamos dos agujeros: así fueron los ojos de Amparito desde entonces». Se dice que su abuela paterna se asomaba al fanal de aquellos ojos íntimos y repetía un desagradable estribillo:

– Los hombres son malos, pero la Natura es peor.

Y lo repetía día tras día, sin hacer caso de Matías, el padre, que le rogaba que se callara, que ya era suficiente tragedia como para que ella viniese a glosarla.

Sucedió otra amargura: Amparito, a partir de la noche del bosque, rechazó por completo la compañía de Javier, su gran amigo, su predestinado. Al principio, como es natural, lo que le importaba a todo el mundo era que ella se recuperara, así que nadie percibió el cambio, menos aún el interesado, que dicen que decía después que la veía rara con él, pero lo atribuía a la terrible experiencia por la que había pasado. Sin embargo, transcurrido un año, ya no había quien no lo supiese: la niña rehuía a Javier e inventaba mil excusas para eludirlo; pronto, ni siquiera hicieron falta las excusas; y por fin Javier experimentó la tristeza inmensa de comprobar que ella no necesitaba eludirlo para ignorarlo.

Amparo creció, regresó a la escuela -que había abandonado debido a lo ocurrido-, siguió siendo amable v buena con todo el mundo y aprendió mucho y bien, porque era una chica inteligente. Incluso se dice que frecuentó algo a los chavales, pero, eso sí, siempre lejos de Javier, que padeció en silencio aquel incomprensible desdén. Y una tarde -ella tendría diecisiete o dieciocho años, pero no más- la madre la sorprendió escribiendo en su cuarto, sobre la cama, y advirtió su esfuerzo por ocultar el papel.

– ¿Qué haces? -le preguntó.

– Le escribo a mi novio.

Así se llegaron a conocer las cartas, que la propia familia difundiría años después, asombrada por el misterio. Pero nadie sabía quién era el afortunado ni desde cuándo se conocían, y ante las preguntas de sus padres la chica contestaba nimiedades o leves sonrisas, como si un amigo secreto le hubiera aconsejado: punto en boca. Si acaso, sus ojos se prendían más con la llama que había empezado a arderle la noche del bosque y que ya no se había apagado nunca, y zanjaba el tema afirmando que su novio era cosa suya y que sólo se relacionaban a través de aquellas cartas. Fue entonces cuando la abuela, la madre de Matías, muy vieja y muy enferma, comenzó a decir:

– La rondan.

Matías protestaba, pero lo mismo murmuraban los más viejos cuando la veían pasar, incluso antes de verla, incluso después de haberla visto, como si olieran su olor desde lejos:

– La rondan a la Amparito.

– La rondan.

– La rondan.

Su padre no pudo aguantar más, temeroso de una nueva tragedia y resolvió desordenar los papeles de su cuarto hasta dar con las misteriosas cartas; pero no pudo hallar las de su novio, ésas no, sólo las de puño y letra de su hija, que escribía muy bien. En otra decía:

«Hay algo que rodea mi cuello. Un garrote vil que estrecha mi vida. Hay algo que eres tú, unas veces mujer, otras hombre, otras mujer y hombre, siempre hermoso y hermosa, siempre hermosa y hermoso, que vienes a pedirme el cuerpo en matrimonio con tu espada y a medir mis pecados terribles con tu balanza, Ven, porque hice daño. Ven, porque gocé. Ven, porque gocé del daño. Ven, que visto mi desnudo blanco. Ven, que mis cabellos son un velo de luto. Ven, que la boda es en el bosque. Ven, que las campanas te llaman».

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