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Cartas de un asesino insignificante

Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:

Durante su solitaria estancia en el pueblo costero de Roquedal, una traductora, Carmen del Mar Poveda, recibe misteriosas cartas de un desconocido que le declara su intenci?n de matarla. Las cartas son abandonadas en el muro que rodea su casa y el desconocido exige una respuesta. Comienza as? un extra?o intercambio epistolar, un juego de acertijos y falsas soluciones, de identidades y espejos, en el que, inexorablemente, se imbricar?n las oscuras leyendas del pueblo, sus antiqu?simas fiestas populares y algunos de sus m?s enigm?ticos habitantes. Escrita en clave l?dica, siguiendo una estructura argumental que recuerda el juego m?ltiple de las cajas chinas, la novela aborda do manera brillante la idea de la muerte, ese asesino particular que siempre nos acompa?a como interlocutor privilegiado de toda la vida, al tiempo que presenta la escritura como met?fora y espejo del destino humano. Estimada se?orita. Voy a matarla y usted lo sabe, as? que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de v?ctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva rom?ntica.
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Y en otra, este verso íntegro:

«Troqué los amores blancos por el placer zarzal. Coseché el pan del verano en una sola espiga negra. En una sola espiga negra, todo el pan. Troqué los amores blancos por el placer zarzal».

Matías, aliviado -porque la realidad lo acobardaba más que las visiones-, se alegró de comprobar que el supuesto «novio» de su hija era un sueño adolescente, Pero las voces de los viejos, encaramados en las sillas e inmóviles como grajos, le inquietaban de continuo con advertencias malas:

– A la Amparito la rondan.

– La rondan.

Un día, la muchacha se encerró en su cuarto y no apareció hasta el anochecer. Y a su madre le costó trabajo reconocerla, porque se había pintado la cara como la de una ramera que acabara de morir y lucía un angosto vestido rojo, un pañuelo blanco al cuello y unos zapatos altos que nunca se había puesto.

– Amparo, así no sales a la calle -le dijo.

Pero su hija la ignoró y ella no se atrevió a insistirle, ya que algo en su mirada le hizo comprender que sería inútil toda palabra. El viejo Matías y el hijo mayor se hallaban cerrando la droguería y no la vieron, pero fueron los únicos en no advertirla, porque Amparo se enseñoreó por las calles hasta bien entrado el anochecer, enfiló después hacia el bosque y regresó desafiante en las horas muertas de la madrugada. Matías, que, al tanto ya de su extravagancia, había estado buscándola -con el recuerdo puesto en aquella otra mañana espeluznante de domingo-, no quiso abrirle la puerta.

– No es mi hija -dijo, repugnado.

En cierto modo no le faltaba razón, porque durante aquella única noche la crisálida de niña candorosa y modales buenos había acabado de destrozarse, y una mujer de pelo muy negro y repeinado y rostro de duende había desplegado la envergadura de su oscuro cuerpo dentro de ella. Y lo que dijo aquella mujer no fueron poesías. Lo que dijo, vociferando en medio de la calle, perturbó más a la familia que su aspecto. Nadie recuerda muy bien las palabras -a diferencia de las cartas, y pese a que fueron escuchadas por muchos-, pero Juan tradujo algunas:

– ¡Miradme! ¡Soy yo! ¡Qué miedo puedo daros, si soy yo! ¡Por qué cerráis las ventanas, si soy yo, que vengo del bosque!…

Una lluvia torrencial comenzó a enturbiar las aceras, pero la voz no se rompió bajo aquella perdigonada.

– ¡Qué os da miedo de mi cuerpo de mujer! ¡Qué os da miedo de mi carne!…

Dentro de la casa, a oscuras, los padres lloraban sin decir nada, como si velaran su defunción. Sólo la abuela, sentada junto a la ventana, era capaz de hablar:

– Oye cómo la rondan -repetía, como señalando relámpagos.

Algunos cuentan que la voz no cesó; que se desgarró hasta hacerse vieja pero siguió oyéndose cuando la garganta ya no estaba. Y siempre los mismos gritos, u otros más extraños:

– ¡Qué os da miedo del amor de mi muerte, si ya he conocido el amor de mi vida!

La hallaron al día siguiente. La tormenta había borrado las huellas pero se sospechó que había regresado al antiguo camino del bosque. Y sus zapatos perdidos, su vestido roto y el cuajaron de su pañuelo embarrado fueron los rastros que condujeron a la sorpresa temible de su cuerpo, que se hallaba al fondo de un pequeño terraplén con los brazos separados y las manos abiertas. La máscara pintada del rostro, que la lluvia y la muerte habían convertido en una atrocidad, sonreía como preparada para recibir un beso. Se había tronchado el cuello al caer. Su muerte se achacó a un accidente de su locura.

Y esto es todo lo que se sabe sobre Amparo Mohedano.

– ¿Y qué ocurrió con Javier, su predestinado? ¿Sigue en el pueblo?

– Pues no. Se marchó a estudiar a la capital hace mucho tiempo. Creo que es abogado, si es que no ha muerto ya. Nunca volvió a Roquedal, ni siquiera cuando falleció su padre, lo cual no me parece bien, dicho sea de paso. Aunque quizá haya hecho bien al no venir, no sé si me entiende lo que le digo…

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