Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
– La muerte la ronda a la Eulogia y no quiere rivales.
Siguió viviendo de su labor, encerrada en la misma casa antigua y rota en que había crecido. Envejeció, y llegó el tiempo en que las leyendas murieron. Envejeció más, y llegó el tiempo en que sólo quedaban los viejos y las viejas para recordar, y los recuerdos no eran siempre los mismos. El resto, la gente que aún no había nacido ni soñaba con nacer cuando la leyenda nació -la mayoría de la gente de Roquedal-, consideraba a Eulogia una anciana algo chiflada, solitaria y silenciosa. Uno preguntaría por qué la llamaban «la de la flecha» y otro contaría gustoso la historia; y otro más, escuchándolo, objetaría:
– ¡Anda ya! Lo de la Eulogia no es una herida, hombre, es un lunar
Entonces, hace un año, la leyenda regresó. Porque las leyendas en Roquedal no desaparecen: se retiran como las olas, pero vuelven. Las viejas empezaron a comentarlo: que Eulogia «Ja de la flecha» se había hecho unos vestidos muy bonitos y salía a la calle con ellos, y con un pañuelo blanco al cuello y maquillada como si se sintiera joven. A la mayoría no le importó, pero los más viejos y las más viejas cruzaron los dedos y se santiguaron tres veces en nombre de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo, y rezaron tres avemarias al verla pasar.
Y un día inolvidable visitó a Fernando en la sacristía. No solía frecuentar los oficios, así que a él le sorprendió su presencia; más aún su aspecto, porque lucía un vestido azul pavonado y un pañuelo blanco al cuello; pero, sobre todo, su sonrisa, porque sonreía «como los mártires torturados de los cuadros antiguos»; elevaba los ojos como una ciega de nacimiento y curvaba los labios como una guadaña de segador. Y aquel rostro maquillado, el cuerpo obeso y perfumado y la sonrisa pavorosa y perenne formaban un conjunto que, según Fernando, «daba cierto repelús».
– Vengo a pedirle un favor, don Fernando: léame esta carta de mi novio, que ya sabe usted que no sé leer.
Y agitaba un papel doblado y vuelto a doblar, tan arrugado como sus manos. El, para no enfadarla, accedió pensando: «Pobre mujer».Y no se sorprendió, desde luego, al comprobar que el papel no traía nada escrito: tan sólo una serie de garabatos juntos, como si un niño pequeño se hubiese dedicado a emborronarlo.‹‹Pobre mujer», volvió a pensar.
– ¿Qué dice, don Fernando? -se impacientó ella.
Apurado, no supo qué responderle.
– Y yo qué sé, Eulogia.;No me venga con estas cosas ahora!
Eulogia recobró el papel en silencio y se marchó envarada en su vestido azul, su maquillaje y su aroma a perfume. Murió dos noches después, sin hacer ruido. Roberto Torres, el médico de Roquedal, dijo que había sido el corazón, y que no era raro a su edad, y con lo gorda que estaba. Pero los más viejos y las más viejas murmuraron:
– La astilla.
Y esto es todo lo que se sabe sobre Eulogia Ramírez,
Me removí inquieta en el asiento. Reconozco que ciertos detalles de esta absurda historia -la supuesta «carta» de su «novio», el «pañuelo blanco al cuello»- me habían perturbado. Fernando, sin embargo, buscaba explicaciones naturales:
– Era una pobre mujer demenciada, pero en Roquedal de cualquier cosa nace un poema.
– ¿Y lo de la flecha?
Alguna base tendrá, pero vaya usted a saber cual.
Y ésa fue la conversación. Una cosa me queda clara: no creo que Fernando sea usted. No lo veo sentado en su «trono», escribiéndome cartas anónimas e imitando las que yo me escribía. Sin embargo, debo pensar que usted se ha valido de las habladurías sobre Eulogia para proponerme el juego del vestido y el pañuelo blanco. ¿Y la «carta del novio»? Curiosa casualidad.
Aún me quedan otras dos mujeres muertas: Fernando me ha dicho que Juan Hernández, el farmacéutico, puede hablarme mejor sobre Amparo Mohedano. Y resulta que Manolo Guerín, el inefable «solitario de la torre», conoció bastante bien a Francisca Cruz. Así que ya tengo el programa completo para estos días.
Con sus cartas, señorita, me está creando. Por favor, continúe elaborándome. Ilumine mi oscuridad desde lejos y dígase: «¡Hay algo, no sólo tinieblas!». Invente un diccionario con mis palabras: ¿cómo demostrar que es erróneo, si nadie más habla el mismo lenguaje? Mientras ambos aguardamos, por favor, dedíquese a creer que soy retorcido. Sueñe conmigo. Piense en mí cuando caiga la noche. Escúcheme en los ruidos leves de su casa solitaria. El miedo debe encarnarse para serlo, y para darlo.