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Cartas de un asesino insignificante

Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:

Durante su solitaria estancia en el pueblo costero de Roquedal, una traductora, Carmen del Mar Poveda, recibe misteriosas cartas de un desconocido que le declara su intenci?n de matarla. Las cartas son abandonadas en el muro que rodea su casa y el desconocido exige una respuesta. Comienza as? un extra?o intercambio epistolar, un juego de acertijos y falsas soluciones, de identidades y espejos, en el que, inexorablemente, se imbricar?n las oscuras leyendas del pueblo, sus antiqu?simas fiestas populares y algunos de sus m?s enigm?ticos habitantes. Escrita en clave l?dica, siguiendo una estructura argumental que recuerda el juego m?ltiple de las cajas chinas, la novela aborda do manera brillante la idea de la muerte, ese asesino particular que siempre nos acompa?a como interlocutor privilegiado de toda la vida, al tiempo que presenta la escritura como met?fora y espejo del destino humano. Estimada se?orita. Voy a matarla y usted lo sabe, as? que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de v?ctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva rom?ntica.
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– La muerte la ronda a la Eulogia y no quiere rivales.

Siguió viviendo de su labor, encerrada en la misma casa antigua y rota en que había crecido. Envejeció, y llegó el tiempo en que las leyendas murieron. Envejeció más, y llegó el tiempo en que sólo quedaban los viejos y las viejas para recordar, y los recuerdos no eran siempre los mismos. El resto, la gente que aún no había nacido ni soñaba con nacer cuando la leyenda nació -la mayoría de la gente de Roquedal-, consideraba a Eulogia una anciana algo chiflada, solitaria y silenciosa. Uno preguntaría por qué la llamaban «la de la flecha» y otro contaría gustoso la historia; y otro más, escuchándolo, objetaría:

– ¡Anda ya! Lo de la Eulogia no es una herida, hombre, es un lunar

Entonces, hace un año, la leyenda regresó. Porque las leyendas en Roquedal no desaparecen: se retiran como las olas, pero vuelven. Las viejas empezaron a comentarlo: que Eulogia «Ja de la flecha» se había hecho unos vestidos muy bonitos y salía a la calle con ellos, y con un pañuelo blanco al cuello y maquillada como si se sintiera joven. A la mayoría no le importó, pero los más viejos y las más viejas cruzaron los dedos y se santiguaron tres veces en nombre de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo, y rezaron tres avemarias al verla pasar.

Y un día inolvidable visitó a Fernando en la sacristía. No solía frecuentar los oficios, así que a él le sorprendió su presencia; más aún su aspecto, porque lucía un vestido azul pavonado y un pañuelo blanco al cuello; pero, sobre todo, su sonrisa, porque sonreía «como los mártires torturados de los cuadros antiguos»; elevaba los ojos como una ciega de nacimiento y curvaba los labios como una guadaña de segador. Y aquel rostro maquillado, el cuerpo obeso y perfumado y la sonrisa pavorosa y perenne formaban un conjunto que, según Fernando, «daba cierto repelús».

– Vengo a pedirle un favor, don Fernando: léame esta carta de mi novio, que ya sabe usted que no sé leer.

Y agitaba un papel doblado y vuelto a doblar, tan arrugado como sus manos. El, para no enfadarla, accedió pensando: «Pobre mujer».Y no se sorprendió, desde luego, al comprobar que el papel no traía nada escrito: tan sólo una serie de garabatos juntos, como si un niño pequeño se hubiese dedicado a emborronarlo.‹‹Pobre mujer», volvió a pensar.

– ¿Qué dice, don Fernando? -se impacientó ella.

Apurado, no supo qué responderle.

– Y yo qué sé, Eulogia.;No me venga con estas cosas ahora!

Eulogia recobró el papel en silencio y se marchó envarada en su vestido azul, su maquillaje y su aroma a perfume. Murió dos noches después, sin hacer ruido. Roberto Torres, el médico de Roquedal, dijo que había sido el corazón, y que no era raro a su edad, y con lo gorda que estaba. Pero los más viejos y las más viejas murmuraron:

– La astilla.

Y esto es todo lo que se sabe sobre Eulogia Ramírez,

Me removí inquieta en el asiento. Reconozco que ciertos detalles de esta absurda historia -la supuesta «carta» de su «novio», el «pañuelo blanco al cuello»- me habían perturbado. Fernando, sin embargo, buscaba explicaciones naturales:

– Era una pobre mujer demenciada, pero en Roquedal de cualquier cosa nace un poema.

– ¿Y lo de la flecha?

Alguna base tendrá, pero vaya usted a saber cual.

Y ésa fue la conversación. Una cosa me queda clara: no creo que Fernando sea usted. No lo veo sentado en su «trono», escribiéndome cartas anónimas e imitando las que yo me escribía. Sin embargo, debo pensar que usted se ha valido de las habladurías sobre Eulogia para proponerme el juego del vestido y el pañuelo blanco. ¿Y la «carta del novio»? Curiosa casualidad.

Aún me quedan otras dos mujeres muertas: Fernando me ha dicho que Juan Hernández, el farmacéutico, puede hablarme mejor sobre Amparo Mohedano. Y resulta que Manolo Guerín, el inefable «solitario de la torre», conoció bastante bien a Francisca Cruz. Así que ya tengo el programa completo para estos días.

* * *

Con sus cartas, señorita, me está creando. Por favor, continúe elaborándome. Ilumine mi oscuridad desde lejos y dígase: «¡Hay algo, no sólo tinieblas!». Invente un diccionario con mis palabras: ¿cómo demostrar que es erróneo, si nadie más habla el mismo lenguaje? Mientras ambos aguardamos, por favor, dedíquese a creer que soy retorcido. Sueñe conmigo. Piense en mí cuando caiga la noche. Escúcheme en los ruidos leves de su casa solitaria. El miedo debe encarnarse para serlo, y para darlo.

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