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Cartas de un asesino insignificante

Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:

Durante su solitaria estancia en el pueblo costero de Roquedal, una traductora, Carmen del Mar Poveda, recibe misteriosas cartas de un desconocido que le declara su intenci?n de matarla. Las cartas son abandonadas en el muro que rodea su casa y el desconocido exige una respuesta. Comienza as? un extra?o intercambio epistolar, un juego de acertijos y falsas soluciones, de identidades y espejos, en el que, inexorablemente, se imbricar?n las oscuras leyendas del pueblo, sus antiqu?simas fiestas populares y algunos de sus m?s enigm?ticos habitantes. Escrita en clave l?dica, siguiendo una estructura argumental que recuerda el juego m?ltiple de las cajas chinas, la novela aborda do manera brillante la idea de la muerte, ese asesino particular que siempre nos acompa?a como interlocutor privilegiado de toda la vida, al tiempo que presenta la escritura como met?fora y espejo del destino humano. Estimada se?orita. Voy a matarla y usted lo sabe, as? que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de v?ctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva rom?ntica.
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Peces abisales nadaron en mis ojos por el contraste con el resol exterior. Hallé la sacristía tras una puertecita marginal y me sorprendió comprobar que la habitación era espaciosa y había sido decorada con detalles de hogar. Fernando se ocupaba de atornillar una pequeña percha a la pared (parece imposible sorprenderlo inactivo; es un hombre que vive para perfilar el mundo), y ya no llevaba sotana sino una camisa abierta de manga corta, el espectro de una camiseta de tirantes y pantalones marrón oscuro; desde la puerta me rodeó su olor a colonia.

– ¿Se puede? -dije.

No vaciló un instante, como si me hubiese estado aguardando.

– ¡Doña Carmen! ¡Pase y siéntese, que acabo en seguida, mujer!

Una anciana etérea y bajita, una sombra reducida de mujer, doblaba los hábitos religiosos sobre una mesa. Me dedicó una breve miradita y continuó su labor en silencio. Tras concluir con la percha, Fernando despidió entre bromas a los monaguillos -escaparon como ratones de una habitación lateral-, envió a la anciana a por café y galletas, acercó una imponente silla de alto respaldo, se sentó y me regaló toda su atención. Es un hombre robusto que irradia poder por los cuatro costados. Su presencia siempre me parece insoslayable: si se quiere evitar, hay que huir. Aunque de baja estatura, aparenta haber sido esculpido en un solo bloque de piedra olivácea; los ojos los tiene vivaces, negros y compactos como aceitunas; las manos son herramientas de dedos cortos. La silla en la que se sentaba me pareció lo que él hubiera podido ser, de haber nacido silla: un objeto pesado y recio, muy ornamentado, con un respaldo tan grande que sobresalía a considerable altura por encima de su cabeza. Debió de advertir mi curiosidad, porque dijo:

– ¡Ya estoy en el trono! A esto lo llamo yo «el trono». -Dio dos palmadas en los brazos fuertes del mueble-. ¿Sabe cuántos años tiene? Échele años -me retó con un guiño.

– No lo sé.

– ¿Veinte? ¿Treinta? -insistió.

– Quizá treinta, ¿no?

Se incorporó, repentinamente ceñudo.

– ¡Cien! -exclamó- ¡No le miento: un siglo! ¿Qué le parece?

– Que está como nueva.

Sin duda fue la respuesta correcta, porque volvió a sonreír con afabilidad.

– ¿Verdad? Era el antiguo sitial del altar. Ahora tenemos otro menos ostentoso y más nuevo, ya sabe lo que le digo, pero no he querido tirar éste. Aquí me siento a leer todas las tardes y a preparar las homilías. Porque mi trabajo es muy parecido al suyo: escribir y leer.

La conversación derivó, inexorable, hacia mis actividades, y aproveché la oportunidad. Le expliqué que estaba recopilando datos sobre la gente del pueblo con vistas a una futura novela. Pareció entusiasmarse.

– Creo que la misa estaba dedicada hoy a una señora -dije-. ¿Murió hace mucho tiempo?

Advertí suspicacia en sus ojos luminosos.

– ¿Eulogia? Hace un mes justo.

Llegaron las galletas -también había magdalenas en un rincón del plato-y los cafés con leche. La anciana me entregó un enorme tazón donde nadaba la nata como un nenúfar. Fernando se rascó la cabeza:

– Es curioso que me pregunte por Eulogia -dijo-. Precisamente hay una leyenda sobre ella que podría inspirarle a un escritor cualquier cosa.

Me mostré interesada y empezó a hablar. Tenía razón: me contó algo completamente absurdo, pero que, ordenado y relatado con las convenciones típicas, podría transformarse en una narración breve. ¡Oh, poderoso espíritu de mi asesino Negro, cuánto le agradezco la mención de Eulogia en su última carta! Ahora bien, ¿qué misteriosa enseñanza debo extraer de este enigma? Aquí está, en síntesis y con algunas licencias poéticas, todo lo que me contó Fernando, y que quizá titule «La astilla» cuando lo vierta de verdad en literatura.

Historia de Eulogia Ramírez

Era hija de pescadores. A los cuatro años sintió el dardo del primer dolor: su padre murió en el mar durante una noche de olas imprevistas. Su madre no volvió a casarse ni a tener más hijos. En opinión del párroco, «eso deformó su crianza»: Eulogia no jugaba con las demás niñas; gustaba de caminar solitaria por la playa y, en los meses de verano, iba tan desnuda e indiferente como las gaviotas. Los viejos la recuerdan rara y hermosa como una concha, pero mucho más blanca. El cabello lo tenía largo y castaño -aunque estropajoso por la sal del mar- y la mirada hipnotizada y cruel. Apenas hablaba, y cuando lo hacía sus palabras eran tan hirientes que la gente añoraba su silencio. Parecía enfadada con la tierra, pero sobre todo con el mar, que se había tragado a su padre. Mientras caminaba por la playa a la hora más moribunda de sol, afilaba sus ojos de ámbar en dirección al horizonte, como retando al océano; y al acercarse una ola débil la pateaba con su piececito descalzo como a un perro vagabundo. A su madre le dijo un día:

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