Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
– Voy a hacerle daño al mar.
Cuentan que el Mediterráneo le tenía miedo, pero eso lo dicen de broma; lo que todo el mundo sabe es que le tenía odio, al menos tanto como ella a él, porque un día se tomó la revancha. Y lo hizo como muchos hombres hacen para vengarse de una mujer: enamorándola.
Una tarde, Eulogia regresó de la playa con una flecha clavada en el corazón. La punta se enterraba por completo en su pecho de niña de ocho años, pero por fuera sobresalía una vara larga y delgada como pata de cigüeña. La herida no derramaba una sola gota de sangre y los ojos de Eulogia no lloraban. Ni siquiera se quejaba: vino caminando desde la playa hasta su casa con aquellos andares de trance que tenía, desnuda como el aire, y aquel dardo de madera fina hundido como una banderilla en el lomo terso de un novillo; tan hundido -aseguran algunos- que poco faltó para que le asomara por la espalda. A su madre, que la recibió horrorizada, le dijo:
– Ha sido el mar.
Pero como si señalara desde lejos su cuerpo flechado y dijera: «Mira», o como si estuviera muerta. Sin embargo, después se supo que había sido uno de los niños que jugaban en la playa, más allá del espigón, y fabricaban jaras peligrosas con la madera de las barcas podridas para cazar gaviotas. Los viejos afirman, en efecto, que fue un niño.
Llegó el médico a toda prisa y se espantó no menos que la madre de hallarla tendida en el camastro de su habitación, boca arriba, con la flecha alta y vertical ondeando con su respiración como un junco a la orilla del río. El buen hombre comprendió que era inútil llevarla a un hospital, que en aquellos días se hallaban lejos y eran malos, porque el milagro era que siguiera viva. Y los viejos y las viejas cuentan que, tras una noche de parto difícil, desde el ocaso hasta el alba, el médico, ayudado por la madre y por otras personas que después murieron, pero también por otras mucho más jóvenes que aún no han muerto y todavía recuerdan -si bien el recuerdo es confuso y no siempre idéntico-, logró extraer por fin la larguísima saeta y curó la herida imposible, que a partir de entonces fue un lunar exacto y rojinegro bajo el pecho izquierdo de Eulogia.
Pasaron los años. Su pelo arreció en ondas hasta la cintura; el cuerpo se formó del todo y emergió la mujer que rebosaba dentro: plena, bien hermosa. Falleció su madre, su única familia, un poco antes de la guerra. Sabía coser y bordar, y su carácter repleto de silencio le ayudaba a pasar horas y horas frente a la labor y a no detenerse hasta terminarla. Esa virtud le procuró un poco de dinero. Las vecinas, amigas de su madre, le ayudaron. Tuvo un novio, o no exactamente eso: un chico que la quiso más que ninguno. Era pescador, y los viejos dicen que fue el mismo que, de niño, la había flechado en la playa durante un juego terrible, y ahora, arrepentido, la cortejaba. Una tarde, el chico le declaró su amor. Las viejas cuentan que Eulogia sonrió al replicar:
– Ya tengo novio.
El chaval, muerto de celos, quiso saber quién era el rival, pero ella no se lo dijo. De hecho, parecía que Eulogia habría deseado amarle, pero que, por hallarse comprometida con el otro, le resultaba imposible. Las vecinas, sin embargo, negaron la existencia de aquel amante desconocido. «Se ha vuelto loca», decían. El joven se desesperó, la insultó, la abandonó. Ella no dijo nada y lo dejó marcharse sin emoción. Sonreía mucho. Sonreía y miraba fijamente hacia un lugar que nadie veía, porque no era aquel punto que indicaban sus ojos. Las viejas cuentan que se quejaba de noche. Eran quejidos pero también gritos. Los atribuía a la flecha:
– Se me quedó una astilla dentro, y a veces la siento en el corazón.
Pero cuando el chico que la había cortejado apareció un amanecer flotando sobre las olas mansas de la playa, la piel como un ramo de violetas pisoteadas, los viejos fueron los únicos que dijeron: