Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Eh, amigo, ¿permite que le invitemos a una cerveza?
Baker volvió la cabeza. Era uno de los blancos, un tipo de baja estatura y pelo afro que parecía judío. Baker llevaba muchos años entrando y saliendo del mundo, pero tenía la certeza de que los blancos hacía mucho que habían abandonado aquel look tan cansado.
– Estoy a punto de marcharme -conteste Baker en tono amistoso-. Pero gracias.
En su vida anterior, tal vez se hubiera abierto la chaqueta para enseñar a aquel canijo la empuñadura de una pistola asomando por la cinturilla del pantalón. Una respuesta visual a su amable oferta acompañada de una mirada a algo que dijera: «No tengo sed.» Aquél era el Charles Baker antiguo. No era que hubiera dejado de gustarle joder un poco al personal de vez en cuando, pero no estaba dispuesto a que lo enchironasen automáticamente por llevar un arma de fuego.
Hubo una época en la que llevaba pistola a todas partes y las consecuencias no le importaban lo más mínimo. Tiempo atrás, cuando se quedaba en casa de una mujer a la que había conocido, en el número cuarenta y muchos, frente a Nannie Helen Burroughs, en el distrito Noreste, se levantaba por la mañana, se metía una pistola en el bolsillo, salía por la puerta y se iba a trabajar. Recorría las calles andando hasta que se tropezaba con personas que parecían débiles, mujeres y hombres mayores a los que podía intimidar y después robarles todo lo que llevaran encima. Se imaginaba a sí mismo como un animal bello y fuerte, como uno de esos guepardos que caminan por la sabana. Ir al trabajo con naturalidad, hacerlo que hacen los cazadores.
Aquello fue antes de su estancia más reciente en la cárcel. En la prisión federal de Pensilvania, para cuando llegó al final de aquella última y larga condena, ya había dado el paso a la madurez. Sí, todavía levantaba pesas y hacía las flexiones de siempre en su celda. Seguía mirando a los hombres a los ojos y caminando con altivez. Pero no cabía duda de que la edad le había caído encima y le había hecho bajar el pistón. Cuando quedó en libertad, su plan consistía en que no tenía ningún plan, lo mismo que le había sucedido muchas veces anteriormente, pero esta vez, el no tener un mapa de carreteras lo asustó. Se dio cuenta de que el físico y la falta de miedo de su juventud ya no iban a sostenerlo al andar por el mundo. No sentía el menor deseo de llevar una vida convencional, pero fue capaz de mirarse al espejo y comprender que tenía que cambiar de estrategia. Se convertiría en jefe. Se valdría de sus artimañas y de su encanto para obligar a otros a hacer lo que él ya era demasiado mayor para hacer.
Iba a tener que buscar a varios chavales jóvenes y ponerlos a trabajar. No le resultaba difícil enganchar a los cachorros. Aunque su reputación había muerto con los que estaban desaparecidos o en la cárcel, cualquiera podía mirar sus ojos color avellana, que habían perdido toda luz, y ver que hablaba en serio, no con aquel aire sentimental de tipo pasado de moda pero todavía guay que se les concedía a los tíos canosos y a los raperos cansados. Él iba en serio.
En aquel momento sonó su teléfono móvil de usar y tirar.
– Sí, ¿dónde estás? -dijo Baker.
– Yendo para donde estás tú -dijo el blanco, Cody.
Baker cerró el teléfono.
Delante de Leo's se detuvo un Mercury Marauder de color negro. Charles Baker dejó sobre la barra un billete para pagar la cerveza y una magra propina, y salió a la escasa luz diurna que quedaba en el exterior del local. Cruzó la acera esquivando a uno de esos benefactores que sacan a un perro de las dependencias de la Sociedad Protectora de Animales y se subió al espacioso asiento trasero del coche.
Al volante del Mercury iba sentado Deon Brown, y a su lado, Cody Kruger. Deon miró por el espejo retrovisor y Baker le estudió fijamente la mirada. Se había tomado la pastilla, lo cual era buena cosa.
– Vámonos, chaval -dijo Baker.
Deon se apartó del bordillo de la acera, dio vuelta al Marauder en medio de Georgia y enfiló en dirección sur.
La Trice Brown era propietaria de un adosado dúplex situado en Manor Park, un vecindario de clase media que había al este de Georgia, cerca de la comisaría de policía del distrito n.° 4. Estaba de pie en su dormitorio, ubicado en la planta de arriba, junto a la ventana que daba a Peabody Street, con la vista fija en el coche del que se estaban apeando su hijo Deon, el amigo de éste, Cody, y Charles Baker. Al observar a Charles, oyó dentro de la cabeza aquella vocecilla que suplicaba: «Por favor, que sea bueno».
Trabajaba de asistente administrativa para el Departamento de Trabajo. Procedía de una familia fuerte que tenía raíces en el sureste. Llevaba casi veinte años en aquel empleo de funcionaria, asistía a la iglesia con regularidad y había sido una buena madre para Deon y su hija mayor, La Juanda, que actualmente se había casado y marchado de casa. En su vida todo iba bien salvo una cosa: que siempre se había liado con hombres malos. Había muchas mujeres que de jóvenes se sentían atraídas por hombres temerarios. La mayoría superaba dicha atracción y aprendía, pero no había sido el caso de La Trice Brown.
El padre de Deon había muerto, le pegaron un balazo en la cara muchos años atrás en una fiesta que se celebraba en Baltimore en honor de no se sabía quién. El padre de La Juanda fue un error de dos meses, un estafador al que dejó tirado en la estación de autobuses igual que uno deja ropa sucia en un refugio para los sin techo. El último error de La Trice era Charles Baker.
Para ser justa, cuando se conocieron parecía un hombre bueno, incluso un caballero. La abuela de La Trice, L'Annette, se había registrado con carácter permanente en la residencia para ancianos de Penn-Branch, pues padecía de Alzheimer avanzado y de vejez sin más. Cuando La Trice iba a verla, a veces hablaba con el señor Baker, uno de los encargados de la limpieza. Aunque aquel hombre tenía algo que sugería una especie de filo violento, siempre era educado y le preguntaba por su abuela, y le decía que él se aseguraría de que la «ancianita» estuviera cómoda durante su turno de trabajo.
Le sacaba a ella más de diez años, pero era atractivo, tenía la cabeza afeitada y unos ojos verdosos que le recordaban a aquel actor de cine que hacía de proxeneta con corazón de oro. Para ella, la cicatriz de la cara no estropeaba nada, sino que le daba carácter. Él le había contado sin ambages que había tomado algunas decisiones erróneas en la vida y que actualmente se encontraba en libertad condicional. Ella respondió que creía en la redención y en las segundas oportunidades. Una vez más, estaba actuando como una ciega.
La Trice le había comprado a su abuela un frasquito de perfume como regalo de cumpleaños, y un día, mientras estaba sentada con ella en la habitación, se dio cuenta de que dicho perfume no estaba sobre la cómoda en la que la señorita L'Annette guardaba sus objetos más preciados. Se lo comentó al señor Baker, el cual le dijo que iba a encargarse del asunto. En la siguiente visita, La Trice descubrió que el perfume estaba de nuevo sobre la cómoda. Encontró al señor Baker empujando una mopa y un cubo por el pasillo.
– ¿Ha sido usted? -le preguntó La Trice.
– Yo me he encargado de ello -contestó el señor Baker-. Una de las enfermeras, la haitiana, creía que había sido muy astuta. Ya no volverá a robar más cosas a las abuelas.
– ¿Cómo ha hecho para recuperarlo?
– Pues verá, le he enseñado a esa jovencita el error que cometía haciendo esas cosas.
El señor Baker invadió su espacio personal, se irguió sobre ella, poderoso. Ella era una persona menudita, y él era muy alto.
– Gracias, Charles.