Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Estoy esperando a mi novia. Matando el tiempo. -Monroe alargó la mano para coger algo de la encimera, y Peggy le dio un leve cachete en la mano-. Qué buena pinta tiene eso.
– Es tarta de queso Marionberry.
– Menudo nombre.
– ¿Quieres un café?
– No, estoy bien así. -Monroe se pasó un dedo por su fino bigote negro-. Oye, ¿quién era ese tipo que acaba de salir de aquí, el que llevaba una camisa blanca y pantalón de trabajo?
– El dueño de un restaurante que hay en el centro, en Connecticut con N. Todas las tardes, de camino para su casa, nos trae algún postre.
– ¿Sólo para demostrarnos su solidaridad, o algo así?
– Perdió un hijo en Iraq.
Monroe hizo un gesto de asentimiento.
– Se llama Alex Pappas -dijo Peggy.
– Pappas.
Alex Pappas era como se llamaba aquel chico. Sabía que Pappas era la versión en griego de Smith o Jones. Aun así, estaba lo del ojo, y esto despejó cualquier duda al respecto. El chico debió de quedarse con aquella marca para toda la vida. Ya se había encargado Charles Baker de que así fuera.
– ¿Lo conoces? -preguntó Peggy.
Monroe no respondió. Estaba pensando.
Capítulo 8
Charles Baker estaba sentado en Leo's, un bar de barrio que había en Georgia Avenue, cerca de una callecita ajardinada de Shepherd Park. Sobre la barra de madera que tenía delante descansaba una jarra de cerveza de barril con la que ya llevaba un rato. Estaba leyendo un periódico y esperando a que vinieran a buscarlo.
Baker se leyó el Washington Post de cabo a rabo. Hacía lo mismo todos los días. Aunque de joven no había abierto ni un libro ni un periódico, en la cárcel había adquirido la costumbre de leer. Y se había convertido en un vicio.
Una sección que se saltaba era la de las ofertas de trabajo. Con su historial, no existía ninguna razón de peso para solicitar un empleo que viniera acompañado de plan de pensiones, seguro médico o algún futuro. Ya se conocía aquella cantinela: presentarse a entrevistas, percatarse acertadamente los empresarios de que él no era el tipo apropiado para aquel trabajo, con aquella cicatriz en la cara que le complicaba las cosas y llevando encima en todo momento aquel mal olor que despedía su vida. Cuando llegaba el momento de explicar la experiencia con que contaba, mencionaba sus condenas por delitos graves y sus estancias en prisión, porque estaba obligado a mencionarlas. Además, le gustaba inquietar un poco a los tíos convencionales.
«Para ser justo, he de informarlo de que hay muchas personas que solicitan este mismo puesto» (gente que no tiene antecedentes penales). «Muchas de ellas están sumamente cualificadas» (cuentan con estudios más allá de décimo curso, a diferencia de ti). «Parece usted una buena persona» (me das miedo). «Ya lo llamaremos» (ni por lo más remoto).
En ocasiones a Baker le entraban ganas de echarse a reír a carcajadas en aquellos despachos, pero se contenía. Era un buen chico. Por fuera.
De todas maneras ya tenía un trabajo, un empleo de media jornada que le había buscado su agente de la condicional. Tenía que ver con bacinillas, pañales manchados de cacas, bolsas de basura y mopas, pero estaba en libertad condicional, de modo que tenía que trabajar en algo. Formaba parte del equipo de limpieza de una residencia de ancianos que había en Penn-Branch, saliendo de Branch Avenue, en el distrito Sureste. Tenía un acuerdo con el tipo con el que trabajaba, una variedad de africano que se encargaría de cubrirlo cuando no acudiera al curro y de asegurarle a la agente de la condicional que Baker se presentaba a trabajar con toda regularidad. El africano prefería que aquellas horas las aprovechara su hermano, al que acababa de sacar de la madre patria.
Fue en la residencia de ancianos donde Baker conoció a La Trice Brown. Y por medio de La Trice se juntó con su hijo Deon y con el amigo de éste, Cody. De forma indirecta, trabajar en aquel agujero de mierda había sido positivo para él.
– ¿Cómo se titula la canción y quién la compuso? Y no digas que fue Lou Rawls.
– Dame un segundo. Estoy pensando.
En el otro extremo de la barra había dos blancos de mediana edad que ya llevaban cuatro rondas de vodka. Habían estado hablando a voces de mujeres a las que afirmaban haberse tirado, de deportes que no habían practicado nunca y de coches que les gustaría tener. Ahora habían empezado a discutir sobre la canción que se oía en la máquina. Era una pieza de pop-soul con mucha música de cuerda. El vocalista tenía una voz suave que comenzaba en tono calmado y poco a poco iba ganando expresividad. En el momento culminante del tema, el cantante dio la impresión de ir a eyacular encima del micrófono. Baker conocía la canción, pero no le ponía nombre.
– Hang On In There, Baby, de Johnny Bristol.
– ¿De qué año?
– ¿Del setenta y cuatro?
– Es del setenta y cinco.
– Yo todavía estaba en la cuna.
– ¿Y la discográfica?
– La MGM.
– ¿Cómo lo sabes?
– Compré el disco de cuarenta y cinco revoluciones en Variety Records cuando era adolescente. Todavía me acuerdo del león.
– Supongo que sabrás de qué va esa canción, ¿no?
– De algo así como que no hay que dejar que el mundo nos decepcione.
– No, pedazo de idiota. Quiere decir: cuelga tu salchicha bien dura dentro de mí y no dejes que se ponga lacia.
– ¿Dentro de ti?
– Tú ya me entiendes.
– Pero si el que canta es un tío.
– Ya, pero le dice a una tía que aguante. Le dice: aguanta un poco, procura no correrte demasiado deprisa.
– ¿Y qué más da que ella se corra?
– Ahí te doy la razón.
Baker no miraba a los dos individuos ni les prestaba la menor atención. Ya iba por la sección de Negocios y estaba leyendo una de aquellas columnas que llevaban el encabezamiento «De cerca», en las que trazaban el perfil de una persona de éxito del área de Washington. Edad, universidad en la que estudió, cónyuge, hijos, el último libro que había leído, gilipolleces parecidas. Fue en aquella misma columna cuando Baker se puso de nuevo al corriente de la trayectoria de su hombre, que había triunfado en la vida. No sólo era abogado, sino además socio de un bufete. Alardeando de que estaba muy «conectado» con los chavales de los barrios pobres del centro, había creado una fundación de caridad en el nombre de su familia, a través de la cual hacía «sustanciales aportaciones» a los fondos de becas para «alumnos afroamericanos» que deseaban estudiar en la universidad, pero necesitaban que «les tendieran una mano». A Baker le gustaría saber si aquel tipo pretendía obtener un cargo político o simplemente estaba intentando demostrar a sus amigos que obraba con sinceridad. Todo el mundo jugaba por interés de un modo o de otro.
El camarero de la barra, un individuo corpulento y de nariz poderosa, le preguntó si quería otra ronda. Baker puso la mano encima de la jarra y dijo que estaba servido. El camarero fue hasta el otro extremo y les preguntó lo mismo a los dos payasos. Ellos contestaron que sí y prosiguieron con su conversación.
– Oye, ¿has estado alguna vez en el Wardman Park?
– Estuve cuando era el Sheraton Park.
– El sábado por la noche tengo allí un asunto. Una boda, en el salón de cotillones que tienen.
– Ah, ¿sí?
– Hace tres años que no voy por allí. Pero, por así decirlo, tengo un historial en ese sitio.
– ¿Qué historial?
– Sexual.
– Ya empezamos.
– Lo que estoy diciendo es que allí eché el primer polvo, cuando tenía quince años.
– ¿Dónde, en el aseo de caballeros?
El camarero les estaba preparando las bebidas.
Baker pensó en la fotografía del tipo que había visto en el periódico. Se acordó del chico del juicio. Rubio, de hablar suave, lleno de remordimiento. El que tuvo suerte y salió corriendo. Ya no se parecía en absoluto a aquel chico. Cabello gris, bien vestido, aire distinguido. ¿No se sorprendería de encontrarse con su viejo amigo Charles?