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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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Darlene ejercía el derecho que tenía respecto de la radio sintonizando la emisora de la R amp;B que ponía música antigua, Soul Street, cuyo locutor era el legendario pinchadiscos de Washington Bobby Bennett, recordado por muchos como el Quemador Poderoso. Cuando Darlene se sentía generosa, cedía los derechos sobre la radio a los empleados hispanos, que compensaban el equilibrio de la plantilla. Tito Polanco, un energético joven de la República Dominicana que se las ingeniaba para realizar tanto la tarea de entregar pedidos como la de fregar los platos; Blanca López, platos fríos y sándwiches; y Juana Valdez, la camarera de la barra.

Alex sólo pedía que durante la hora punta sintonizaran la radio en alguna emisora en la que no se hablara. Cuando estaba ocupado las voces lo molestaban, y no hacían más que multiplicar el caos que reinaba en el local. El hijo mayor de Alex, John, había sugerido que en las horas punta pusiera música chill-out, que él consideraba «actual e intrincada». Para Alex era simplemente música instrumental, ligeramente hipnótica e inofensiva, e intrincada, sospechaba, sólo si uno estaba colocado. Pero John tenía razón; era una música de fondo perfecta para la hora punta del almuerzo.

– La música es muy importante en un local como el nuestro -dijo Alex, en un intento de justificar ante su mujer Vicki el gasto del aparato de radio por satélite mientras lo contemplaban en el establecimiento que tenía Radio Shack en su barrio-. No sólo para los clientes, sino también para los empleados.

– Si te apetece comprarla, cómprala -dijo Vicki, conociendo lo mucho que le gustaban los artilugios-. No es necesario que me convenzas a mí.

– Era por explicarte el tema -repuso Alex.

Los clientes repararon enseguida en la radio nueva y le gastaron bromas a Alex diciendo que había entrado en el nuevo siglo siete años después de que éste hubiera dado comienzo. Los empleados se entusiasmaron con la novedad y se pasaban el día entero discutiendo amistosamente acerca de qué emisoras sintonizar. Además de eso, el asesor fiscal de Alex, el señor Bill Gruen, le había dicho que podía desgravarse el gasto. Había sido una compra que merecía la pena y que había mejorado el negocio. Su padre la habría aprobado.

La hora punta estaba disminuyendo. Junto a la barra había varios clientes terminándose el almuerzo. Alex los conocía a todos, la composición de sus familias, de qué modo se ganaban la vida. Uno de ellos, un abogado llamado Herman Director, tomaba todos los días un embutido de hígado con pan blanco. Alex lo compraba en exclusiva para él, ya que rara vez lo pedía algún otro cliente. Al igual que la mantequilla, la cual también tenía a mano para un individuo corpulento y bigotudo que se llamaba Ted Planzos, era un artículo que estaba desapareciendo de la pantalla del radar culinario de Estados Unidos.

Alex estaba sentado en la banqueta situada detrás de la caja registradora. Había estado examinando el contenido del frigorífico con puerta de cristal, observando los pasteles y las tartas que quedaban y calculando lo que iba a llevar al hospital cuando se fuera a casa. Desde que se hizo cargo del negocio pedía a los proveedores cantidades extra, siempre más de lo que vendía, para que siempre sobrara algo al final de la jornada. Los soldados eran muy aficionados a la tarta de queso y a la de lima. Les gustaba lo suculento y lo dulce, cosa nada sorprendente, teniendo en cuenta que la mayoría de ellos eran poco más que unos críos.

– ¿Qué me debes? -dijo Dimitri Mallios, un tipo que llevaba mucho tiempo siendo abogado y mucho tiempo siendo cliente suyo, a la vez que se aproximaba a la caja registradora y ponía la nota de la consumición encima de la barra.

– Te debo siete y pico -contestó Alex casi sin mirar la nota. Sándwich de pavo con queso, lechuga, tomate y mayonesa, patatas fritas y una Coca light. Mallios acudía al local dos veces por semana, se sentaba en la misma banqueta si estaba desocupada y pedía el mismo sándwich y el mismo acompañamiento. Juana anotaba el pedido en el tablero en cuanto lo veía a través de la puerta de cristal bordear el parapeto flanqueado por sendas macetas. Antes de que se hubiera instalado en la banqueta, Blanca ya empezaba a fabricar el sándwich.

– ¿Todo bien? -dijo Mallios cuando Alex abrió la caja, colocó los billetes en sus respectivos cajetines y sacó el cambio.

– El negocio va como siempre -respondió Alex con un encogimiento de hombros-. Pero los nuevos propietarios van a subirme el alquiler.

– Tenías un buen contrato con Lenny Steinberg -dijo Mallios, que había representado a Alex y su padre en las negociaciones del alquiler desde que se fundó el negocio-. Ya nos ocuparemos de esa subida cuando llegue el momento.

– Muy bien, Dimitri.

– Tú estás bien, ¿no?-Esta vez Mallios le estaba mirando con seriedad; la pregunta no se refería al local, sino a la salud mental de él.

– Entacsí-respondió Alex con un leve gesto de la mano que pretendía restar importancia al asunto-. Todo va perfectamente.

Mallios asintió, dejó unos centavos para Juana y regresó al trabajo.

Darlene se acercó a la caja registradora caminando sobre las esteras de caucho, espátula en mano y canturreando por lo bajo. Llevaba un vestido rosa pálido y unas deportivas con la parte de atrás recortada.

– ¿Qué tal ha ido? -le preguntó Alex.

– El sándwich de pechuga de pollo ha ido como la seda. Al público le ha gustado la salsa de rábano. Fue idea de John.

– Está lleno de ideas.

– A propósito, ¿dónde está?

– Le he dicho que se tome el resto de la tarde libre. ¿A quién se le ha ocurrido añadir beicon?

– A mí. Con el beicon, todo sabe bien.

– Prepara tus pedidos para mañana, y ve a ver qué necesita Blanca.

– Blanca dice «No semo quedao sin canne en lata» -contestó Darlene con la idea que tenía ella de lo que era el acento español.

– Pon carne en lata en el pedido.

Alex miró a Tito, que estaba en la zona en que se fregaban los platos, apoyado sobre la barra y hablando con una mujer atractiva y de piernas largas que llevaba una minifalda y una chaqueta a juego. La mujer se había quitado las gafas, lo cual quería decir que Tito le había caído bien. Tito era un joven apuesto y de ojos negros y profundos, movimientos fluidos y atléticos y una gran dosis de encanto. Lanzaba miradas a muchas de las clientas que entraban por la puerta, y aunque rara vez tenía éxito, eran pocas las que se sentían ofendidas. Por lo visto, no les importaba que el chico tuviera diecinueve años o que se ganara la vida fregando platos. Tito exudaba un resplandor masculino, y era muy consciente de ello. Le encantaba venir a trabajar.

– ¿Se puede saber qué está haciendo Tito? -preguntó Alex con una mezcla de irritación y admiración en la voz.

– ¿Quieres decir que no lo sabes?

– Ese chico es un salido.

– Es joven -replicó Darlene-. ¿No te acordabas?

– Ella debe de sacarle diez años.

– ¿Y? Para ti eso nunca fue un obstáculo.

– No hace falta que te vayas tan lejos.

– ¿No te acuerdas de aquella secretaria que trabajaba en la calle Diecinueve, cuando tú tenías la edad de Tito? No eras más que un crío, y ella tenía, ¿cuántos, treinta y dos?

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