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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—En el diario hay cierta noticia interesante —anunció.

—¿Aja? —Mellyora siempre evidenciaba interés. Con frecuencia me decía: "Pobre Kelly, no encuentra mucha diversión en la vida. Qué disfrute de sus honorables y de sus nobles."

—Habrá una boda allá en el Abbas. Mellyora no dijo palabra.

—Sí —prosiguió la señorita Kellow, en aquel modo suyo, enloquecedor y lento, indicando que deseaba mantenernos en suspenso el mayor tiempo posible—. Justin Saint Larston está comprometido para casarse.

No imaginaba que pudiera yo sentir tan agudamente el pesar de otra persona. Al fin y al cabo, no era cosa de mi incumbencia con quién se casara Justin Saint Larston. Pero, ¡pobre Mellyora, que había abrigado tantos sueños! También de estoy pude yo aprender una lección. Era un desatino soñar, salvo que se hiciera algo por lograr que un sueño se hiciese real. Y ¿qué había hecho jamás Mellyora? ¡Solamente sonreírle atractivamente al pasar ellos; vestirse con especial cuidado cuando la invitaba a tomar el té en el Abbas! Cuando mientras tanto él la veía como a una niña.

—¿Con quién se casará? —preguntó Mellyora, hablando con mucha claridad.

—Pues, parece extraño que se lo haya anunciado en este preciso momento —continuó la señorita Kellow, todavía deseosa de retrasar el desenlace—, con Sir Justin tan enfermo y propenso a morir en cualquier momento. Pero es posible que sea ésa precisamente la razón.

—¿Quién? —repitió Mellyora.

La señorita Kellow ya no pudo seguir ocultándolo.

—La señorita Judith Derrise —dijo.

Sir Justin no murió, pero quedó paralizado. Nunca volvimos a verlo ir de caza a caballo, o a pie hacia el bosque, con su escopeta sobre el hombro. El doctor Hilliard lo visitaba dos veces por día, y la pregunta más frecuente en Saint Larston era: " ¿Sabe cómo se encuentra él hoy?"

Todos preveíamos su muerte, pero él seguía viviendo; y entonces aceptamos el hecho de que no iba a morir todavía, aunque estaba paralizado y no podía caminar.

Después de haber oído la noticia, Mellyora se fue a su cuarto y no quiso ver a nadie… ni siquiera a mí. Dijo que le dolía la cabeza y quería estar sola.

Y cuando por fin entré, la hallé muy sosegada, aunque pálida. Lo único que dijo fue:

—Es esa Judith Derrise. Es una de las sentenciadas. Traerá el desastre a Saint Larston. Eso es lo que me preocupa.

Entonces pensé que ella no habría podido gustar seriamente de Justin. Él no era más que el centro de un sueño pueril. Yo había imaginado que sus sentimientos por él eran tan intensos como los míos por elevarme de la categoría en la cual había nacido. Pero no podía ser así. De lo contrario, a ella le habría dado lo mismo, con quienquiera que él hubiese dispuesto casarse. Eso pensaba yo, y me parecía bastante juicioso.

* * *

No había motivo para que se demorase la boda, que tuvo lugar seis meses después de que viésemos el anuncio.

Alguna gente de Saint Larston fue a la boda en la iglesia de Derrise. Mellyora estaba nerviosa, preguntándose si ella y su padre recibirían invitación, pero no tenía motivos para preocuparse. No hubo ninguna.

Pasamos el día de la boda juntas, sentadas en el jardín, y estábamos muy solemnes. Era algo así como esperar a que alguien fuese ejecutado.

Oíamos noticias a través de los criados, y se me ocurrió pensar qué buen sistema de espionaje teníamos. Los criados del rectorado, los del Abbas y los de la finca Derrise formaban una camarilla y así las noticias eran trasmitidas y circulaban.

La novia lucía una magnífica túnica de encaje y terciopelo; muchas novias de la familia Derrise habían llevado puesto su velo y su ramo de azahar. Me pregunté si la que viera al monstruo y enloqueciera habría llevado puesto ese velo. Cuando se lo mencioné a Mellyora, ésta repuso:

—No era una Derrise, sino una forastera. Por eso no sabía dónde estaba encerrado el monstruo.

—¿Viste a Judith? —inquirí.

—Una sola vez. Ella estaba en el Abbas y los Saint Larston daban una de sus recepciones. Es muy alta, muy delgada y bella, con cabello negro y grandes ojos oscuros.

—Al menos es bella, y supongo que ahora los Saint Larston serán más ricos, ¿no es cierto? Ella tendrá una dote.

Mellyora se volvió hacia mí. Estaba furiosa, lo cual era insólito en ella. Me tomó por los hombros y me sacudió diciendo:

—Deja de hablar de riquezas. Deja de pensar en ellas. ¿Acaso no hay nada más en el mundo? Te digo que ella traerá el desastre al Abbas. Está sentenciada, como todos ellos.

—Eso a nosotras no puede importarnos.

Tenía los ojos ensombrecidos por algo parecido a la furia.

—Son nuestros vecinos. Por supuesto que importa.

—No veo por qué. Ellos no se interesan por nosotros, ¿por qué interesarnos nosotros por ellos?

—Son mis amigos.

—¡Amigos! No se molestan mucho por ti. Ni siquiera te invitaron a la boda.

—Yo no quería ir a la boda de él.

—No por eso está bien que no te hayan invitado.

—Oh, Kerensa, cállate ya. Jamás volverá a ser igual, te lo aseguro. Nada volverá jamás a ser igual. Todo ha cambiado, ¿no te das cuenta?

Sí, me daba cuenta. No había cambiado tanto como que estaba cambiando; y la razón era que ya no éramos niñas. Pronto Mellyora tendría diecisiete años, y yo los tendría pocos meses más tarde. Nos peinaríamos alto y seríamos jovencitas. Estábamos creciendo; ya estábamos pensando con nostalgia en los largos días soleados de la niñez.

* * *

La vida de Sir Justin ya no estaba en peligro, y su hijo mayor había llevado una esposa al Abbas. Era el momento de celebrar y los Saint Larston habían decidido ofrecer un baile. Tendría lugar antes de finalizar el verano y se esperaba que la noche fuese cálida, para que los invitados pudieran disfrutar de la belleza de los terrenos, tanto como de los esplendores de la casa.

Se enviaron invitaciones; hubo una para Mellyora y su padre. Los recién casados habían ido de luna de miel a Italia y el baile era para celebrarlo a su regreso. Sería un baile de máscaras, una grandiosa celebración. Oímos decir que era deseo de Sir Justin, quien no podría participar, que se efectuase el baile.

No estaba yo muy segura de lo que pensaba Mellyora acerca de la invitación; parecía variar entre el entusiasmo y la melancolía. Al crecer, cambiaba; antes había sido tan serena. Yo estaba envidiosa y no podía ocultarlo.

—Ojalá pudieras venir tú, Kerensa —me decía—. Oh, cuánto me gustaría verte allí. Esa vieja mansión significa algo para ti, ¿verdad?

—Sí —repuse—, una especie de símbolo.

Ella movió la cabeza, asintiendo. Era frecuente que nuestros espíritus armonizaran y no tuve que explicárselo. Durante algunos días anduvo de un lado a otro con pensativo ceño, y cuando yo mencionaba el baile, se encogía de hombros con impaciencia, haciendo a un lado el tema.

Unos cuatro días después de recibida la invitación, salió del gabinete de su padre con grave expresión.

—Papá no está bien —dijo—. Hace un tiempo que lo sé.

También yo lo había sabido; su piel parecía tornarse más amarilla cada día.

—Dice que no podrá ir al baile —continuó ella.

Yo me había estado preguntando qué clase de ropa se pondría, pues era difícil imaginárselo, salvo como párroco.

—¿Significa eso que no irás? —Imposible ir sola.

—¡Oh… Mellyora!

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