La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Claude puede que sea sordo, mudo y ciego, pero no es un santo ni un mártir. La palabra adulterio es muy fea. Ha llegado el momento de poner fin a esto, pensó Annette; de poner fin a lo que nunca había comenzado.
Recordaba un par de ocasiones en que creyó hallarse de nuevo en estado, antes de que Claude y ella decidieran dormir en habitaciones separadas. Tenía la sensación de estar embarazada, pero luego le vino la regla y comprendió que no lo estaba. Durante un par de semanas había pensado en la criatura, hasta había empezado a quererla. Pero todo había terminado bruscamente. Sin embargo, seguía pensando en la criatura. ¿Tendría los ojos azules? ¿A quién de los dos se habría parecido?
Por fin había llegado el día. Annette estaba sentada ante su tocador mientras su doncella la peinaba.
– Así no -dijo Annette-. Ese peinado no me sienta bien. Me hace vieja.
– ¡Ni mucho menos! -contestó horrorizada la doncella-. Nadie diría que tiene más de treinta y ocho años.
– No me gusta aparentar treinta y ocho años -replicó Annette-. Prefiero un número más redondo. Digamos treinta y cinco.
– O cuarenta.
Annette tomó un sorbo de vinagre de sidra e hizo una mueca.
– Ha llegado su amigo -le anunció la doncella.
La lluvia batía con furia sobre la ventana.
En otra habitación, Lucile, la hija de Annette, abrió su nuevo diario, que se hallaba por estrenar. Estaba encuadernado en rojo, tenía un papel blanco satinado y una cinta para señalar la página.
«Anne Lucile Duplessis -escribió. Su caligrafía había cambiado ligeramente-. El diario de Lucile Duplessis, nacida en 1770, muerta en? Volumen III. El año de 1786.
»En este momento de mi vida -siguió escribiendo- pienso en lo que significa ser reina. No la nuestra; otra más trágica. Pienso en María Tudor: “Cuando haya muerto y me abran hallarán Calais escrito en mi corazón.” Si yo, Lucile, muriera y me abrieran, hallarían escrita la palabra “aburrimiento”.
»En realidad prefiero a María Estuardo. Es mi reina favorita. Pienso en su resplandeciente belleza entre aquellos bárbaros escoceses. Pienso en los muros de Fotheringay, opresivos como una tumba. Es una lástima que no muriera joven. Es preferible que las personas mueran jóvenes, así se conservan radiantes y no engordan ni enferman de reumatismo.»
Lucile dejó una línea en blanco. Tras una pausa, continuó escribiendo:
«Pasó su última noche escribiendo cartas. Envió un brillante a Mendoza, y otro al rey de España. Cuando hubo terminado de escribir las cartas y las hubo sellado, permaneció sentada, con los ojos abiertos, mientras sus servidoras rezaban.
»A las ocho fue a buscarla el capitán preboste. Al despedirse, María leyó con voz serena las oraciones de los moribundos. Sus servidores se arrodillaron cuando entró en el gran salón, vestida de negro, con un crucifijo de marfil en su marfileña mano.
»Trescientas personas habían acudido para presenciar su ejecución. María entró por una pequeña puerta lateral, compuesta y serena. El patíbulo estaba cubierto con un paño negro. Habían colocado un cojín negro para que se arrodillara sobre él. Pero cuando sus servidores le quitaron la capa negra, comprobaron que llevaba un vestido escarlata. El color de la sangre.»
Lucile dejó la pluma. Empezó a pensar en sinónimos. Bermellón. Cereza. Encarnado. Se le ocurrían frases como al rojo vivo, al rojo blanco.
Cogió la pluma de nuevo y escribió:
«¿En qué debía pensar mientras apoyaba la cabeza sobre el tajo? ¿Mientras aguardaba a que el verdugo se colocara junto a ella? Pasaron unos segundos, que debieron parecerle años.
»El primer hachazo abrió una profunda herida en la cabeza de la Reina. El segundo no consiguió separar la cabeza del tronco pero dejó el suelo manchado de sangre. El tercer hachazo hizo rodar su cabeza por el patíbulo. El verdugo la cogió y la sostuvo en alto para que la vieran todos los presentes. Los labios de María aún se movían, y siguieron moviéndose durante un cuarto de hora.
»Aunque ignoro quién calculó el tiempo que tardó en morir la desdichada Reina.»
En aquel momento entró su hermana Adèle.
– ¿Estás escribiendo tu diario? -le preguntó-. ¿Me dejas que lo lea?
– Sí; pero no te dejo que lo leas.
– Oh, Lucile -respondió su hermana, riendo.
Adèle se sentó en una silla. Lucile la miró, tratando de concentrarse en el presente. Se está abandonando, pensó Lucile. Si yo fuera una mujer casada, aunque fuese por poco tiempo, no pasaría las tardes en casa de mis padres.
– Me siento sola -dijo Adèle-. Estoy aburrida. No puedo ir a ningún sitio porque hace poco que he enviudado y aún estoy de luto.
– Esto es muy aburrido -observó Lucile.
– Aquí todo sigue como de costumbre, ¿no es cierto?
– Excepto que Claude casi nunca está en casa. Lo cual da a Annette más oportunidad de verse con su amigo.
Tenían la impertinente costumbre, cuando estaban solas, de referirse a sus padres por su nombre de pila.
– ¿Y cómo está su amigo? -inquirió Adèle-. ¿Todavía te ayuda con el latín?
– He dejado el latín.
– Qué lástima. Ya no tienes una excusa para reunirte con él.
– Te odio, Adèle.
– No me extraña -respondió su hermana sonriendo-. Soy mucho más madura que tú. Mi marido me dejó una fortuna. Y soy más inteligente y más culta que tú. Cuando me quite el luto voy a divertirme por todo lo alto, mientras tú languidecerás pensando en ese hombre.
– No es cierto -replicó Lucile.
– ¿No sospecha Claude lo que se cuece aquí entre Annette y su amigo y su amigo y tú?
– No se cuece nada. No sucede absolutamente nada.
– Quizá no en el sentido más crudo de la palabra -respondió Adèle-. Pero estoy segura de que Annette acabará sucumbiendo, aunque sea por cansancio. Y tú… tenías doce años cuando lo viste por primera vez. Los ojos te hacían chiribitas.
– ¡No es cierto!
– Es exactamente el tipo de hombre que deseas -dijo Adèle-, aunque no creo que María Estuardo se hubiera enamorado de él.
– Nunca me mira -contestó Lucile-. Cree que soy una niña. Ni siquiera se da cuenta de que existo.
– Te equivocas -dijo Adèle. Luego señaló las puertas del salón y añadió-: Anda, asómate y cuéntame lo que sucede.
– No puedo entrar ahí.
– ¿Por qué? Si sólo están charlando no creo que se enfaden. Y si no… eso es precisamente lo que queremos averiguar, ¿no es cierto?
– ¿Por qué no entras tú?
Adèle miró a su hermana como si estuviera loca.
– Porque tú tienes un aire más inocente que yo.
Lucile comprendió que su hermana tenía razón. Adèle la observó dirigirse hacia el salón, caminando sigilosamente con sus escarpines de raso. De pronto imaginó el extraño rostro de Camille. Si ese hombre no nos lleva a la perdición, pensó, romperé mi bola de cristal y me dedicaré a hacer punto.
Camille llegó puntualmente a las dos. Annette le preguntó, en tono ofensivo, si no tenía nada mejor que hacer con sus tardes. Camille creyó que no merecía la pena responder a esa pregunta, pero presintió por dónde iban los tiros.