La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Ni coger la pluma: Anne Lucile Philippa, Anne Lucile. Me fastidia hacer esto, me fastidia que una joven con tu educación y tu refinamiento no tenga nada mejor que hacer -tocar el piano, bordar, ir a dar un paseo-, que desear estar muerta, alimentar esas morbosas fantasías, esos siniestros pensamientos, esas imágenes de horcas, cuchillos, y el amante de tu madre con ese aire que tiene de medio muerto y sus labios gruesos y sensuales. Anne Lucile. Anne Lucile Duplessis. Se miró en el espejo y sonrió; luego inclinó la cabeza hacia atrás, mostrando el largo y pálido cuello que según su madre destrozaría el corazón de sus admiradores.
El día anterior, Adèle había sacado el tema. Luego, Lucile había entrado en el salón y había visto a su madre introducir la lengua entre los dientes de su amante, hundir los dedos en su cabello y acariciar sus delgadas y elegantes manos. Lucile recordaba las manos de Camille, recorriendo el papel con su índice, acariciando su letra, diciendo, Lucile, preciosa, esto debería figurar en ablativo, y me temo que Julio César jamás imaginó las cosas que sugiere tu traducción.
Hoy, el amante de su madre le había propuesto matrimonio. Cuando algo -un hecho maravilloso, extraordinario- nos arranca de la monotonía, debemos sentirnos muy afortunados.
Claude:
– He dicho mi última palabra sobre esa cuestión. Confío en que ese joven tenga la sensatez de aceptarla. No sé lo que le impulsó a proponerle semejante cosa. ¿Acaso lo sabes tú, Annette? Hace un tiempo, quizá lo habría aceptado. Reconozco que cuando lo conocí me pareció un muchacho muy inteligente, ¿pero de qué sirve la inteligencia si uno es un canalla, un desequilibrado? Tiene una reputación terrible… No, no y no. Me opongo terminantemente.
– Lo suponía -contestó Annette.
– Francamente, no alcanzo a comprender… No salgo de mi gran asombro.
– Yo tampoco.
Claude había pensado en enviar a Lucile a casa de unos parientes. Pero temía que la gente empezara a murmurar, que creyeran que su hija había hecho algo que no debía hacer.
– ¿Y si…?
– Sigue -dijo Annette, impaciente.
– ¿Y si la presentara a unos jóvenes inteligentes y educados?
– Es demasiado joven para casarse. Y muy vanidosa. Pero haz lo que creas conveniente, Claude. A fin de cuentas, eres su padre.
Después de tomarse una copa de coñac, Annette mandó llamar a su hija.
– La carta -dijo, chasqueando los dedos.
– No la llevo encima.
– ¿Dónde la has guardado?
– En las Cartas persas.
– ¿Por qué no la guardas en mi ejemplar de Las relaciones peligrosas? -preguntó Annette, sonriendo despectivamente.
– No sabía que tuvieras ese libro. ¿Puedo leerlo?
– No. Quizá siga los consejos que da el autor en el prólogo y te regale un ejemplar el día de tu boda. Cuando tu padre y yo encontremos un marido adecuado para ti, dentro de un tiempo.
Lucile no contestó. Qué bien disimula, pensó -con ayuda de una copita de coñac- el golpe que ha recibido. Casi sentía deseos de felicitarla.
– Fue a ver a tu padre -dijo Annette-. Le dijo que te había escrito. No volverás a verlo. Si te escribe otras cartas, debes entregármelas.
– ¿Acepta la situación?
– Eso no importa.
– ¿No se le ocurrió a papá que debía consultarme?
– ¿Por qué iba a hacerlo? Eres una niña.
– Creo que debería hablar con papá y contarle ciertas cosas.
– Quieres hacerme daño, ¿no es cierto? -dijo Annette, sonriendo con tristeza.
– Es lo que te mereces -contestó Lucile. Sentía un nudo en la garganta que apenas le permitía hablar-. Necesito tiempo para reflexionar. Es lo único que pido.
– Yo te pido a cambio que seas discreta. ¿Qué es lo que crees que sabes, Lucile?
– Nunca he visto a papá besarte de esa forma. Jamás había visto a nadie besar a alguien de esa forma. Supongo que te habrá alegrado la semana.
– A ti también te la ha alegrado -respondió Annette, levantándose de la silla. Luego se puso a arreglar unas flores que había en un florero-. Debimos enviarte a un convento. Aún podemos hacerlo.
– Más pronto o más tarde tendréis que dejarme salir.
– Sí, pero entretanto no tendrás ocasión de espiar a la gente y practicar el arte de la manipulación -contestó Annette-. Supongo que hasta que entraste en el salón pensabas que yo era una mujer inteligente y sofisticada, incapaz de cometer una imprudencia.
– No. Hasta que entré en el salón pensé que llevabas una vida de lo más monótona y aburrida.
– Quisiera pedirte que olvides lo ocurrido durante los últimos días -dijo Annette, girándose para mirar a su hija-. Pero no lo harás, porque eres testaruda y vanidosa y quieres aprovecharte de la situación.
– No te estaba espiando -replicó Annette-. Fue Adèle quien me sugirió que entrara. ¿Qué pasaría si aceptara casarme con él?
– Eso es impensable -contestó su madre.
– No creas. El cerebro humano es extraordinario.
Lucile se inclinó para coger una rosa que se le había caído a su madre de las manos. Se chupó una gota de sangre en el dedo y pensó: «Puede que lo haga, y puede que no.» En cualquier caso, recibirá más cartas. No volverá a utilizar el tomo de Montesquieu para ocultarlas sino las disertaciones de Mably de 1768: Dudas sobre el orden natural de las sociedades. Las cuales, de pronto, le parecen enormes.
III. Maximilien: vida y obra
Mercure de France, junio de 1783: «El señor Robespierre, un joven letrado de gran valía, ha empleado en esta cuestión -que redunda en bien de las artes y las ciencias- una elocuencia y una sagacidad que confirman su talento.»
«Observo en este ramo que me ofreces
Las espinas de las rosas…»
Maximilien de Robespierre, Poesías.
El recorte estaba sucio y arrugado de tanto manosearlo. Se lo sabía ya de memoria, pero si se limitaba a repetirlo, era como si se lo hubiera inventado. En cambio, cuando lo leía, cuando sostenía el recorte de papel en la mano, era evidente que se trataba de la opinión de otra persona, de un periodista parisién. Éste era un hecho absolutamente innegable.
Había un largo informe sobre el caso. Era, por supuesto, una cuestión de interés público. Todo había empezado cuando un tal señor De Vissery, de Saint-Omer, había adquirido un pararrayos y lo había instalado en el tejado de su casa, observado por un grupo de ignorantes. Una vez terminado el trabajo, éstos se habían dirigido al Ayuntamiento para quejarse de que el artilugio atraía a los rayos. ¿Por qué había de querer el señor de Vissery atraer a los rayos? Pues, porque estaba aliado con el demonio.
Así pues, el señor De Vissery había consultado a maître Buissart, un destacado letrado de Arras, un hombre muy aficionado a las ciencias. Por aquel entonces, Maximilien era amigo de Buissart. Su colega se había tomado el caso muy a pecho.
– Se trata de defender un principio -dijo-. Ciertas personas pretenden obstaculizar el progreso, impedir la difusión de los beneficios de la ciencia, y nosotros no podemos permitirlo. ¿Estás dispuesto a ayudarme? Podrías escribir unas cartas. ¿Crees que deberíamos escribir a Benjamín Franklin?
Les llovieron sugerencias, consejos y comentarios científicos. Había papeles por toda la casa.