La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Ese Marat -dijo Buissart- ha sido muy amable al querer ayudarnos, pero no podemos utilizar sus hipótesis. Al parecer tiene mala fama entre los científicos de la Academia.
Cuando el caso fue presentado ante el concejo de Arras, Buissart dejó que Robespierre lo expusiera. Buissart no había tenido en cuenta el esfuerzo intelectual que ese caso supondría para él. Su colega, en cambio, no parecía acusar la menor fatiga, sin duda por su juventud.
Más tarde, los vencedores celebraron una fiesta. Recibieron numerosas cartas de felicitación pues el caso había despertado una gran curiosidad. Maximilien conservó todos los documentos, la voluminosa evidencia del doctor Marat y su discurso final, con unas notas de última hora en el margen. Durante varios meses, cuando sus tías recibían una visita, sacaban el periódico y decían: «¿Has leído el artículo sobre el pararrayos? Dicen que Maximilien estuvo espléndido.»
Max tiene un carácter sosegado y es muy fácil convivir con él. Es alto y delgado, con unos grandes ojos verdeazulados. Tiene la tez pálida, y su boca expresa un agudo sentido del humor. Viste bien y la ropa le sienta perfectamente. Tiene el pelo castaño y lo lleva siempre peinado y empolvado. Hace un tiempo no podía permitirse el lujo de mantener las apariencias, pero ahora su único lujo son las apariencias.
Es un hombre muy organizado. Se levanta a las seis y trabaja hasta las ocho. A las ocho acude el barbero. Seguidamente toma un desayuno ligero consistente en un par de rebanadas de pan y una taza de leche. A las diez se dirige a los tribunales. Después de la audiencia, regresa a casa apresuradamente, sin detenerse a charlar con sus colegas. Come un poco de fruta, bebe una taza de café y un poco de vino tinto muy diluido. Maximilien no se explica cómo sus colegas, después de pasar la mañana peleándose ante el tribunal, son capaces de conversar animadamente durante un buen rato antes de regresar a casa y beberse varios vasos de vino y engullir un enorme pedazo de carne.
Después de comer sale a dar un paseo, tanto si hace buen tiempo como si llueve, porque al perro, Brount, no le importa el tiempo que hace y se pone muy pesado si no lo saca. Brount conduce a Maximilien a través de las calles, los campos y el bosque. Cuando regresan a casa presentan un aspecto algo menos respetable que al salir.
– Ese perro me va a dejar el suelo lleno de barro -se queja su hermana Charlotte.
Brount se tumba junto a la puerta de la habitación de Maximilien. Éste cierra la puerta y se sienta a trabajar hasta las siete o las ocho, o más tarde si al día siguiente tiene un caso complicado. Luego recoge sus papeles e intenta escribir una poesía para presentarla durante la próxima reunión de la sociedad literaria. En realidad no se trata de poesías sino de unas obritas sin importancia. Algunas, como la «Oda a los pastelitos de mermelada», son menos serias que otras.
Es muy aficionado a la lectura, y una vez a la semana asiste a la reunión de la Academia de Arras. El propósito de estas reuniones es hablar de historia y literatura, y comentar asuntos científicos y temas de actualidad. Además de eso, se dedican a cotillear, a concertar matrimonios y a provocar pequeñas disputas.
Algunas tardes se dedica a escribir cartas o a repasar las cuentas con Charlotte. Una vez a la semana visita a sus tías, que ahora viven en casas separadas, lo cual representa dos visitas.
Cuando regresó a Arras, con su flamante título de abogado y sus moderadas esperanzas, comprobó que las cosas habían cambiado mucho. En 1776, el año que estalló la guerra norteamericana, la tía Eulalie anunció, ante el asombro general, que iba a casarse. Eso demuestra que no hay que perder las esperanzas, dijeron las solteronas de la parroquia. La tía Henriette afirmó que la tía Eulalie había perdido el juicio. Robert Deshorties era un joven viudo cargado de hijos, incluyendo a una hija llamada Anaïs. Al cabo de seis meses, sin embargo, la tía Henriette empezó a dar muestras de haberse enamorado, y un año más tarde contrajo matrimonio con Gabriel de Rut, un hombre tosco y ruidoso, de cincuenta y tres años. Maximilien se alegró de hallarse en París y no poder asistir a la boda.
Su hermana Henriette no llegó a casarse. Siempre había sido una muchacha delicada. Respiraba con dificultad, no tenía apetito, era tímida y apocada, y sólo le interesaba la lectura. Una mañana -le comunicaron la noticia por carta, con una semana de retraso- la encontraron muerta, con la almohada empapada en sangre. Había sufrido una hemorragia cuando las tías jugaban a las cartas con Charlotte; mientras cenaban, su corazón se había detenido. Tenía diecinueve años. Maximilien la quería mucho y confiaba en que llegaran a ser amigos.
Dos años después de los sorprendentes matrimonios de sus tías falleció el abuelo Carraut. Dejó la fábrica de cerveza al tío Augustin Carraut, y un poco de dinero a cada uno de sus nietos, Maximilien, Charlotte y Augustin.
Gracias al abate, el joven Augustin había conseguido también matricularse en la escuela Louis-le-Grand. Era un muchacho agradable y cortés, aplicado pero no extraordinariamente inteligente. Maximilien temía que no progresara en sus estudios. Siempre había pensado que para una persona de su posición social lo más importante era la inteligencia. Suponía que Augustin también había tenido ocasión de comprobarlo.
Cuando regresó a Arras se instaló en casa de la tía Henriette y de su tosco marido, el cual, antes de que hubiera transcurrido una semana, le recordó que les debía dinero. Para ser exactos, era su padre François quien debía dinero a la tía Henriette, a la tía Eulalie y a los herederos del abuelo Carraut. Tuvo que utilizar el legado que le había dejado su abuelo para saldar las deudas de su padre. ¿Por qué le hacían eso? Era una canallada. Podían haberle dado un margen de un año, hasta que hubiera ganado algo de dinero. El caso es que pagó lo que su padre les debía y se marchó, para no causar problemas a la tía Henriette.
De haber sido ellos quienes le debieran dinero, no les hubiera exigido que se lo devolvieran inmediatamente. Para colmo, siempre estaban hablando de François, que si tu padre era de esa manera, que si a tu edad ya había conseguido labrarse un porvenir… Yo no soy mi padre, pensaba Maximilien indignado. Al cabo de un tiempo Augustin regresó a casa, hecho un hombre. Era indiscreto, vividor y le gustaba perseguir a las mujeres, aunque no tenía éxito.
– Es igual que su padre -decían las tías con admiración.
Cuando Charlotte dejó el convento donde estudiaba se instalaron en la rue des Rapporteurs. Maximilien trabajaba, Augustin se dedicaba a divertirse y Charlotte se ocupaba de la casa y criticaba a los dos.
Durante sus vacaciones escolares, Maximilien cumplía siempre con las visitas de rigor. Iba a ver al obispo, al abate y a los maestros de su primera escuela, para contarles sus progresos en el Louis-le-Grand. No lo hacía porque le encantara su compañía, sino porque sabía que más tarde necesitaría su ayuda. Así pues, cuando regresó de París pasó a formar parte del cuerpo de abogados del municipio de Arras y todo el mundo se portó muy amablemente con él. Porque, claro está, Maximilien no era su padre; no bebía, ofrecía siempre un aspecto impecable y era meticuloso. Era un orgullo para Arras, para el abate y para sus respetables tías que lo habían criado.
Le fastidiaba que ese impresentable de Rut no cerrara la boca de una vez… Había ciertas conversaciones, ciertas alusiones, ciertos pensamientos que le producían náuseas. Se sentía como si hubiera cometido un delito. A fin de cuentas, no era un delincuente, sino un juez.
Durante el primer año se ocupó de quince casos, una cifra superior a la media. Por regla general, preparaba los papeles con una semana de antelación, pero la víspera de la vista trabajaba hasta medianoche, hasta el amanecer si era necesario. Olvidaba todo lo que había hecho hasta entonces, dejaba sus papeles a un lado y repasaba todos los hechos desde el principio. Tenía un cerebro como la caja fuerte de un usurero: una vez que almacenaba en él un dato, no salía de allí. Sabía que intimidaba a sus colegas, pero qué iba a hacer. ¿Acaso pensaban que era incapaz de llegar a ser un excelente abogado?