La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Solía aconsejar a sus clientes que procuraran llegar a un acuerdo con la parte contraria fuera de los tribunales. Eso no le reportaba muchos beneficios ni a él ni a su oponente, pero sus clientes se ahorraban tiempo y dinero.
– Otros no son tan escrupulosos como tú -le decía Augustin.
Al cabo de cuatro meses fue nombrado juez. Era un honor, sin duda, pero Maximilien sospechaba que su nombramiento se debía a motivos turbios. Durante las primeras semanas comprobó que las cosas no funcionaban, y no vaciló en decirlo. El señor Liborel, que había apoyado su designación como miembro del cuerpo de abogados del municipio de Arras, opinaba que Maximilien había cometido ciertas meteduras de pata.
– Por supuesto -dijo Liborel-, estamos de acuerdo en que es necesario implantar algunas reformas, pero no conviene precipitarse.
Maximilien no pretendía molestar a nadie, pero lo cierto es que había conseguido que todos estuvieran enojados con él. No sabía por tanto si su cargo judicial se debía a sus méritos personales o si se trataba de una especie de soborno, de un ardid para manipularlo, o bien de un premio, de un favor, de una compensación… ¿una compensación por un daño que todavía no se había perpetrado?
Al fin llegó el día en que debía presidir un caso. Permaneció en vela toda la noche, con los postigos abiertos, contemplando las estrellas en el cielo. Alguien había dejado una bandeja entre sus papeles. Se levantó y cerró la puerta. Ni siquiera probó la comida. Se quedó observando la piel de una manzana, como si esperara verla pudrirse ante sus ojos.
Podrías morir como tu madre, discretamente. Recordaba perfectamente su rostro mientras yacía apoyada sobre las almohadas, esperando que la descuartizaran; también recordaba que una de las criadas le había dicho que iban a quemar las sábanas. O podrías morir como Henriette, solo, desangrándote, incapaz de pedir auxilio, paralizado de terror, mientras tu familia cena tranquilamente. O morir como el abuelo Carraut, viejo y decrépito, desmemoriado, preocupado por la herencia, charlando con el director de la fábrica sobre la edad de la madera de las barricas; echando en cara unos errores cometidos treinta años antes, o maldiciendo a su hija muerta por haberse quedado encinta. No era culpa del abuelo sino de su avanzada edad. Pero Maximilien no podía imaginar que un día se haría viejo.
¿Y si moría ahorcado? No quería ni pensar en ello. La muerte de un vulgar criminal podía durar media hora.
Luego trató de rezar, utilizando un rosario para no distraerse. Pero le recordaba una soga, y lo dejó caer suavemente al suelo. Siguió recitando: «Pater noster, qui es in coeli, Ave Maria, Ave Maria», para acabar con «Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto, Amen.» Las pías sílabas formaban unas palabras sin sentido. ¿Pero qué es el sentido? Dios no iba a decirle lo que debía hacer. Dios no iba a ayudarle. Maximilien no cree en ese tipo de Dios. No es que sea ateo, simplemente es una persona adulta.
Había amanecido. Maximilien oyó el sonido de unas ruedas, el crujido de los arneses y el relincho del caballo que tira de un carro cargado con verduras para los que aún estén vivos a la hora de comer. Unos sacerdotes se disponían a celebrar misa. Sus hermanos se habían levantado, se habían lavado, habían puesto agua a hervir y habían encendido la lumbre. En el Louis-le-Grand, ya estaría sentado en clase. ¿Qué habría sido de sus compañeros? ¿Qué habría sido de Louis Suleau? Probablemente seguiría siendo tan impertinente y sarcástico como de niño. ¿Y Fréron? Sin duda gozaría de un elevado puesto en sociedad. Camille estaría todavía dormido, sin saber que había condenado su alma.
Brount se puso a gemir junto a la puerta. Al cabo de unos segundos oyó a Charlotte llamar al perro, y éste se alejó de mala gana.
Maximilien abrió la puerta al barbero. Al ver la cara de su amable cliente, decidió permanecer con la boca cerrada. Al cabo de un rato el reloj dio las diez.
Maximilien decidió no presentarse. Tras aguardar diez minutos, ordenarían al alguacil que fuera a ver si aparecía, y al final le enviarían un recado; y él respondería que no iba a presentarse en el tribunal.
No podían sacarlo a rastras de su casa. No podían obligarlo a dictar sentencia.
Pero existía la ley, y si él era incapaz de aplicarla, hubiera debido dimitir el día anterior.
Las tres de la mañana. Tiene náuseas. Está empapado en sudor. Se arrodilla junto a la carretera y trata de vomitar. Los ojos le pican, la garganta la escuece. Pero tiene el estómago vacío. Hace veinticuatro horas que no ha probado bocado.
Al cabo de unos instantes se pone en pie. Desearía que alguien le cogiera de la mano para dejar de tiritar; pero cuando alguien se siente mal, nadie acude en su ayuda.
Si algún viandante lo hubiera visto en aquellos momentos avanzando por la carretera habría advertido que caminaba torpemente, arrastrando los pies. Maximilien trata de enderezarse, de dominar sus pies, pero es inútil. Su miserable cuerpo pretende enseñarle una lección: sé honesto contigo mismo.
Éste es Maximilien Robespierre, abogado, soltero, un joven amable y educado con un brillante porvenir. Hoy, en contra de sus más arraigados principios, ha aplicado la ley y ha condenado a un criminal a morir ahorcado. Y ahora tendrá que apechugar con las consecuencias.
Un hombre consigue sobrevivir. Incluso aquí, en Arras, era posible hallar aliados, si no amigos. Joseph Fouché daba clases en el colegio oratoriano. Había pensado en hacerse sacerdote, pero al final había desechado la idea. Era profesor de física, y le interesaba todo lo moderno. Cenaba con frecuencia en casa de Maximilien, invitado por Charlotte. Al parecer, le había propuesto casarse con ella; en todo caso, existía una relación entre ambos. A Max le asombraba que una joven se sintiera atraída por Fouché, con sus esqueléticas piernas y unos ojos que prácticamente carecían de pestañas. Lo cierto es que no le caía nada bien, pero no podía meterse en la vida de su hermana.
Luego estaba Lazare Carnot, un capitán de ingenieros de la guarnición; un hombre mayor que Maximilien, de carácter reservado, resentido por la falta de oportunidades que se le ofrecían como plebeyo en las fuerzas de Su Majestad. Carnot solía acudir a las reuniones de la Academia, pensando en diversas fórmulas mientras ellos discutían sobre la forma del soneto. En ocasiones se ponía a hablar sobre el lamentable estado del Ejército mientras los miembros de la Academia se miraban divertidos.
Sólo Maximilien, que no sabía nada sobre cuestiones militares, lo escuchaba impresionado.
Cuando la señorita Kéralio pasó a formar parte de la Academia -el primer miembro femenino-, Maximilien pronunció un discurso en su honor sobre el talento de las mujeres y su papel en la literatura y en las artes.
– Llámeme Louise -le dijo ella más tarde.
Escribía novelas, mil páginas a la semana. Maximilien envidiaba su facilidad con la pluma.
– Escuche este pasaje -le decía ella a veces-, y déme su opinión.
Max jamás le expresaba su opinión, los escritores son muy susceptibles. Louise era una joven muy agraciada, y siempre llevaba los dedos manchados de tinta.
– Me marcho a París -le dijo un día-. No puedo seguir aquí. Me ahogo. ¿Por qué no me acompaña a París? ¿No? Bueno, pues al menos vayamos a pasar la tarde junto al río, para dar a estas buenas gentes motivos de cotilleo.
Louise pertenecía a la nobleza.
– El pobre Maximilien no tiene nada que hacer con ella -dijeron las tías.
– Por muy aristócrata que sea, no deja de ser una zorra -contestó Charlotte-. Quería que Maximilien le acompañara a París. Imaginaos.