La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Lo comprendo, pero me preocupa usted. ¿Cuándo pretende esa mujer que le entregue el último pago?
– En 1791, el primer día del primer trimestre. ¿Cree usted que debería contárselo a Gabrielle?
– Eso debe decidirlo usted. Espero que a partir de ahora y hasta que se case con mi hija, va a procurar ser más prudente.
– Dispongo de cuatro años para saldar la deuda.
– Puede ganar mucho dinero como consejero del reino, no lo niego. -El señor Charpentier pensó: es joven, inexperto, no puede estar tan seguro de sí mismo como aparenta. Deseaba tranquilizarlo-. Maître Vinot asegura que se avecinan tiempos difíciles, y en esas circunstancias siempre aumentan los pleitos. Es posible que de aquí al año 1791 se produzca algún acontecimiento que haga mejorar su situación.
Dos de marzo de 1787. Aquel día Camille cumplía veintisiete años, y hacía una semana que nadie lo había visto. Al parecer, se había mudado de nuevo.
La Asamblea de Notables no conseguía ponerse de acuerdo. En el café, todos querían dar su opinión.
– ¿Qué es lo que ha dicho el marqués de Lafayette?
– Que el Rey debería convocar a los Estados Generales.
– ¡Pero si eso es una reliquia! No se han reunido desde…
– Mil seiscientos catorce.
– Gracias, D’Anton -dijo maître Perrin-. No creo que con eso se resuelvan nuestros problemas. El clero se pondrá a debatir en una cámara, los nobles en otra y el estado llano en otra, y lo que proponga el estado llano será rechazado por los otros dos. Por consiguiente…
– Incluso las instituciones viejas y caducas pueden cambiar un día -terció D’Anton-. No tienen por qué comportarse como hicieron la última vez.
Los otros lo miraron muy serios.
– Lafayette es un hombre joven -observó maître Perrin.
– Debe tener aproximadamente su edad, Georges-Jacques.
Sí, pensó D’Anton, y mientras yo estudiaba los libros de leyes en el despacho de Vinot, él dirigía a los Ejércitos. Yo me he convertido en un picapleitos, y él es el héroe de Francia y América. Mientras él aspira a ser el líder de la nación, yo me limito a ganarme la vida. Y ahora, ese joven de aspecto corriente y vulgar, delgado, rubio, había acaparado la atención de todo el mundo, había propuesto una idea; y D’Anton, que sentía, sin saber por qué, una enorme antipatía hacia él, se veía obligado a defenderlo.
– Los Estados Generales son nuestra única esperanza -dijo-. Eso sí, deben representar de forma justa al estado llano, al tercer estado. Puesto que a la aristocracia le tiene sin cuidado la suerte del Rey, me parece una estupidez que éste siga defendiendo sus intereses. Debe convocar los Estados Generales y otorgar un poder real al tercer estado.
– No lo creeré hasta que no lo vea -dijo Charpentier.
– Eso es imposible -afirmó Perrin-. Lo más interesante es la propuesta de Lafayette de investigar el fraude fiscal.
– Y las especulaciones ilícitas -dijo D’Anton-. Los turbios manejos del mercado.
– No deja de asombrarme la vehemencia de quienes no poseen obligaciones y desearían poseerlas -observó Perrin.
En aquel momento el señor Charpentier miró hacia la puerta y sonrió.
– He aquí a un hombre que sin duda nos aclarará las cosas -dijo, estrechando la mano del individuo que acababa de aparecer-. Señor Duplessis, hace tiempo que no le veíamos por aquí. Le presento al novio de mi hija. El señor Duplessis es un viejo amigo mío, trabaja en el Tesoro.
– Desgraciadamente -respondió el señor Duplessis con una sonrisa sepulcral. Saludó a D’Anton inclinando la cabeza, como si hubiera oído hablar de él. Era un hombre alto, de cincuenta y tantos años, apuesto y bien vestido. Su mirada parecía posarse en un punto indefinido, más acá o más allá de su objetivo, como si ni las mesas de mármol ni las sillas doradas ni sus contertulios se interpusieran en su campo visual.
– De modo que Gabrielle va a casarse. ¿Han decidido ya la fecha de tan grato acontecimiento?
– Sí. En mayo o junio.
– Hay que ver cómo pasa el tiempo.
El señor Duplessis era muy dado a soltar frases hechas y parecía que el sonreír le supusiera un tremendo esfuerzo muscular.
El señor Charpentier le ofreció una taza de café y dijo:
– Lamento lo del marido de su hija.
– Sí, ha sido una desgracia. Mi pobre hija Adèle… Casada y viuda, y no es más que una niña -respondió Duplessis, dirigiendo la mirada sobre el hombro izquierdo del señor Charpentier-. Lucile vive todavía con nosotros. Sólo tiene quince años, o dieciséis, no lo recuerdo exactamente. Es toda una mujercita. Las hijas dan muchos quebraderos de cabeza. Los hijos también, aunque yo no tengo ningún hijo varón. Y no digamos los yernos cuando les da por morirse… Pero usted, maître D’Anton, estoy seguro de que no causará ningún problema a su futuro suegro. Tiene aspecto de ser un joven extremadamente saludable.
¿Cómo puede tener un aire tan digno y decir tantas majaderías? -pensó Georges-Jacques-. ¿Será un defecto de nacimiento, o estará trastornado por el déficit o por problemas domésticos?
– ¿Cómo está su esposa? -preguntó el señor Charpentier.
El señor Duplessis reflexionó unos instantes, como si recordara qué cara tenía su mujer, y al fin contestó:
– Más o menos como siempre.
– Me gustaría que usted y su esposa vinieran a cenar un día. Y sus hijas también, por supuesto.
– Se lo agradezco…, pero las tensiones del trabajo… Paso casi toda la semana en Versalles. Sólo vengo a París cuando tengo que hacer alguna gestión… En ocasiones trabajo incluso los fines de semana. -De pronto se giró hacia D’Anton y dijo-: He trabajado en el Tesoro toda mi vida. Ha sido una carrera muy satisfactoria, pero cada día es más dura. Si el abate Terray…
Charpentier reprimió un bostezo. Estaba cansado de oír al señor Duplessis contar su vida y milagros. El abate Terray era su ídolo, su héroe.
– Si el abate Terray hubiera permanecido en el cargo, estaríamos salvados. Todos las soluciones que proponen actualmente, ya se le habían ocurrido a él. -Eso fue cuando Duplessis era más joven, cuando sus hijas eran unas niñas y su trabajo le llenaba y le ofrecía la posibilidad de progresar. Pero los parlamentos se habían opuesto al abate, acusándole de especular con el grano, e indujeron a las gentes ignorantes a quemar su efigie-. Eso fue antes de que la situación llegara a los extremos a los que ha llegado. Entonces, los problemas se podrían haber solucionado. Sólo saben proponer medidas milagrosas… -El señor Duplessis hizo un gesto como de desesperación. Le preocupaba enormemente la situación del Tesoro; y desde que el abate Terray había abandonado el ministerio, su trabajo se había convertido en una pesada carga.
El señor Charpentier se inclinó hacia adelante para servirle un poco más de café.
– No, debo irme -dijo Duplessis-. Tengo que examinar unos documentos. Vendré a cenar con mi esposa en cuanto haya pasado esta crisis.
El señor Duplessis cogió su sombrero, se despidió con una inclinación y se marchó.
– ¿Y cuándo pasará esta crisis? -preguntó Charpentier-. Es difícil preverlo.
Angélique se acercó y dijo:
– Te he visto que sonreías al preguntarle cómo estaba su esposa -dijo-. Y usted -añadió, dirigiéndose a D’Anton y dándole un golpecito en el hombro-, apenas podía contener la risa. ¿De qué estaban hablando?
– De nada importante, querida. Simples cotilleos.
– ¿Simples cotilleos? ¿Existe algo más interesante en la vida que los cotilleos?
– Tienen que ver con ese amigo gitano de Georges -dijo el señor Charpentier.
– ¿Camille? No te creo. Me tomas el pelo -contestó Angélique, observando las maliciosas sonrisas de los clientes-. ¿Annette Duplessis? ¿Annette Duplessis?
– Escucha atentamente -dijo su marido-. Es muy complicado, es circunstancial, nadie sabe cómo acabará el asunto. A algunos les gusta la ópera; a otros las novelas del señor Fielding. A mí me divierten los cotilleos, y te aseguro que en estos momentos no hay nada más divertido que el que se refiere a lo que pasa en la rue Condé. Para quien conoce los caprichos humanos…