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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– No tengo inconveniente en hablarle sobre Annette Duplessis -dijo Camille-, pero la vida es muy corta.

– ¿Usted cree? -respondió D’Anton. Jamás había pensado en ello; por el contrario, en ocasiones le parecía que el tiempo transcurría con insoportable lentitud.

En julio de 1786, los Reyes tuvieron una hija.

– Me alegro -dijo Angélique Charpentier-, aunque supongo que el Rey tendrá que regalarle más brillantes para consolarla por haberse engordado.

– ¿Cómo sabes que se ha engordado? -preguntó su marido-. No la vemos nunca. Jamás viene a París. Detesta la capital. No se fía de nosotros. Claro que hay que tener en cuenta que no es francesa, que está lejos de su tierra.

– Yo también estoy lejos de mi tierra -respondió Angélique secamente-, y no hundo a mi país en un mar de deudas.

La «deuda», el «gravamen», el «déficit», eran las palabras en boca de todos los clientes del café mientras trataban de ponerse de acuerdo sobre la cantidad exacta. Sólo unos pocos estaban capacitados para manejar fuertes sumas de dinero, decían, y el señor Calonne, el nuevo ministro de Finanzas, no lo estaba. El señor Calonne era el perfecto cortesano, con sus bocamangas de encaje y agua de lavanda, su bastón con el puño de oro y su afición por las trufas del Périgord. Al igual que el señor Necker, había pedido dinero prestado; pero a diferencia de él, más moderado, el señor Calonne exageraba, seguramente por falta de imaginación y por el deseo de mantener las apariencias.

En agosto de 1786, el ministro de Finanzas presentó al Rey un paquete de reformas para su aprobación. Existía un motivo de peso para tomar dichas medidas: la mitad de las rentas del año próximo ya se habían gastado. Francia es un país rico, informó el señor Calonne a su Soberano; debería producir más de lo que rinde, lo cual, dicho sea de paso, daría mayor gloria y prestigio a la monarquía. Pero Luis dudaba. La gloria y el prestigio son importantes, pero para conseguir que el país rindiera más era preciso realizar algunos cambios, ¿no era cierto?

Desde luego, contestó el ministro, a partir de ahora todo el mundo -nobles, clérigos y plebeyos- debería pagar un impuesto sobre la tierra. El pernicioso sistema de exenciones fiscales debía desaparecer. Era necesario instituir el libre comercio, abolir los aranceles aduaneros internos y, como concesión a los liberales, el nefasto corvée. El Rey arrugó el ceño. No era la primera vez que oía esas palabras. Le recordaban al señor Necker, dijo. De no haber estado en aquellos momentos tan confundido, también se habría acordado del señor Turgot.

El caso, dijo, es que aunque él era partidario de esas medidas, los parlamentos jamás las aceptarían.

– Cierto -respondió el señor Calonne. Su Majestad, con su proverbial percepción, había dado en el clavo.

Pero si Su Majestad estaba convencido de que dichas medidas eran necesarias, no debía dejarse intimidar por los parlamentos, sino tomar él mismo la iniciativa.

– Hummm -dijo el Rey, revolviéndose en la silla y mirando por la ventana para ver qué tiempo hacía.

Era preciso convocar una Asamblea de Notables, dijo Calonne. ¿Una qué?, preguntó el Rey. Calonne prosiguió. Los Notables comprenderían de inmediato que el país se hallaba hundido en una crisis económica y apoyarían decididamente las medidas propuestas por el Rey. Era necesario crear un organismo superior a los parlamentos, los cuales deberían acatar las decisiones del mismo. Eso era lo que habría hecho Enrique IV.

El Rey reflexionó unos minutos. Enrique IV había sido un monarca muy sabio y popular, al que Luis pretendía emular.

El Rey hundió el rostro entre las manos. Tal como había expuesto Calonne, parecía una buena idea, pero todos sus ministros tenían la habilidad de hacer que las cosas parecieran más sencillas de lo que eran. Además, la Reina y sus amigos… La Reina, reveló Luis a Calonne, opinaba que la próxima vez que los parlamentos se opusieran a una decisión del Rey, éste debía disolverlos. Los parlamentos de París y todos los provinciales.

Al oír esto, el señor Calonne palideció. Eso sólo provocaría más conflictos, disputas, venganzas y motines:

– Debemos romper ese ciclo, Majestad. Creedme, la situación es muy grave.

Georges-Jacques se presentó ante el señor Charpentier y puso las cartas sobre la mesa.

– Tengo un hijo bastardo -dijo-. Tiene cuatro años. Supongo que debí confesárselo antes.

– ¿Por qué? -respondió el señor Charpentier-. Nunca es tarde para recibir una sorpresa agradable.

– Soy un hipócrita -dijo D’Anton-. No sé como he tenido el valor de amonestar al pobre Camille.

– Continúe -dijo el señor Charpentier-. Me tiene usted en ascuas.

La conoció en su primer viaje a París. Ella le dio sus señas y él la visitó unos días más tarde. Siguieron viéndose y… Georges-Jacques estaba seguro de que el señor Charpentier podía imaginar el resto. No, ya no se veían. El niño vivía en el campo, con su nodriza.

– Supongo que usted le propondría matrimonio.

D’Anton asintió.

– ¿Y ella se negó?

– Supongo que en el fondo no estaría enamorada de mí -contestó Georges-Jacques.

Le parecía ver a Françoise hecha una furia, gritando que no estaba dispuesta a casarse con un desgraciado, un don nadie, un mujeriego. Antes de que naciera la criatura, Georges-Jacques había pensado en la posibilidad, aunque remota, de que naciera muerta. No es que lo deseara, pero no sería el primer caso.

Pero el niño siguió creciendo, y al cabo de unos meses nació. «Hijo de padre desconocido», puso Françoise en la partida de nacimiento. Françoise había encontrado al fin al hombre con quien deseaba casarse, un tal maître Huet de Paisy, consejero del reino. Maître Huet decidió vender su cargo, y se lo ofreció a D’Anton.

– ¿Cuánto pide por él?

D’Anton se lo dijo. Tras recibir el segundo shock de la tarde, el señor Charpentier respondió:

– Eso es imposible.

– Es mucho dinero, lo sé, pero así zanjaría el asunto del niño. Maître Huet está dispuesto a reconocer su paternidad.

– Me asombra que la familia de la madre no la obligara a casarse con usted -respondió el señor Charpentier-. ¿Qué clase de gente son? En cierto sentido, el asunto quedará zanjado, ¿pero qué me dice de sus deudas? No sé cómo conseguirá reunir ese dinero. Tenga -añadió, entregándole un papel-. Eso es cuanto puedo darle. Digamos que se trata de un préstamo, pero en cuanto haya firmado el contrato matrimonial le perdonaré la deuda. Deseo ver a Gabrielle casada, es mi única hija. ¿Cuanto dinero puede aportar su familia? No es mucho -se quejó el señor Charpentier, anotando la cifra-. ¿Cómo conseguiremos lo que falta?

– Tendremos que pedir dinero prestado. Al menos, eso es lo que diría Calonne.

– No veo otra solución.

– Existe otro problema. Françoise se ofreció a prestarme ella misma el dinero. Es muy rica. No hemos entrado en detalles, pero supongo que los intereses serán bastante elevados.

– ¡Esa mujer es una zorra! ¿No le entran ganas de estrangularla?

– Sí -respondió D’Anton, sonriendo.

– ¿Está seguro de que el niño es hijo suyo?

– Sí. Françoise no se atrevería a mentirme.

– Eso es lo que solemos creer los hombres -contestó Charpentier. No, ésa no era la solución. De acuerdo, el niño era hijo suyo-. Es una suma desproporcionada por el mero hecho de haberse acostado con ella hace cinco años.

– Supongo que es comprensible que Françoise pretenda sacarme lo que pueda -contestó D’Anton-. Al fin y al cabo, yo la he deshonrado. Deseo resolver el asunto cuanto antes e iniciar una nueva vida con Gabrielle.

– Pero está usted hipotecando su futuro -dijo el señor Charpentier-. ¿No podría…?

– No, no puedo pelearme con ella. Yo la amaba, es la madre de mi hijo. Sería una canallada.

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