La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– ¡Jesús! -exclamó Angélique-. Cuenta de una vez.
II. Rue Condé: jueves por la tarde
Annette Duplessis era una mujer de recursos y había decidido resolver aquella misma tarde una situación que había llevado con elegancia durante cuatro años. A mediodía se había levantado viento, y por la casa silbaba una helada corriente que parecía presagiar la crisis que se avecinaba. Annette, pensando en su figura, se bebió un vaso de vinagre de sidra.
Cuando contrajo matrimonio con Claude Duplessis, hacía mucho tiempo, él le llevaba varios años; ahora parecía su padre. ¿Por qué se había casado con él? Era una pregunta que se hacía con frecuencia. La única respuesta que se le ocurría era que de joven había sido una muchacha muy seria, y con el paso de los años se había vuelto más frívola.
Cuando se conocieron, Claude se esforzaba en ascender en el escalafón del secretariado: de secretario a secas a secretario particular, a secretario extraordinario, a secretario in excelsis, a secretario-por-encima-de-todos-los-secretarios. Lo que más apreciaba Annette en él era su inteligencia y su dedicación al trabajo. El padre de Claude había sido herrero, y -aunque gozaba de una posición acomodada y desde el nacimiento de su hijo no se había acercado a una fragua- el éxito profesional de Claude le llenaba de orgullo.
Cuando Claude hubo alcanzado una sólida posición y podía pensar en casarse, se sintió inexplicablemente atraído por Annette, una chica de familia acaudalada, muy admirada por los hombres pero totalmente distinta de él. Esa diferencia entre ellos hizo que sus amigos pronosticaran un matrimonio fuera de lo común.
Claude habló poco cuando le propuso matrimonio. Lo suyo eran las cifras, no las palabras. De todos modos, a Annette le fascinaban las emociones fuertes, las que no podían expresarse con palabras. Claude controlaba sus gestos y sus esperanzas, y Annette imaginó que, debajo de ese admirable control, eran muchos los complejos e inseguridades que latían.
Una noche, seis meses más tarde, Annette salió al jardín en camisón, llorando desconsoladamente y exclamando: «¡Qué aburrido eres, Claude!» Todavía recordaba la hierba húmeda y el frío que le calaba los huesos mientras contemplaba las luces de la casa. Se había casado con él para liberarse de la rígida tutela de sus padres, pero estaba cansada de Claude. Al cabo de un rato, sin embargo, al comprender que podía coger una pulmonía si permanecía allí, entró de nuevo en casa, se lavó la cara y se tomó una tisana para tranquilizarse.
Después de este incidente, Claude la trató durante unos meses con cierta reserva. Incluso ahora, cuando estaba indispuesta o de un humor cambiante, su marido sacaba a relucir aquel episodio, explicándole que estaba acostumbrado a vivir con ella, pero que, de joven, su lunático temperamento lo había desconcertado.
Después de nacer las niñas, Annette tuvo una breve relación con un amigo de su marido. Era un abogado fornido, rubio, que ahora vivía en Toulouse. Estaba casado con una mujer gorda y rubicunda, y era padre de cinco hijas que asistían a una escuela de monjas. Annette no había repetido el experimento. Claude no se enteró nunca de su aventura. De haberlo sabido, quizá se hubiera comportado de otra manera, pero como no había sido así, Annette decidió que no merecía la pena intentarlo de nuevo.
Para abreviar -y para analizar un hecho que no debe ser catalogado como una «aventura»- diremos que Camille apareció en su vida cuando acababa de cumplir veintidós años. Stanislas Fréron -la familia de Annette conocía a la de Camille- lo llevó a casa de Annette. Camille aparentaba tener unos diecisiete años. Estudiaba derecho y no empezaría a ejercer de abogado hasta dentro de cuatro años. Una relación entre ellos parecía impensable. Su conversación era una serie de suspiros, pausas y vacilaciones. A veces le temblaban las manos y era incapaz de mirarla a los ojos.
– Es un joven brillante -dijo Stanislas Fréron-. Será muy famoso.
La presencia de Annette parecía aterrorizarlo, pero no impidió que siguiera visitándola.
Un día, Claude lo invitó a cenar junto a otros a los que seleccionó minuciosamente para poder lucirse exponiendo sus previsiones económicas para los próximos cinco años y relatar anécdotas sobre el abate Terray. Camille estaba tenso y silencioso. De vez en cuando rogaba al señor Duplessis que fuera más preciso y le demostrara cómo había llegado a esa cantidad. Claude pidió que le llevaran pluma, tinta y papel; apartó los platos y se puso a escribir. Los otros comensales lo miraron perplejos. Mientras Claude escribía y trataba de explicar su tesis, Camille rebatía sus simplificaciones y le formulaba una pregunta tras otra. Claude cerró los ojos momentáneamente. Las cifras brotaban de su pluma y se dispersaban sobre el papel.
– Querido, ¿no podrías…? -preguntó Annette, inclinándose hacia él.
– Un minuto…
– Si se trata de algo tan complicado…
– Aquí tiene, ¿lo ve?, está clarísimo…
– … hablar de ello más tarde.
Claude agitó el papel y dijo:
– No es más que una vaga aproximación. Pero el ministro tampoco es muy explícito, y eso le dará una idea de la situación.
Camille cogió el papel y lo examinó. Luego alzó los ojos y miró a Annette. Ella se sintió abrumada, desconcertada por la emoción que experimentó en aquellos momentos. Tras unos segundos, apartó los ojos y siguió charlando con los otros invitados, como si buscara consuelo en ellos. Lo que él no comprendía, dijo Camille, probablemente porque era un estúpido, era la relación entre los distintos ministerios y de dónde sacaban los fondos. No, respondió Claude, no era un estúpido. Si lo deseaba, él mismo podía sacarle de dudas.
Claude apartó la silla y se levantó de la mesa ante la atónita mirada de todos los presentes.
– Estoy seguro de que todos aprenderemos muchas cosas -dijo un subsecretario, aunque no parecía muy seguro de ello.
Cuando Claude pasó junto a Annette, ésta trató de detenerlo.
– Sólo voy coger el frutero -dijo él.
Acto seguido regresó a su sitio y lo colocó en medio de la mesa. De pronto una naranja se cayó del frutero y empezó a rodar por el mantel. Sin apartar la vista del rostro de Claude, Camille la detuvo con la mano y luego la empujó lentamente hacia Annette, la cual, sonrojándose como una colegiala, la cogió con ternura. Entretanto, su marido se levantó para coger la sopera de una mesa auxiliar y una bandeja de verduras de manos de un sirviente.
– El frutero representa el erario público.
Claude se había convertido en el blanco de todas las miradas. Los invitados enmudecieron.
– Y la sopera representa el Ministerio de Justicia, que es, al mismo tiempo, el Guardasellos.
– Claude… -dijo Annette.
Pero su marido no le hizo caso. Fascinados, los invitados seguían los movimientos de las fuentes y bandejas sobre el mantel. Súbitamente, Claude arrebató la copa de vino al subsecretario, dejándolo con la mano en el aire como si fuera a tocar el arpa. Miró a Claude con enojo, pero éste ni siquiera se percató.
– Digamos que este salero es el secretario del ministro.
– No sabía que fuera tan poquita cosa -observó Camille.
– Y estas cucharas son los certificados del Tesoro. Pues bien…
Sí, dijo Camille, pero era preciso clarificar los conceptos, explicarlos detalladamente. Nada más fácil, respondió Claude, moviendo ligeramente la jarra de agua para rectificar las proporciones.
– Es mejor que una función de títeres -murmuró alguien.