La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– No me extrañaría que la sopera se pusiera a hablar.
Annette observó horrorizada mientras Camille manipulaba a Claude a su antojo y los invitados presenciaban boquiabiertos la escena, sin poder comerse el postre porque carecían de platos y cubiertos. Estaba convencida de que la noticia correría por toda la ciudad, de un ministerio a otro, llegando incluso a los tribunales de justicia. Rogó a Dios que hiciera algo para detener a Camille, pero fue inútil. Ni un incendio habría conseguido detenerlo.
Entretanto, mientras Annette bebía unos sorbos de vino para dominar sus nervios, los abrasadores ojos de Camille se clavaban en los suyos. Al fin, tras disculparse, Annette se levantó de la mesa y abandonó el comedor. Se dirigió a su cuarto y permaneció diez minutos sentada ante el tocador, abrumada por sus pensamientos. Al mirarse en el espejo se asombró al observar la expresión de sus ojos, como si estuviera sumida en un trance. ¿Cuántos años hacía que Claude y ella no dormían juntos?, pensó, tratando de calcular el déficit de su vida. Claude dice que si esta situación se prolonga hasta 1789, el país se irá al carajo y nosotros también. Annette observa reflejados en el espejo sus grandes ojos azules arrasados en lágrimas, que se apresura a enjugar. Quizá he bebido demasiado, se dice; quizá todos hemos bebido demasiado, excepto ese condenado muchacho a quien jamás perdonaré por haber arruinado la cena y haber puesto en ridículo a Claude. Pero, ¿qué hago sosteniendo esta naranja?, se pregunta Annette, contemplando su mano como lady Macbeth. ¡En nuestra propia casa!
Cuando regresó al comedor, la función había terminado. Los invitados comían unas pastas. Claude le dirigió una mirada inquisitiva, como preguntándole donde se había metido. Parecía muy animado. Camille estaba silencioso, exhibiendo una expresión que, de haberse tratado de una de sus hijas, Annette no habría dudado en calificar de tímida. Los demás parecían tensos. Luego se sirvió el café, negro y amargo, como las oportunidades que uno desaprovecha en la vida.
Al día siguiente, Claude comentó a Annette que había sido una velada muy interesante, mucho más que la mayoría de cenas que solían ofrecer, y que le gustaría que volviera a invitar al joven cuyo nombre no recordaba en aquellos momentos. Un muchacho encantador, era una lástima ese tartamudeo que quizá se debiera a su torpeza. Claude deseaba que no se hubiera llevado una mala impresión sobre cómo funcionaban las cosas en el Tesoro.
Qué angustiosa debe ser, pensó Annette, la situación de los imbéciles que saben que son imbéciles; y qué agradable debe ser, en comparación con ellos, la situación de Claude.
La próxima vez que Camille fue a visitarlos, miró a Annette con más discreción. Era como si ambos hubieran acordado no precipitar las cosas. Es interesante, pensó ella, muy interesante.
Dijo a Annette que en realidad no deseaba ser abogado, pero ¿qué iba a hacer? Se sentía atrapado por las condiciones de su beca, y al igual que Voltaire, no deseaba dedicarse a otra profesión que no fuera la de escritor.
– Estoy harta de oír el nombre de Voltaire -contestó Annette-. En el futuro, los escritores serán un lujo. Tendremos que trabajar muy duro, y no dispondremos de tiempo para distraernos con otras cosas. Tendremos que imitar a Claude.
Camille se pasó la mano por el pelo. Era un gesto tonto pero encantador, pensó Annette.
– No lo creo -contestó Camille-. Ni usted tampoco. En el fondo de su corazón, está convencida de que todo seguirá como hasta ahora.
– Usted no sabe lo que oculto en el fondo de mi corazón.
A medida que transcurrían los días, Annette comprendió que aquella situación era absurda. No sólo por la diferencia de edad sino por todo en general. Los amigos de Camille eran unos actores sin trabajo, o bien unos oscuros oficinistas. Tenían hijos ilegítimos, sostenían opiniones subversivas, y cuando la policía los perseguía se marchaban al extranjero. Por otra parte, no sabía nada sobre su vida íntima.
Camille se convirtió en un visitante asiduo. En ocasiones, Claude le invitaba, con otros amigos, a pasar el fin de semana en la casa de campo que tenían en Bourg-la-Reine. Sus hijas, pensó Annette, sentían un gran afecto por él.
Desde hacía dos años, Camille y Annette se veían con mucha frecuencia. Una amiga de Annette, muy mundana y experta en esos asuntos, le dijo que Camille era homosexual. Annette no lo creyó, pero tomó nota de ello para esgrimirlo en defensa propia en caso de que su marido protestara. Pero ¿por qué iba a protestar su marido? Camille era simplemente un joven que iba a visitarlos con frecuencia. No había nada entre ellos.
Un día, Annette le preguntó:
– ¿Sabes algo sobre las flores silvestres?
– Un poco.
– Lucile cogió una flor en Bourg-la-Reine y me preguntó qué era. Como no tenía la menor idea, le dije que te lo preguntaría a ti.
Se sentó junto a Camille, sosteniendo un diccionario en el que había guardado la flor junto a la lista de la compra y unas facturas. Abrió el libro con cuidado para que los papeles no cayeran al suelo, y le mostró la flor. Tras examinarla detenidamente, Camille dijo:
– Creo que se trata de una planta venenosa.
Luego trató de besarla. Sorprendida, Annette se apartó de un salto y el diccionario cayó al suelo. Habría sido muy fácil darle un bofetón, pero eso era una vulgaridad. Siempre había deseado abofetear a alguien, pero hubiera preferido que fuera una persona más robusta. El caso es que, entre una cosa y otra, el momento pasó. Annette se puso en pie.
– Lo lamento -dijo Camille-. Ha sido una indelicadeza.
Temblaba ligeramente.
– ¿Cómo se ha atrevido a semejante cosa?
– Porque la deseo, Annette.
– Eso es imposible -respondió ella. A sus pies, junto a una factura del sombrerero, yacían unos versos que le había enviado Camille y que ella había decidido ocultar a Claude. Camille sería incapaz de preguntarle el precio de un sombrero, pensó Annette. Estaba tan turbada que se giró hacia la ventana (aunque hacía un día nublado), mordiéndose el labio para disimular su nerviosismo.
Había pasado un año desde su primer encuentro.
Conversaban sobre teatro, sobre libros y sobre la gente que conocían; aunque casi siempre terminaban hablando de lo mismo: de por qué no quería acostarse con él. Ella respondía lo de costumbre. Él la acusaba de tener unas ideas muy puritanas, de tener miedo de sí misma y de que Dios la castigara.
Ella pensaba (aunque no lo decía) que jamás había conocido a nadie que tuviera tanto miedo de sí mismo como él, y no le faltaban motivos.
Ella le aseguró que no cambiaría de opinión, pero que el debate podía prolongarse indefinidamente. No indefinidamente, contestó Camille, sino hasta que los dos fueran demasiado viejos y ya no les interesara. Los ingleses lo hacen en la Cámara de los Comunes, dijo Camille. Annette lo miró escandalizada. No, no lo que ella imaginaba, pero si alguien propone algo que te disgusta uno puede levantarse y exponer los pros y los contras de la cuestión hasta que la sesión termina. Puede durar años.
– En cierto aspecto -dijo Camille-, puesto que me gusta mucho conversar con usted, sería una forma muy agradable de pasar el tiempo. Pero el caso es que la deseo ahora.
Desde el día en que él intentó besarla, ella se mostraba siempre distante, aunque él no había vuelto a tocarla. Si le rozaba una mano accidentalmente, se apresuraba a disculparse. Es mejor así, decía Camille, teniendo en cuenta los caprichos de la naturaleza humana, que las tardes son muy largas, que las niñas habían ido a visitar a unas amigas, que las calles estaban desiertas y que en la habitación sólo se oía el tictac del reloj y el latir de sus corazones.
Annette había decidido poner fin a esa no-relación suavemente, sin precipitarse. Era preciso reconocer que tenía sus buenos momentos. Pero Camille se lo había contado a alguien, o un amigo de su marido había advertido algo entre ellos, y todo el mundo lo comentaba. Claude tenía muchos amigos. El asunto era comentado en los vestuarios (sobreseído en el Châtelet pero propuesto en los tribunales civiles como el escándalo del año, en el apartado de los escándalos de la pequeña burguesía); corría de boca en boca en los cafés más elegantes, y en el ministerio todo el mundo hablaba de ello. En la mente de los cotillas no existían las discusiones, las tentaciones, la angustia moral ni los escrúpulos. Ella era una mujer atractiva, un tanto talludita, y se aburría. Él era joven y persistente. ¿Cómo no iban a tener una aventura? ¿Desde cuándo duraba el asunto? ¿Acaso Duplessis no estaba enterado?