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Электронная книга - «Fantasmas del pasado». Краткое содержание книги:

El doctor Jock Blaxton era un estupendo obstetra y adoraba a cada niño que ayudaba a traer al mundo. Sin embargo, su pasado le impedía tener uno propio. Su relación con las mujeres era muy problemática. No solía salir más de dos veces con ninguna, pero la doctora Tina Rafter, que llegó para cuidar a los hijos de su hermana y comenzó a trabajar en el hospital de Gundowring, lo deslumbró.
¿Estropearían su relación los fantasmas del pasado?
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No podía. ¡Era imposible! No le importaba lo que Jock pensara. Ese bebé había sido producto del amor e iba a nacer. Ella le daría la bienvenida con alegría.

Hubo un golpe en la puerta y su hermana se asomó a la puerta. Llevaba a Rose en brazos, y Ally y Tim estaban escondidos detrás.

– Llevas mucho tiempo aquí. ¿Te pasa algo?

– Puede que sí, puede que no -contestó Tina, dando un suspiro. Tendría que decirlo en algún momento-. Christie, ya sabes… ya sabes que te dije que iba a estar aquí unos meses, ¿te acuerdas?

– Sí -Christie ya no miraba a Tina, sino que sus ojos advirtieron el pequeño envoltorio de plástico que su hermana tenía en el regazo y la caja que había sobre la mesa.

– Yo… creo que tendré que estar más tiempo -continuó-. Christie… -miró a su hermana mayor y vio que las cosas habían dado un giro de ciento ochenta grados.

Durante los dos meses anteriores ella había tenido que cuidar de Christie, pero parecía que la situación iba a tener que invertirse.

Christie, que pareció recuperar instantáneamente su antigua fuerza, abrazó a su hermana con cariño.

– Oh, Christie, ¿cómo demonios nos arreglaremos con cuatro niños pequeños entre las dos?

– Tienes que decírselo.

Cuatro tazas de té después, Christie y Tina seguían hablando seriamente sobre el tema. El cambio operado en Christie era sorprendente. La mujer abandonada que tenía problemas para esbozar una sonrisa y permitía que Marie y Tina dirigieran su vida había desaparecido.

– Jock tiene que asumir su parte de responsabilidad, Tina. Te dejó embarazada. Tendrá que pagar, como mínimo, la crianza del niño.

– Eso imagino. Pero fui yo quien le dijo que estaba en un día seguro. No puedo…

– Tina, ¿estás segura de que no hay nada entre vosotros? -preguntó, con precaución-. ¿Nada que pueda ser salvado? Quiero decir… que hacéis una buena pareja. Él sería un marido estupendo.

– No -Tina dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco-. Estás equivocada, Christie. Él es un magnífico doctor y un buen amigo -la muchacha se sonrojó-. Y un buen amante también, el mejor, pero Jock no quiere tener una esposa. Se acostó conmigo sin hacer ninguna promesa y ahora está saliendo con otras mujeres. No quiere un hijo, Christie, y tampoco me quiere a mí.

– ¿Pero le dirás que estás embarazada?

– Creo que debería -contestó Tina-. Él es… es el padre de mi hijo y cuando se vaya -la voz de Tina se hizo un hilo fino-. Cuando se vaya de Londres tiene que saber que ha dejado una parte de sí mismo aquí.

– Va a dejar a su hijo -dijo Christie, en un susurro-. Oh, Tina, ¿y si lo quiere? ¿Si quiere ser padre?

– No creo en esa posibilidad. Hay demasiados… -dijo pensativa-. Hay demasiados ya.

– Se quedó dormida antes del té y se despertó con hambre, así que le hice un sándwich de crema de cacahuete. Se lo comió y de repente… de repente…

Era media noche. Una noche tranquila en la sala de urgencias hasta ese momento. La voz de la mujer expresaba terror. Estaba en la entrada con su bebé fuertemente apretado contra su pecho. Lo tenía agarrado con tanta fuerza que Tina no podía verlo.

Tina miró a Bárbara, la enfermera de guardia, y ésta dio un paso hacia la señora Hughes para agarrar a la niña.

– Tranquila, señora Hughes. Deje que la doctora Rafter la examine.

Pero Claire Hughes no atendía a razones. Comenzó a llorar y esquivó a Bárbara con ojos aterrorizados.

– Se está muriendo. Se muere… Tuve que dejar a mis otros hijos con los vecinos. Mi marido está trabajando y yo no podía encontrar… ¡Oh, Dios mío!

– Claire…

Claire no escuchaba. Era bastante nerviosa en cualquier circunstancia y en ese momento estaba histérica. Tina pudo agarrar finalmente a la niña y la mujer se abalanzó sobre ella, cayó al suelo y agarró a Tina por la pierna.

– ¡Mi niña! Mi niña…

La niña se estaba poniendo morada. Tina la miró, intentando no perder el equilibrio, y enseguida supo lo que estaba pasando.

La madre contó que había comido un sándwich de crema de cacahuete. Debían de ser los cacahuetes. El cuerpecito de la niña estaba hinchado, sus ojos también abultados y tenía los brazos y la cara cubiertos por un sarpullido rojizo. Le costaba respirar y…

De repente dejó de respirar y la mujer gritó y agarró a Tina de la otra pierna, intentando que se cayera al suelo.

– ¡No!

– Déjeme, por favor -suplicó Tina-. ¡Déjeme, señora Hughes!

Tina retrocedió con todas sus fuerzas, pero tenía los brazos ocupados por la niña inerte. La enfermera se agachó y trató de apartar a la mujer, pero Claire estaba completamente fuera de sí.

– ¡Claire! -gritó una voz masculina.

Jock pasaba por la puerta y vio lo que pasaba. En tres zancadas llegó a la mujer.

No preguntó nada. Levantó el cuerpo de la mujer y la apartó de Tina. Luego la dejó en una silla que había al lado de la puerta.

– Quédese aquí y no se mueva -ordenó con voz firme-. Bárbara, quédate con ella y no la dejes moverse. Llama a los de seguridad si hace falta. Tina, trae a la pequeña.

Ésta entró donde Jock le indicaba prácticamente corriendo. Cerraron la puerta con llave y la madre se quedó al otro lado. Por lo menos podrían concentrarse en la niña. Seguía sin respirar y el color morado se estaba convirtiendo en un blanco sucio.

– Tenemos que meterle un tubo. No hay tiempo… -exclamó Tina.

La garganta de la niña estaba hinchada y se había cerrado completamente. No había manera de reanimarla sin un tubo. No había espacio en la garganta para que entrara oxígeno y tampoco tiempo para que un antihistamínico actuara. Pero no hizo falta que Tina dijera a Jock lo que tenían que hacer. Antes de que dejara a la niña sobre la camilla, Jock estaba preparándolo todo. Puso una capa de lubricante en el tubo y se volvió, mientras Tina ponía a la niña sobre la espalda y la agarraba por la cabeza para levantarle la barbilla. Actuaron como dos partes de un mismo cuerpo. Tina era la anestesista y, por tanto, quien tenía la habilidad para meter el tubo. Jock agarró a la niña y la colocó de manera que Tina pudiera insertarlo en la laringe.

Las cuerdas bucales estaban muy hinchadas.

Antes de que el tubo estuviera en su sitió, Jock preparó rápidamente una inyección de adrenalina y a continuación, y antes de que Tina tuviera tiempo de decir nada, él ya había preparado la bolsa de ventilación. En segundos, en décimas de segundos, lo conectaron. Entonces, mientras Tina soplaba suavemente para meter aire en el cuerpecito inmóvil, Jock comenzó a ponerle la inyección.

La bolsa de ventilación se ensanchó una vez. Otra vez y otra. ¡Por favor, que llegaran a tiempo! Suplicó Tina. Y entonces la niña dio un suspiro largo y el pequeño pecho comenzó a moverse hacia arriba y hacia abajo. Tina estuvo a punto de desmayarse de alivio.

¿Quién quería ser médico?, pensaba Tina con tristeza, mientras observaba cómo la niña respiraba. Diez minutos antes estaba tomando una taza de té con Bárbara y de repente tenía que luchar por salvar una vida…

La mujer sostuvo el tubo cuidadosamente en su sitio, previniendo la reacción natural de la niña antes de que tuvieran tiempo de ponerle un sedante. Sin éste podía ahogarse con el tubo. Pero Jock ya estaba preparando el antihistamínico y el sedante. Sin Jock ella no habría podido salvar a aquella niña, admitió en silencio.

A continuación pensó en que la pequeña Marika Hughes se pondría bien, pero pasaría el resto de su vida teniendo que cuidar su alimentación y llevando en el bolso adrenalina y antihistamínicos, ya que había muchos productos que llevaban cacahuetes y no estaban descritos en el envoltorio.

Se oyó un golpe en la puerta y Tina, a pesar de su estado de ánimo, pudo contestar. Bárbara estaba allí, con expresión preocupada. Miró a la pequeña Marika, cuya carita comenzaba a recuperar el color, y el rostro de Bárbara se sonrojó de excitación.

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