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Электронная книга - «Fantasmas del pasado». Краткое содержание книги:

El doctor Jock Blaxton era un estupendo obstetra y adoraba a cada niño que ayudaba a traer al mundo. Sin embargo, su pasado le impedía tener uno propio. Su relación con las mujeres era muy problemática. No solía salir más de dos veces con ninguna, pero la doctora Tina Rafter, que llegó para cuidar a los hijos de su hermana y comenzó a trabajar en el hospital de Gundowring, lo deslumbró.
¿Estropearían su relación los fantasmas del pasado?
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Una mujer salió apresuradamente del asiento del conductor para ayudar al hombre. Jock la reconoció. Era Lorna Colsworth, la presidente del equipo femenino de bolos de Gundowring y miembro de la directiva del hospital. Era esposa de Simon Colsworth, director de pompas fúnebres y una de las personas más respetadas de la localidad.

Jock entonces miró de nuevo al hombre, esperando ver a Simon, pero no era éste. Era Reg Carney, el carnicero del pueblo. Un hombre grueso de cara roja. Lorna en ese momento tenía el rostro tan colorado como el hombre. Llevaba en la mano un montón de ropa: una camisa, una chaqueta y una corbata, además de calcetines y zapatos, que prácticamente arrojó en manos de Jock.

– Toma. Dáselos cuando él… cuando él… Tengo que irme, no puedo…

Pero Jock la agarró por el brazo con firmeza, aunque con suavidad a la vez.

– Lorna, ¿qué pasa?

Desde donde estaba Jock no podía ver al hombre. Tina estaba inclinada sobre él, intentando preguntarle algo. Al hombre parecía que le costaba hablar y tenía las manos en el regazo.

Si había comido algo, veneno quizá, o tomado alguna droga o sido herido, era necesario que Lorna lo contara antes de irse. No podían dejarla marchar, aunque ella parecía desesperada por hacerlo.

– Yo no… Tengo que irme a casa ahora mismo. Éstas son sus ropas…-exclamó, intentando soltarse del brazo de Jock.

– Cuéntanos, Lorna.

Jock miró a Tina, que había dejado de intentar hablar con el hombre y trataba de separarle las manos del regazo. Reg iba quejándose y caminaba dando tumbos de derecha a izquierda.

– Es… es… -el rostro de Lorna se ponía cada vez más colorado.

Parecía a punto de sufrir ella misma un infarto y Jock la arrastró hacia una silla para que se sentara.

– ¡Lorna, cuéntame!

Lorna gimió.

– Es… es… su pene. Se lo ha pillado. ¡Por favor, déjame irme!

Jock miró a Tina, que logró que el hombre quitara las manos del regazo. La muchacha abrió los ojos desmesuradamente y Jock vio que, por un segundo, estuvo a punto de soltar una carcajada, aunque consiguió reprimirse. Jock, por su parte, dejó a Lorna y se acercó a Tina.

Reg estaba en una de las situaciones más vergonzosas en que un hombre puede encontrarse. Su pene se había quedado atrapado en la cremallera del pantalón, la piel estaba rasgada por los dientes de la cremallera y debajo… Debajo de la tela del pantalón, rodeando el pene, había una tela roja y blanca con volantes, ¿unas braguitas?

Tina hizo un gesto de incredulidad.

– ¿Pero qué…? -miró a Loma-. Señora Colsworth, ¿qué es esto?

– Son mis braguitas -gimió Loma, cubriéndose la cara con una mano-. Reg me las había regalado esta noche. Son… son… de una tienda… de esas para adultos. Me las compró para hacerme una broma.

Su rostro iba del colorado al blanco, para luego sonrojarse de nuevo, pero de alguna manera continuó hablando.

– Pero… estábamos jugando y… yo hice que Reg se las pusiera, para ver cómo le quedaban… ya me entendéis, para reírnos un poco. De repente escuchamos un coche y pensamos que era Simon que volvía a casa a pesar de que era la noche que pasaba con los Mason. Entonces Reg se puso nervioso, agarró sus pantalones y se los abrochó tan rápidamente que… que se… y no pudimos. Lo intentamos pero no pudimos. Luego lo intenté de nuevo, pero gritó tanto que todos los vecinos nos escucharon. Y ni siquiera era Simon, era alguien que iba a la puerta de al lado.

Era demasiado y la voz de Ornase apagó para convertirse en un sollozo.

– Lorna-dijo Jock, que había conseguido mantenerse serio-. Lorna… -repitió, inclinándose para agarrar entre sus manos el rostro de la apenada mujer.

– No puedo… soportar…

– ¿No lo puedes soportar? -gimió Reg-. ¿No lo puedes soportar? Soy yo quien está pasándolo mal. Has estado a punto de cortarme el pene. Ayudadme.

– Lorna, ve a casa -aconsejó Jock con suavidad-. Ahora que sabemos lo que ha pasado, podremos solucionarlo. Puedes creerme o no, pero es un accidente bastante común. Ve a casa y llama después para ver cómo está Reg, ¿de acuerdo?

– Pero… -la mujer alzó la vista-. Simon… Todos… lo sabrán. Lo descubrirán.

– La doctora Rafter, la enfermera Roberts y yo lo sabremos, pero nadie más. Le prometemos que de aquí no saldrá nada. Es una promesa, Lorna. Incluso quemaremos las braguitas -añadió. Un músculo se agitó en su mandíbula, pero consiguió no reírse-. Están demasiado rotas para… para ser usadas. Ahora ve a casa y tranquilízate antes de que tu marido vuelva.

– ¿Quieres decir…?

– Lorna, vete ya.

Les llevó veinte minutos sacar a Reg del atolladero. Diecinueve minutos para calmar al hombre y hacer que se quedara quieto para que Tina le pusiera anestesia local, y un minuto o menos para que Jock abriera la cremallera.

La prenda de encaje se rasgó cuando Jock le bajó los pantalones. Tina y Jock ayudaron al hombre a quitarse los pantalones y lo que quedaba de las braguitas, sin decir una palabra. Tina se los pasó a Bárbara, que los recogió con la cara extrañamente rígida.

– ¿Puedo llamar a alguien para que te traiga ropa limpia? -quiso saber Tina.

– ¡No! -gritó Reg, poniéndose en pie con un gran esfuerzo-. Me voy ahora mismo a casa. Dejadme una de esas batas blancas.

– ¿Te vas a llevar una bata blanca a casa? ¿Pero qué…? ¿Y qué dirás a tu esposa, Reg? -preguntó Tina.

– Ella está jugando a las cartas -contestó Reg-. Llegaré antes que ella. Llama a un taxi, por favor -luego se lo pensó mejor-. No. El conductor del taxi… Si es Ted Farndale se enterará todo el mundo…

– ¿Cómo fuiste a casa de Lorna? -preguntó Jock.

– Caminando. Está muy cerca de mi casa y no quería arriesgarme a aparcar el coche frente a su casa.

– Entiendo -dijo Jock. Entonces se levantó-. Vamos, Reg, yo te llevaré a casa. He terminado ya mi jornada laboral. Dejaremos a la doctora Rafter con las urgencias que puedan aparecer esta noche -declaró, dándole una bata y ayudándole a ponérsela.

– Pero no se vaya, doctora Rafter -añadió suavemente, en una voz tan baja que sólo ella pudo oírlo-. Hay algunas cosas que tenemos que dejar claras. Un matrimonio, por ejemplo.

Capítulo 11

JOCK volvió diez minutos después y encontró a Tina escribiendo. Alzó los ojos al entrar él, pero esta vez no había tensión. Su rostro se iluminó con una sonrisa y Jock supo que había estado reprimiendo la risa desde que él salió con Reg.

– ¿Conseguisteis llegar a su casa sin que nadie os viera? Yo pensé en ponerle unos bigotes falsos y gafas de sol.

– Los habría aceptado sin duda -contestó Jock, sonriendo a su vez-. Esa pareja no volverá a atreverse a cometer infidelidad. No sé cómo he conseguido mantener la compostura.

– Esto va a simplificar las cosas -dijo Tina, ya con una expresión seria.

– ¿A qué te refieres?

– Lorna Colsworth es una de las mujeres más mojigatas de esta ciudad y está en la directiva del hospital. Como madre soltera, me imagino que Lorna querría que me echaran, pero ahora no creo que se atreva. ¿Qué opinas?

– Tina…

– He estado pensando qué poner en el historial de Reg -dijo Tina, ignorando la incomodidad de Jock-. Puede que no sea ético, pero sería un detalle para él no incluirlo en los sucesos de esta noche. Si algún doctor le pregunta sobre ello, creo que le daría un ataque.

– Tina…

– ¿Qué opinas?

– Creo que tenemos que hablar.

– Creí que estábamos hablando.

– Sobre nosotros.

Tina hizo un gesto con la cabeza y continuó escribiendo.

– No hables de nosotros, Jock. Tú eres tú y yo soy yo, y el bebé es nuestro, pero no hay que hablar de nosotros.

– Creo que sí.

– ¿Por qué? -preguntó Tina, con valentía-. ¿Para cumplir con tus obligaciones? No creo. Jock, tú no quieres casarte conmigo. Sé sincero y admítelo, no quieres.

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