La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Verna apenas podía respirar. Se puso el anillo en el dedo anular de la mano izquierda, se llevó los dedos a los labios y besó el anillo mientras desgranaba una silenciosa plegaria dirigida al Creador, suplicándole que la guiara y le diera fortaleza. De la figura del Creador pintada sobre ella surgió un brillante haz de luz que la bañó en su resplandor. Verna se estremeció. A su alrededor percibía un leve zumbido en el aire. Oyó breves y entrecortados gritos y chillidos de las Hermanas alrededor de la sala, pero la luz no le permitía verlas.
La Hermana alzó el pergamino con manos trémulas. El zumbido en el aire se hizo más intenso. Verna deseaba echar a correr pero en lugar de eso rompió el sello. El haz de luz que emanaba de la figura del Creador se intensificó hasta adquirir un cegador brillo.
Verna desplegó el pergamino y alzó la vista, aunque no distinguía los rostros que la rodeaban.
— Bajo pena de muerte, he recibido instrucciones de leer esta carta. —En vista de que no oyó ni un sonido, prosiguió—: Dice así: «A todas las Hermanas reunidas y también las no presentes, ésta es mi última voluntad».
Varias Hermanas lanzaron exclamaciones entrecortadas. Verna hizo una pausa y tragó saliva.
— «Vivimos tiempos muy difíciles, y el Palacio no puede permitirse el lujo de enzarzarse en una prolongada lucha por mi sucesión. No pienso permitirlo. Así pues, ejerzo una de mis prerrogativas como Prelada que se recogen en el canon del Palacio de los Profetas y nombro a mi sucesora. La tenéis ante vosotras, llevando el anillo del cargo. La Hermana que esté leyendo esto es ahora la Prelada. Las Hermanas de la Luz la obedecerán. Todos la obedecerán.
»He tejido el encantamiento alrededor del anillo con la ayuda y la guía del mismo Creador. Si desobedecéis mi voluntad, allá vosotras.
»A la nueva Prelada le encomiendo que sirva y proteja el Palacio de los Profetas y todo aquello que representa. Que la Luz te sostenga y te guíe siempre.
»Escrito por mi propia mano antes de abandonar esta vida y entregarme a las dulces manos del Creador. Prelada Annalina Aldurren.»
Con un estruendo que hizo temblar el suelo bajo sus pies, el haz de luz y el resplandor que la envolvían se extinguieron.
Verna Sauventreen dejó caer la mano que sostenía la carta mientras alzaba la vista hacia el círculo de perplejas caras que la miraban. Un suave crujido resonó en la vasta sala cuando todas las Hermanas de la Luz se hincaron de rodillas e inclinaron la cabeza ante su nueva Prelada.
— No puede ser —musitó Verna para sí.
Echó a andar lentamente, arrastrando los pies sobre el suelo pulido, y dejó caer la carta. Cautelosamente las Hermanas corrieron tras ella para recoger el escrito y leer por sí mismas las últimas palabras de la prelada Annalina Aldurren.
Las cuatro Hermanas se pusieron de pie ante ella. El fino cabello rubio rojizo de la hermana Maren enmarcaba una faz pálida como la cera. La hermana Dulcinia la miraba con ojos azules desorbitados y rostro encendido. Y la hermana Philippa había trocado su habitual expresión plácida por otra de consternación.
En el arrugado rostro de la hermana Leoma apareció una amable sonrisa.
— Necesitarás consejo y guía, Her… Prelada. —El modo en que tragó saliva, involuntariamente, arruinó el efecto de la sonrisa—. Os ayudaremos en todo lo que podamos. Estamos a vuestra disposición. Estamos para serviros en…
— Gracias —la interrumpió Verna con voz débil y echó a andar. Era como si sus pies tuvieran voluntad propia.
Warren esperaba fuera. Verna cerró las puertas. Aún aturdida, se vio delante del joven mago de rubia cabellera. Warren se hincó de hinojos e inclinó la cabeza.
— Prelada. —Entonces alzó la vista y le explicó con una sonrisa—: He escuchado detrás de la puerta.
— No me llames Prelada. —La voz le sonó hueca incluso a ella.
— ¿Por qué no? Ahora es lo que eres —dijo con una sonrisa más amplia—. Es realmente…
Verna giró sobre sus talones y empezó a alejarse. Por fin su mente volvía a funcionar.
— Sígueme —le ordenó.
— ¿Adónde vamos?
Verna se llevó un dedo a los labios para imponerle silencio y lo miró de reojo con tal expresión que el joven se calló de golpe. Warren tuvo que darse prisa para alcanzarla. Una vez a su lado, empezó a andar a grandes zancadas. Verna lo condujo fuera del Palacio de los Profetas. Cada vez que parecía que se disponía a decir algo, Verna se llevaba un dedo a los labios. Al fin el joven suspiró, se metió las manos en las mangas y caminó mirando al frente.
Fuera del palacio, las novicias y los muchachos que habían oído el estruendo de las campanas que anunciaban el nombramiento de la nueva Prelada inclinaban la cabeza al ver el anillo. Verna pasaba junto a ellos sin detenerse a mirarlos. Los soldados que custodiaban el puente sobre el río Kern la saludaron con una inclinación de cabeza.
Tras cruzar el río, Verna descendió a la orilla y avanzó por un sendero que discurría entre matorrales. Warren caminaba deprisa para no perderla. Así pasaron junto a pequeños embarcaderos, todos vacíos pues los pescadores faenaban en sus barcas en el río, lanzando redes o tirando de anzuelos, mientras remaban lentamente río arriba. Pronto regresarían para vender los peces en el mercado de la ciudad.
Tras caminar un rato río arriba alejándose del Palacio de los Profetas, Verna se detuvo en un lugar plano desierto, cerca de un afloramiento rocoso alrededor del cual el agua borboteaba y salpicaba. Contemplando la corriente con expresión ceñuda, la mujer se colocó en jarras.
— Juro que si esa entrometida no estuviera muerta, la estrangularía con mis propias manos.
— ¿De quién estás hablando?
— De la Prelada. Si no estuviera ya en manos del Creador, sentiría las mías alrededor del cuello.
Warren se rió por lo bajo.
— Sería digno de verse, Prelada.
Verna cogió al joven bruscamente por la túnica a la altura de ambos hombros.
— Warren, tienes que ayudarme. Ayúdame a salir de ésta.
— ¿Qué? ¡Pero si es maravilloso! Verna, ahora eres la Prelada.
— No. No puede ser. Warren, tú conoces todos los libros que se guardan en las criptas, has estudiado las leyes de palacio; tienes que encontrar algo para sacarme de ésta. Tiene que haber un modo. Tú puedes encontrar en los libros algo que lo impida.
— ¿Impedirlo? Si ya está hecho. Además, es lo mejor que podría haber pasado. —El joven ladeó la cabeza e inquirió—: ¿Por qué me has hecho venir hasta aquí?
Verna le soltó la túnica.
— Warren, piensa. ¿Por qué murió la Prelada?
— La mató la hermana Ulicia, una de las Hermanas de las Tinieblas. Murió porque luchaba contra su maldad.
— No, Warren, piensa. Murió porque un día, en su despacho, me dijo que sabía que había Hermanas de las Tinieblas en palacio. La hermana Ulicia, que era una de sus administradoras, la oyó—. Verna se inclinó hacia él—. El despacho estaba protegido con un escudo. Yo misma me aseguré de ello pero no caí en que las Hermanas de las Tinieblas son capaces de usar Magia de Resta. La hermana Ulicia nos oyó pese al escudo y regresó para matar a la Prelada. Aquí fuera podremos ver si hay alguien lo suficientemente cerca como para oírnos. No hay lugar en el que ocultarse. —Con un gesto de la cabeza señaló el agua borboteante—. Y el agua altera el sonido de nuestras voces.
Warren miró nervioso a su alrededor.
— Ya veo qué quieres decir. Pero Prelada, a veces el agua puede transportar el sonido a cierta distancia.
— Te he dicho que no me llames Prelada. Con los sonidos del día y si hablamos en voz baja, el agua enmascarará nuestras voces. No podemos arriesgarnos a hablar en palacio. Siempre que queramos tratar de esto, tendremos que salir al campo, para ver si hay alguien cerca. Bueno, tienes que hallar el modo de librarme del cargo de Prelada.