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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— ¿Es eso lo que creo que es? —inquirió Verna.

Una leve sonrisa dobló las arrugas que surcaban el rostro de la hermana Leoma.

— Si estás pensando en una red de luz, sí, lo es. Ni siquiera la mitad de nosotras posee el talento ni el poder necesarios para tejer una. Es bastante impresionante, ¿no te parece?

La hermana Verna entrecerró los ojos para tratar de distinguir qué era aquel objeto en lo alto de la columna.

— Nunca había visto un pedestal igual, al menos aquí. ¿Qué es? ¿De dónde ha salido?

La hermana Philippa miraba sin pestañear el blanco pilar que se alzaba en medio de la sala. Ya no quedaba ni rastro de su arrogante actitud.

— Cuando volvimos del funeral estaba aquí, esperándonos.

La hermana Verna echó otra ojeada al pedestal.

— ¿Qué hay encima?

— El anillo de la Prelada —respondió la hermana Leoma, uniendo las manos—. El anillo del cargo.

— ¡El anillo de la Prelada! ¿Y qué está haciendo allí arriba, en nombre del Creador?

La hermana Philippa enarcó una ceja.

— Eso me gustaría saber a mí —comentó.

Verna creyó detectar una leve inquietud en aquellos ojos oscuros.

— Bueno, ¿qué…?

— Ve y trata de cogerlo —dijo la hermana Dulcinia—. Desde luego, no creo que lo logres —añadió entre dientes.

— No sabemos qué está haciendo ahí —le explicó la hermana Leoma con una entonación más propia para hablar con otra hermana—. Cuando regresamos ya estaba allí. Hemos tratado de examinarlo, pero no podemos acercarnos. En vista de la peculiar naturaleza del escudo hemos creído conveniente comprobar si alguna de nosotras consigue acercarse y, tal vez, descubrir su propósito. Todas lo hemos intentado, pero sin éxito. Sólo faltas tú.

La hermana Verna se envolvió con el chal e inquirió:

— ¿Qué pasa cuándo tratáis de acercaros?

Las hermanas Dulcinia y Maren desviaron la vista, pero la hermana Philippa sostuvo la mirada a Verna y respondió:

— No es agradable. No es nada agradable.

Era de esperar. A Verna solamente le sorprendió que ninguna de las Hermanas hubiera resultado herida en el intento.

— Es criminal encender un escudo de luz y dejarlo en medio, donde cualquier inocente puede toparse con él accidentalmente.

— Es poco probable —replicó Leoma—, si tenemos en cuenta dónde está. El personal de la limpieza lo encontró y tuvieron el buen sentido de mantenerse alejados.

Verna estaba segura de que todas las Hermanas habían intentado aproximarse al anillo, y no presagiaba nada bueno el hecho de que ninguna Hermana lo hubiese logrado. Sería un gran logro que una de ellas demostrara que poseía el poder suficiente para recuperar el anillo de la Prelada.

— ¿Habéis probado a unir redes para succionar el poder del escudo? —preguntó Verna a la hermana Leoma.

La interpelada negó con la cabeza.

— Decidimos que primero todas las Hermanas tendrían una oportunidad, pues podría tratarse de un escudo adaptado específicamente a una de ellas. Ignoramos cuál podría ser el propósito de tal cosa, pero si es así y se trata de un escudo defensivo, cuando lo enlazáramos con otra red para tratar de desactivarlo el objeto que defiende podría ser destruido. Tú eres la única que aún no lo ha intentado. Incluso hemos subido a la hermana Simona —añadió Leoma con un cansino suspiro.

Verna bajó la voz en el súbito silencio.

— ¿Está mejor?

— Todavía oye voces —respondió Leoma, alzando la mirada hacia el fresco del Creador—. Anoche, mientras estábamos en la colina, tuvo otra pesadilla.

— Vamos, trata de recuperar el anillo y luego seguiremos con el proceso de selección —dijo la hermana Dulcinia. Con una severa mirada pareció reprender a las hermanas Philippa y Leoma por tanta charla. La hermana Philippa recibió la mirada inexpresivamente y sin ningún comentario, mientras que la hermana Maren lanzaba una impaciente mirada al débil resplandor que resguardaba el objeto por todas codiciado.

Con una mano de nudosos dedos, la hermana Leoma señaló hacia la columna blanca.

— Verna, querida, tráenos el anillo, si puedes. Tenemos asuntos importantes de palacio de los que ocuparnos. Si tampoco tú puedes, tendremos que usar un enlace para desactivar el escudo y tratar de recuperar el anillo de la Prelada. Vamos, muchacha, inténtalo.

Verna inspiró hondo, decidió no tomarse como una ofensa que otra Hermana, una igual, la hubiese llamado «muchacha», y echó a andar sobre el suelo pulido. Sus pasos resonaron en la vasta sala, en la que el único otro sonido era el amortiguado batir de los tambores. Después de todo, se dijo, la hermana Leoma era bastante mayor que ella y, por tanto, merecía cierta deferencia. Al alzar la vista hacia las galerías distinguió a sus amigas —las hermanas Amelia, Phoebe y Janet—, que la animaban con débiles sonrisas. Con expresión resuelta Verna siguió adelante.

¿Qué estaba haciendo el anillo de la Prelada bajo un escudo tan peligroso, un escudo de luz? Algo iba mal. La respiración se le aceleró al pensar que podría tratarse de la trampa de una Hermana de las Tinieblas. Tal vez una de ellas había preparado ese escudo para eliminarla porque sospechaba que sabía demasiado. Verna aflojó ligeramente el paso. Si su suposición era correcta y se trataba de una trampa para eliminarla, el escudo podría incinerarla antes de que se diera ni cuenta.

Solamente el sonido de sus pasos resonaba en sus oídos al notar los límites externos de la red. Podía distinguir el resplandor que emanaba del anillo. Tensó los músculos y esperó a sentir la desagradable experiencia por la que todas las demás habían pasado, pero únicamente notó calor, como el del sol en un día de estío. Lentamente, paso a paso, fue avanzando, y el calor no aumentó.

Por las débiles exclamaciones de sorpresa que oyó supo que ninguna de sus compañeras había llegado tan lejos. No obstante, era consciente de que ello no significaba necesariamente que lograra llegar hasta el anillo o salir con vida del escudo. A través del suave fulgor blanco distinguió los asombrados rostros de sus Hermanas, que seguían con atención todos sus movimientos.

Entonces, como en la brumosa luz de un sueño, se vio ante el pedestal. En el centro del escudo la luz era tan intensa que ya no podía distinguir los rostros de quienes se hallaban fuera.

El anillo de oro de la Prelada descansaba sobre un trozo de pergamino doblado y lacrado con un sello rojo que mostraba la misma figura de un reluciente sol que el anillo. Había algo escrito. Verna apartó el anillo y dio la vuelta al pergamino con un dedo a fin de leerlo.

Si quieres escapar con vida de esta red, ponte el anillo en el dedo anular de la mano izquierda, bésalo y entonces rompe el sello y lee en voz alta a las demás Hermanas lo que he escrito dentro.

Estaba firmado: Prelada Annalina Aldurren.

La hermana Verna se quedó mirando fijamente esas palabras. Tuvo la impresión de que los trazos le devolvían la mirada, expectantes. Reconocía la letra de la Prelada, pero podía tratarse de una falsificación. Si se trataba de una trampa de una Hermana de las Tinieblas amante del teatro y el drama y ella seguía esas instrucciones, podría costarle la vida. Pero, si no era una trampa y no seguía las instrucciones, también moriría. Verna reflexionó unos instantes sobre la alternativa, inmóvil. No se le ocurría nada.

Entonces, alargó una mano y cogió el anillo. De la oscuridad al otro lado del escudo le llegaron exclamaciones de sorpresa. Verna dio la vuelta a la sortija entre los dedos para examinar el dibujo del sol y los signos de desgaste en el metal. Se notaba cálido al tacto, como si una fuente interna lo calentara. Desde luego parecía el anillo de la Prelada y algo en su interior le decía que, efectivamente, lo era. La Hermana posó nuevamente la mirada en las palabras escritas en el pergamino.

Si quieres escapar con vida de esta red, ponte el anillo en el dedo anular de la mano izquierda, bésalo y entonces rompe el sello y lee en voz alta a las demás Hermanas lo que he escrito dentro. Prelada Annalina Aldurren.

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