Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– No te preocupes, Leo… Si desearas marcharte de verdad, encontrarías la puerta…
Debe de ser cierto: no quiero marcharme. El castillo es un mundo en sí mismo, el mejor mundo que jamás he conocido. Posee patio de armas, explanadas de entrenamiento y juegos, jardines interiores. Cada zona del castillo muestra un color determinado en las enseñas y las tapicerías. Los pajes adscritos a cada sector llevan un jubón de la misma tonalidad, y sólo conocen bien el fragmento de la fortaleza que les corresponde. Para ir desde el aposento donde dormimos Nyneve y yo, en lo alto de una estrecha torre redonda, a la biblioteca, hay que pasar tres demarcaciones, y los pajes que te guían te van entregando en la frontera de cada zona al paje siguiente. He intentado recorrer el castillo por mí misma, pero siempre me pierdo. Cuando creo que voy a llegar al gran patio de armas, doy con un pequeño y recoleto jardincillo en el que nunca había estado; y cuando pienso que estoy subiendo las escaleras que llevan a mi cuarto, termino en una almena sin salida. Los sirvientes me han contado que esta fantasía, esta extravagancia pétrea, es obra del abuelo de Puño de Hierro, un hombre viejo y poderoso que se enamoró de una chiquilla de doce años y construyó este castillo para que la niña no supiera cómo escaparse. Una vez terminada la edificación, el maestro constructor que la había diseñado fue decapitado: de ese modo silenciaba el secreto de sus planos para siempre.
Todas las mañanas me entreno y recupero forma en el patio de armas. A veces combato contra sir Wolf, a veces contra el capitán de la guardia de la Duquesa Blanca. Luego me escondo en algún rincón de los jardines y disfruto de los libros de Dhuoda. Con Nyneve he leído El Libro de los Monstruos, un compendio de la obra latina de un tal Plinio, que es un sabio del tiempo antiguo, traducido a nuestra lengua. Es un libro increíble en el que cabe el mundo. Por él me he enterado de que hay confines remotos en los que existen hombres con una sola pierna, y con el pie tan grande que lo usan para taparse el sol. Y también hay seres que carecen de boca, y que se alimentan oliendo la comida. Nunca pensé que la Tierra fuera un lugar con tantas maravillas.
– No deberías creerte todo lo que lees -me aconseja Nyneve.
– ¡Pero si tú me has dicho que el saber está en los libros!
– Sí, pero ni siquiera el saber es del todo fiable… Hay que aprender a distinguir.
Pero a Plinio le creo. Cuenta que al Norte de todo está un lugar muy parecido al Paraíso. Me he aprendido sus palabras de memoria: «Se cree que allá se encuentran los goznes del mundo. Es una zona templada de agradable temperatura, exenta de todo tipo de viento nocivo. Toda discordia y sufrimiento son desconocidos para sus pobladores. La muerte no les sobreviene sino por estar hartos de vivir». Él dice que ésa es la tierra de los hiperbóreos, pero un lugar cálido y eterno en el Norte frío, ¿qué otra cosa puede ser, sino Avalon? La isla de la que hablaba mi Jacques, el lugar de la dulzura y la belleza, existe en algún lugar y nos espera. Y también dice Plinio: «Dios significa para un mortal ayudar a otro mortal, y ése es el camino para la gloria eterna». Y este Dios me gusta, le comprendo. Es mejor que el Dios del santo Job, como decía la Duquesa el otro día. Todos estos libros, lo noto, me están cambiando por dentro. Yo no podía imaginarme que esto de leer era como vivir.
También he leído, por mí sola, El Caballero de la Carreta, de Chrétien de Troyes, una obra maravillosa que cuenta las aventuras de la hermosa reina Ginebra y del gentil Lanzarote. Y lo que más me emociona es que Dhuoda asegura conocer personalmente al gran Chrétien:
– Vive en la corte de la reina Leonor. Iremos a Poitiers para el Gran Torneo y te lo presentaré.
A veces pienso que la Dama Blanca me promete estos viajes para aliviar mi encierro. Porque soy feliz, pero siento crecer en mi interior una extraña inquietud, como un huevecillo que va gestando su pollo. La primavera explota en los jardines del castillo y me hace hervir la sangre. No quiero irme y al mismo tiempo tampoco quiero quedarme.
– Es la incapacidad de los humanos para ser dichosos -suspira Nyneve cuando se lo explico-. No te preocupes, Leo, pronto partiremos. Y luego pasarás coda tu vida añorando estos días.
En mis primeras semanas de vagabundeo por el castillo, a veces me cruzaba con sir Wolf. Que siempre estaba triste, inmensamente triste. Alicaído como un viejo bridón olvidado en la cuadra. Sir Wolf ama a la Duquesa, que es su Dama, con un amor desesperado e imposible. Dhuoda es virgen y ha jurado no conocer jamás varón. Cómo se puede ser al mismo tiempo viuda y virgen es algo que no termino de entender, pero la doncellez de la Duque sa es al parecer un hecho famoso en toda la comarca. Por eso viste siempre de blanco, para proclamar su estricta pureza. Y por eso sir Wolf penaba tanto. Pero ahora, con la llegada de la primavera, el caballero parece haberse recuperado. Ahora estira los hombros, como liberado de un yugo de castigo, y sus acuchillados ojos de gavilán centellean de viveza. Sé lo que le sucede: Nyneve ha vuelto a dejarme sola por las noches.
– Pero, Nyneve, ahora sir Wolf sabe que tú eres mujer, y probablemente imaginará que yo también lo soy. Con tu aventura nos estás poniendo a las dos en peligro.
– No te apures, es un verdadero caballero y no dirá nada… Y, además, por si acaso, le he cubierto con un conjuro de silencio, para estar seguras.
Ahora sir Wolf sigue amando a su blanca Dama con ese amor divino que Lanzarote mostraba por Ginebra en El Caballero de la Carreta; pero el amor terrenal lo vive con Nyneve la pelirroja, cuyo cuerpo está cubierto de colores desde la cabeza hasta los pies. Y yo, para mi desgracia tan virgen como Dhuoda, envidio y ansío el sudoroso enrojecimiento de la carne.
Enderezo el cuello y todos mis sentidos entran en alerta: aún no sé cuál ha sido la causa de la alarma, pero mi cuerpo bien entrenado ya se ha puesto en tensión. Aguzo las orejas y ahora percibo algo: roces apagados a mi espalda, como de alguien que intentara acercarse sin ser advertido. Miro hacia atrás, pero no noto nada extraño. Estoy en un banco de piedra, en el corredor abierto que da al pequeño jardín del pozo y los naranjos. Atardece rápidamente y la galería es un remanso de sombras. Cierro el libro que estaba terminando de leer con las últimas briznas de la luz menguante y me pongo de pie. Una risa sofocada se escucha muy cerca. Vuelvo a escudriñar alrededor: no se ve a nadie.
– ¿Quién anda ahí?
Silencio. Pero ahora se oye una vez más, justo a mi lado, el siseo de las ropas y los pasos. Parece cosa de magia y, si lo es, desde luego no se trata de magia blanca. La risita cascada rebota sobre las piedras grises del corredor. Es una risa burlona, un ruido maligno. En la esquina opuesta del jardín todavía queda una porción de sol, un pedacito de mundo muy verde y muy brillante. El rumor de la presencia cercana e invisible es como el sonido sinuoso que debía de producir la serpiente en el Paraíso. Un miedo irracional empieza a pesarme en los brazos, en las piernas, en mis músculos endurecidos por la inquietud. No estoy armada y lo lamento. Echo de menos mi espada, o siquiera el cuchillo. Aunque los hierros nada pueden contra los espíritus.
– ¡Por Cristo, Nuestro Salvador! ¿Quién anda ahí?
De nuevo un silencio de tumba. Ni siquiera los pájaros cantan, y eso es un mal presagio. Giro sobre mí misma contemplando la vacía galería. De pronto, el horror me petrifica: una hoja cortante araña mi cuello con su frío filo. No puede ser, no entiendo. Hace un instante no había nadie a mis espaldas y ahora tengo un puñal pegado a mi garganta. Me quedo muy quieta. Detrás de mí, el asaltante tampoco se mueve, tampoco dice nada. El hierro se aprieta un poco más contra mi carne; siento que el filo rasguña la piel. Entonces me decido; echo repentinamente el cuerpo hacia atrás e intento golpear el rostro de mi agresor con mi cabeza. Apenas le rozo porque es más bajo que yo, pero mi movimiento le desconcierta y afloja la presión del arma. Sujeto su muñeca con mi mano; él suelta el cuchillo, que cae al suelo con tintineo metálico, se zafa de un tirón y se escabulle. Me giro a tiempo de verle desaparecer por una puerta secreta que hay abierta en el muro, junto al banco de piedra: una figura imprecisa envuelta en una larga capa negra con capucha. Salgo detrás de él, pero el agresor es muy rápido: se pierde por los vericuetos del corredor secreto, que es estrecho y oscuro. Yo también me introduzco sin pensar en el lóbrego túnel; al principio parece tan tenebroso como un pozo, pero enseguida empiezo a encontrar, de tanto en tanto, débiles lámparas de aceite que iluminan el lugar con un resplandor mortecino. Las mohosas paredes rezuman humedad y en el suelo hay tramos de escalones con los que tropiezo, pues resultan casi invisibles en la penumbra. Corro y corro durante no sé cuánto tiempo, entre la espesa piedra de los muros, respirando el aire rancio y estancado. De pronto se me ocurre que mí atacante puede estar esperándome en alguna de las revueltas del pasadizo, dispuesto a saltar sobre mí y degollarme. El vello se me encrespa sobre la nuca y pienso en el cuchillo que cayó al suelo: salí en persecución del asesino con tanta premura que no atiné a recogerlo. El miedo empieza a subir por mí interior como una marea fría; las piernas se me debilitan, corro menos. Pero al doblar una esquina atisbo a lo lejos al hombre embozado: empuja la pared y abre otra puerta. Además, también él ha perdido su puñal. Salgo detrás con renovadas fuerzas y me encuentro en una de las salas del castillo. Una sala que no reconozco, pero esto no es raro. La persecución prosigue: a veces sólo me guía el repiqueteo de los pasos de mí enemigo. Atravesamos salones, antesalas, patios, subimos por amplias escalinatas y bajamos por intrincadas escaleras de caracol. Todas estas dependencias de la fortaleza me parecen desconocidas y, lo que es más inquietante, en toda nuestra carrera no nos hemos encontrado a nadie: ni un paje, ni un soldado, ni un criado, ni un perro. El castillo, enorme y laberíntico, es igual que el de Dhuoda, pero podría ser otro, tan distinto y siniestro me parece en la creciente penumbra, rota de cuando en cuando por un hachón humeante.
A lo lejos, mi asaltante abre de un empellón una gran puerta labrada, y sus hojas retumban en el silencio cuando se cierran. Llego sin aliento hasta el dintel y me detengo con la mano apoyada en la falleba. No sé si abrir. No sé si seguir. Intuyo que si cruzo el umbral puedo descubrir cosas que tal vez hubiera preferido no saber. Miro a mi alrededor: la galería oscura y desierta, los ventanales empotrados en el ancho muro, la noche temprana apretándose contra los vidrios como una gasa fúnebre. Ignoro dónde estoy. Ignoro por qué y por quién he sido atacada. Hay ignorancias que matan. Si no llego hasta el final, quedaré atrapada en el peligro, a merced de nuevas agresiones.