La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
En cuanto a la chimenea volc�nica, que establec�a la comunicaci�n entre las capas subterr�neas y el cr�ter, la vista no pod�a calcular su profundidad, porque se perd�a en las tinieblas; pero no hab�a duda sobre la extinci�n completa del volc�n.
Antes de las ocho, Ciro Smith y sus compa�eros se hallaban reunidos en la cima del cono, sobre una eminencia c�nica que ten�a en su borde septentrional.
-��El mar! �El mar por todas partes! -exclamaron, como si sus labios no hubieran podido contener aquellas frases que los convert�an en insulares.
El mar, en efecto, la inmensa sabana de agua circular les rodeaba. Tal vez subiendo a la cima del cono, Smith ten�a la esperanza de descubrir alguna costa, alguna isla cercana, que la v�spera no pudo ver por la oscuridad; pero nada apareci� en los l�mites del horizonte, es decir, en un radio de cincuenta millas. �Ninguna tierra, ninguna vela! Aquella inmensidad estaba desierta y la isla ocupaba el centro de una circunferencia que parec�a infinita.
El ingeniero y sus compa�eros, mudos e inm�viles, recorrieron con la mirada en algunos minutos todos los puntos del oc�ano; registraron aquel oc�ano hasta sus m�s extremos l�mites, pero Pencroff, que pose�a un poderoso poder visual, no vio nada y ciertamente, si hubiese aparecido alguna tierra, aunque s�lo hubiera sido bajo forma de un tenue vapor, el marino la hubiera visto, porque eran dos verdaderos telescopios lo que la naturaleza hab�a puesto bajo el arco de sus cejas.
Del oc�ano dirigieron sus miradas sobre la isla, cuya totalidad dominaban, y la primera pregunta sali� de labios de Gede�n: -�Qu� extensi�n puede tener esta isla?
Realmente no parec�a mucha en medio de aquel inmenso oc�ano.
Ciro reflexion� un instante, observ� atentamente el per�metro de la isla, teniendo en cuenta la altura a que se hallaba situada, y dijo luego:
-�Amigos, creo no equivocarme dando al litoral de la isla un per�metro de m�s de cien millas.
-��Y de superficie?
-�Es muy dif�cil calcularla -replic� el ingeniero-, porque est� caprichosamente ondulada.
Ciro no se hab�a enga�ado en su c�lculo, pues la isla ten�a aproximadamente la misma extensi�n que la de Malta o la de Zarte en el Mediterr�neo; pero a la vez mucho m�s irregular y menos rica en cabos, promontorios, puntas, bah�as, ensenadas o abras. Su forma, verdaderamente extra�a, sorprend�a y, cuando Gede�n Spilett, por indicaci�n del ingeniero, dibuj� los contornos, se encontr� con que ten�a la forma de un animal fant�stico, una especie de pter�podo monstruoso que se hubiera dormido sobre la superficie del Pac�fico.
V�ase, en efecto, la configuraci�n exacta de aquella isla, que importa dar a conocer, y cuya carta levant� el corresponsal con bastante precisi�n.
La parte este del litoral, es decir, aquella en donde los n�ufragos hab�an tomado tierra, se abr�a formando una vasta bah�a terminada al sudeste por un cabo agudo, que Pencroff no hab�a podido ver en su primera exploraci�n. Al nordeste, otros dos cabos formaban la bah�a, y entre ellos se abr�a un estrecho golfo que parec�a la mand�bula abierta de alg�n formidable escualo.
Del nordeste al noroeste, la costa se redondeaba como el cr�neo achatado de una fiera, para levantarse luego formando una especie de gibosidad que daba una figura muy precisa a aquella parte de la isla, cuyo centro estaba ocupado por la monta�a volc�nica.
Desde aquel punto el litoral se extend�a regularmente al norte y al sur, abierto a los dos tercios de su per�metro por una estrecha ensenada, a partir de la cual terminaba en una larga cola, que parec�a el ap�ndice caudal de un gigantesco cocodrilo.
Aquella cola formaba una verdadera pen�nsula, que se alargaba por m�s de treinta millas dentro del mar, a contar desde el cabo sudeste de la isla, ya mencionado, y se redondeaba describiendo una rada avanzada, muy abierta, que formaba el litoral inferior de aquella tierra tan caprichosamente recortada.
En su menor anchura, es decir, en las Chimeneas y la ensenada visible en la costa occidental que le correspond�a en latitud, la isla med�a diez millas solamente; pero en su mayor anchura, desde la mand�bula del nordeste hasta la extremidad de la cola del sudoeste, no ten�a menos de treinta millas.
En cuanto al interior de la isla, su aspecto general era el siguiente: muy frondosa en toda su parte meridional desde la monta�a hasta el litoral y muy �rida y arenosa en la parte septentrional. Entre el volc�n y la costa este, Ciro Smith y sus compa�eros se quedaron sorprendidos de ver un lago rodeado de verdes �rboles, cuya existencia no pod�an siquiera sospechar. Visto desde aquella altura, parec�a que el lago estaba al mismo nivel que el mar; pero, hechas las oportunas reflexiones, el ingeniero dijo que la altitud de aquella sabana de agua deb�a ser trescientos pies, puesto que la meseta que le serv�a de cuenca no era m�s que una prolongaci�n de la costa.
-��Entonces es un lago de agua dulce? -pregunt� Pencroff.
-�Necesariamente -contest� el ingeniero-, porque debe estar alimentado por las aguas que bajan de la monta�a.
-�Veo un riachuelo que desemboca en �l -observ� Harbert, se�alando una estrecha corriente de agua que deb�a tener su origen en los contrafuertes del oeste.
-�Es cierto -repuso Smith-; y puesto que ese riachuelo alimenta el lago, es probable que del lado del mar exista una desembocadura por la que se escape el exceso de agua. Lo veremos a nuestro regreso.
Aquel riachuelo, bastante sinuoso, y el r�o ya reconocido constitu�an el sistema hidrogr�fico o al menos todo el que se ofrec�a a la vista de los exploradores. Sin embargo, era muy Posible que entre aquellos grupos de �rboles que convert�an en bosque inmenso dos tercios de la isla corriesen otros r�os hacia el mar. Avalaba esta suposici�n el hecho de que toda aquella regi�n se mostraba rica y f�rtil, presentando magn�ficos ejemplares de la flora de las zonas templadas.
En la parte septentrional no se ve�a indicio de aguas corrientes; tal vez las hubiera estancadas en la parte pantanosa del nordeste, pero nada m�s. En aquella parte no se ve�a otra cosa que dunas, arenas y una aridez espantosa, que contrastaba con la opulencia de la mayor extensi�n de aquel suelo.
El volc�n no ocupaba el centro de la isla, sino la regi�n del nordeste y parec�a marchar al l�mite de las dos zonas. Al sudoeste, al sur y al sudeste las primeras estribaciones de los contrafuertes desaparec�an bajo masas de verdor. Al norte, por el contrario, se pod�an seguir sus ramificaciones, que iban a morir en las llanuras de arena. Este lado era el que hab�a dado paso, en los tiempos de las erupciones, a la lava del volc�n, seg�n pod�a observarse por la larga calzada de lavas que se prolongaba hasta la estrecha mand�bula que formaba el golfo del nordeste.
Smith y sus compa�eros permanecieron una hora en la cima de la monta�a. La isla se desarrollaba ante sus miradas como un plano en relieve con sus diversos colores, verdes en los bosques, amarillos en las arenas y azules en las aguas. Su vista abarcaba todo el conjunto, sin que escapara a sus investigaciones nada m�s que la parte cubierta de verdor, la cuenca de los valles umbr�os y el interior de las estrechas gargantas abiertas al pie del volc�n.
Quedaba por resolver una grave cuesti�n, que deb�a influir singularmente en el futuro de los n�ufragos. -�Estaba la isla habitada?
Fue el corresponsal quien hizo esta pregunta, a la cual parec�a que se pod�a responder negativamente despu�s del minucioso examen que hab�an hecho de las diversas regiones de la isla.
En ninguna parte se ve�a obra alguna de la mano del hombre; ni un grupo de viviendas, ni una caba�a aislada, ni una choza de pescador en el litoral, ni la m�s ligera columna de humo que denunciase la presencia del hombre.
Es cierto que una distancia de treinta millas por lo menos separaba a los observadores de los puntos extremos, es decir, de la cola que se proyectaba al sudoeste, en la que ni la vista de �guila de Pencroff hubiera podido descubrir una vivienda. Tampoco se pod�a levantar la cortina de verdor que cubr�a las tres cuartas partes de la isla para ver si ocultaba alg�n pueblo; pero, generalmente, los insulares, en los estrechos espacios que han surgido de las olas del Pac�fico, suelen habitar en el litoral, y el litoral parec�a completamente desierto.