La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-��Ah, pillo! -exclam� Pencroff.
Inmediatamente los tres se lanzaron, siguiendo las huellas de Top, y en el momento en que iban a alcanzarlo, el animal desapareci� bajo las aguas de un vasto pantano, sombreado por grandes pinos seculares.
Nab, Harbert y Pencroff se hab�an quedado inm�viles. Top se arroj� al agua, pero el cabiay, oculto en el fondo del pantano, no aparec�a.
-�Esperemos -dijo el joven-, ya saldr� a la superficie para respirar.
-��No se ahogar�? -pregunt� Nab.
-�No -contest� Harbert-, porque tiene los pies palmeados, y casi es un anfibio. Pero aguardemos.
Top hab�a seguido nadando. Pencroff y sus dos compa�eros fueron a ocupar cada uno un punto de la orilla, a fin de cortar toda retirada al cabiay, que el perro buscaba nadando en la superficie del pantano.
Harbert no se hab�a equivocado. Despu�s de unos minutos, el animal volvi� a la superficie del agua. Top, de un salto, se lanz� sobre �l y le impidi� sumergirse de nuevo. Un instante despu�s el cabiay, arrastrado hasta la orilla, hab�a muerto de un bastonazo de Nab.
-��Hurra! -exclam� Pencroff, que empleaba con frecuencia este grito de triunfo-. Ahora s�lo falta fuego, y este roedor ser� ro�do hasta los huesos.
Pencroff carg� el cabiay sobre sus espaldas y, calculando por la altura del sol que deb�an ser cerca de las dos de la tarde, dio la se�al de regreso.
El instinto de Top no fue in�til a los cazadores que, gracias al inteligente animal, pudieron encontrar el camino ya recorrido. Media hora despu�s llegaron al recodo del r�o.
Como hab�a hecho la primera vez, Pencroff form� r�pidamente una especie de almad�a, aunque faltando fuego le parec�a aquello una tarea in�til y, llevando la le�a por la corriente, volvieron a las Chimeneas.
El marino estaba a unos cincuenta pasos de ellas; se detuvo, dio un hurra formidable y, se�alando con la mano hacia el �ngulo de la quebrada, exclam�: -�Harbert! �Nab! �Mirad!
Una humareda se escapaba en torbellinos de las rocas.
10. La subida a la monta�a
Algunos instantes despu�s los tres cazadores se encontraban delante de una lumbre crepitante. Ciro Smith y el corresponsal estaban all�. Pencroff los mir� a uno y a otro alternativamente sin decir una palabra, con su cabiay en la mano.
-�Ya lo est� viendo, amigo -exclam� el corresponsal-. Hay fuego, verdadero fuego, que asar� perfectamente esa magn�fica pieza, con la cual nos regalaremos dentro de poco. -Pero �qui�n lo ha encendido? pregunt� Pencroff.
-��El sol!
La respuesta de Gede�n Spilett era exacta. El sol hab�a proporcionado aquel fuego del que se asombraba Pencroff. El marino no quer�a dar cr�dito a sus ojos, y estaba tan asombrado, que no pens� siquiera en interrogar al ingeniero.
-��Ten�a usted una lente, se�or? -pregunt� Harbert a Ciro Smith.
-�No, hijo m�o -contest� �ste-, pero he hecho una.
Y mostr� el aparato que le hab�a servido de lente. Eran simplemente los dos cristales que hab�a quitado al reloj del corresponsal y al suyo. Despu�s de haberlos limpiado en agua y de haber hecho los dos bordes adherentes por medio de un poco de barro, se hab�a fabricado una verdadera lente, que, concentrando los rayos solares sobre un musgo muy seco, hab�a determinado la combusti�n.
El marino examin� el aparato y mir� al ingeniero sin pronunciar palabra. Pero su mirada era todo un discurso. S�, para �l, Ciro Smith, si no era un dios, era seguramente m�s que un hombre. Por fin, recobr� el habla y exclam�:
-��Anote usted eso, se�or Spilett, anote eso en su cuaderno!
-�Ya est� anotado -contest� el corresponsal.
Luego, ayudado por Nab, el marino dispuso el asador, y el cabiay, convenientemente destripado, se asaba al poco rato, como un simple lechoncillo, en una llama clara y crepitante.
Las Chimeneas hab�an vuelto a ser habitables, no solamente porque los corredores se calentaban con el fuego del hogar, sino tambi�n porque hab�an sido restablecidos los tabiques de piedras y de arena.
Como se ve, el ingeniero y su compa�ero hab�an empleado bien el d�a. Ciro Smith hab�a recobrado casi por completo las fuerzas y las hab�a probado subiendo sobre la meseta superior. Desde ese punto, su vista, acostumbrada a calcular las alturas y las distancias, se hab�a fijado durante largo rato en el cono, a cuyo v�rtice quer�a llegar al d�a siguiente. El monte, situado a unas seis millas al noroeste, le parec�a medir tres mil quinientos pies sobre el nivel del mar. Por consiguiente, la vista de un observador desde su cumbre pod�a recorrer el horizonte en un radio de cincuenta millas por lo menos. Era, pues, probable que Ciro Smith resolviera f�cilmente la cuesti�n de "si era isla o continente", a la que daba, no sin raz�n, la primac�a sobre todas las otras.
Cenaron regularmente. La carne del cabiay fue declarada excelente y los sargazos y los pi�ones completaron aquella cena, durante la cual el ingeniero habl� muy poco. Estaba muy preocupado por los proyectos del d�a siguiente.
Una o dos veces, Pencroff expuso algunas ideas sobre lo que convendr�a hacer, pero
Ciro
Smith, que era evidentemente un esp�ritu met�dico, se content� con sacudir la cabeza. -Ma�ana -repet�a-sabremos a qu� atenernos y haremos lo que proceda en consecuencia.
Termin� la cena, arrojaron en el hogar nuevas brazadas de le�a, y los hu�spedes de las Chimeneas, incluso el fiel Top, se durmieron en un profundo sue�o. Ning�n incidente turb� aquella apacible noche, y al d�a siguiente (29 de marzo), frescos y repuestos, se levantaron dispuestos a emprender aquella excursi�n que hab�a de determinar su suerte.
Todo estaba preparado para la marcha. Los restos del cabiay pod�an alimentar durante veinticuatro horas a Ciro Smith y a sus compa�eros. Por otra parte, esperaban avituallarse por el camino. Como los cristales hab�an sido puestos en los relojes del ingeniero y del corresponsal, Pencroff quem� un poco de trapo que deb�a servir de yesca. En cuanto al pedernal, no deb�a faltar en aquellos terrenos de origen plut�nico.
Eran las siete y media de la ma�ana, cuando los exploradores, armados de palos, abandonaron las Chimeneas. Siguiendo la opini�n de Pencroff, les pareci� mejor tomar el camino ya recorrido a trav�s del bosque, sin perjuicio de volver a otra parte. Esta era la v�a m�s directa para llegar a la monta�a. Volvieron, pues, hacia el �ngulo sur y siguieron la orilla izquierda del r�o, que fue abandonada en el punto en que doblaba hacia el sudoeste. El sendero abierto bajo los �rboles verdes fue encontrado y, a las nueve, Ciro Smith y sus compa�eros llegaban al lindero occidental del bosque.
El suelo, hasta entonces poco quebrado, pantanoso al principio, seco y arenoso despu�s, acusaba una ligera inclinaci�n que remontaba del litoral hacia el interior de la comarca. Algunos animales fugitivos hab�an sido entrevistos bajo los grandes �rboles.
Top les hac�a levantar, pero su amo lo llamaba en seguida, porque el momento no era propicio para perseguirlos. M�s tarde ya se ver�a. El ingeniero no era un hombre que se distrajera ni se dejara distraer en su idea fija. Puede afirmarse que el ingeniero no observaba el pa�s en su configuraci�n, ni en sus producciones naturales: su �nico objeto era el monte que pretend�a escalar y al que iba directamente.
A las diez hicieron un alto de algunos minutos. Al salir del bosque, el sistema orogr�fico del pa�s hab�a aparecido a sus miradas. El monte se compon�a de dos conos. El primero, truncado a una altura de unos dos mil quinientos pies, estaba sostenido por caprichosos contrafuertes, que parec�an ramificarse como los dientes de una inmensa sierra aplicada al cuello. Entre los contrafuertes se cruzaban valles estrechos, erizados de �rboles, cuyos �ltimos grupos se elevaban hasta la truncadura del primer cono. Sin embargo, la vegetaci�n parec�a ser menos abundante en la parte de la monta�a que daba al nordeste y se divisaban lechos bastante profundos, que deb�an ser corrientes de lava.